En el álamo yaciente,un perfume embelesado de narciso profundo hipnotiza la mente y el espíritu de una bella mujer de ojos glaucos.Ésta,exacerbada hasta el momento,siente cómo sus pasiones más salvajes remiten.Entonces es la hora de contemplar la eterna maravilla de la fiel naturaleza,con sus cobrizos matorrales inundados de rocío risueño.Y esas silvas de donde nacen las moras benévolas de dulce sabor para el mortal paladar.El crepúsculo se acerca al compás de una monótona sinfonía sideral que marcan las agujas del reloj de las esferas planetarias.Y mientras tanto,nuestra calmada mujer se desnuda para purificarse en el estanque sagrado de nenúfares,donde en tiempo inmemorial la soberbia cazadora Diana se bañó mientras la expiaba un furtivo hombre,presa de la curiosidad que le haría,como castigo,ser transformado en ciervo devorado por los canes profusos de la todopoderosa divinidad consagrada a los agrestes montes y los enjundiosos bosques de brillo ancestral.