Selene
Poeta recién llegado
Las rosas apenas habían comenzado a abrirse en sus capullos de primavera, sujetos a altos espinos. Apenas habían comenzado a brillar sus pétalos al reflejar los rayos del Sol en las gotas de rocío que caían durante las horas de luna. Pero a pesar de ello, las espinas de la rosa ya ansiaban capturar un alma. Un alma bella y marchita, que buscara el consuelo en las rosas, en su belleza, su textura, su color y su fragancia.
La primavera no había hecho más que comenzar, y las rosas esperaron.
Aquella mañana, el rocío había cubierto los preciosos pétalos rojos de las rosas que crecían a la espera de ser recogidas. Pero aquel día su espera se terminó tan pronto como sus tallos se rompieron y quebraron. Aquellas manos desafortunadas las condujeron a su presa, las condujeron a ella.
La más bella flor de su jardín, la mayor de las maravillas del mundo terrenal, el ser más esplendoroso del mundo. Esa era ella. Y su amado le llevaba un ramo de bellas rosas rojas, que harían que volviera a sentirse feliz, que haría que volviera a sonreír, cual bella flor en primavera. Marchita como estaba, el pequeño lirio de su corazón, lloraba desconsolada por la ausencia de sus flores.
Ella se sentaba, llorando, frente al estanque de aguas cristalinas. Los peces la observaban desde el fondo, sin creer que un ser humano tan bello pudiera existir. Piel de lirio, olor a azahar, su pelo de la textura del terciopelo, y manos delicadas cual azucena que se marchita con la llegada del invierno. Su mano flotaba sobre el agua fría mientras sus lágrimas provocaban ondas estremecedoras que hacían moverse de un lado a otro a los peces de colores vivos que jugueteaban con la imagen reflejada de la joven en el agua.
Él llegó, en la mano un ramo de preciosas rosas rojas. Ella le miró, y por primera vez tras el largo invierno que marchitó y cubrió de escarcha su corazón, sonrió. El feliz amante le alargó a su bello tesoro el ramo de flores que con tanto amor había traído para ella. Pero una, solo una, del ramo cogió.
El joven ángel acarició con amor los pétalos de la bella rosa y lloró, lloró de felicidad al ver de nuevo la primavera, lloró por su belleza, lloró por el dolor, de la espina que la rosa le clavó en el corazón.
La joven contra el pecho la rosa había acunado, y esta, en su sed de vida, la de ella arrebató. Se clavó la gran espina, derramando la roja sangre, las lágrimas brotaron, mientras la rosa sonreía satisfecha.
El amante contra el suelo acunaba su tesoro, que yacía junto al estanque, con la rosa traicionera aún en las manos. En sangre y lágrimas su vida se escapaba, y se aferraba a la rosa como única salvación. Pero el amante la rosa de las manos le arrancó, culpándola de la muerte de la dueña de su corazón. La rosa en el suelo permaneció, contemplando satisfecha cómo la espina se introducía en su corazón.
La joven jamás despertó, pues el dolor de la traición fue lo que la mató. La rosa de su amante había roto su corazón, y la había matado. Su amante, muerto en vida, jamás olvidó, y como recuerdo de su amada, la rosa conservó.
Tras años de inmenso dolor, al amante la muerte sobrevino, y descansan uno junto al otro, bajo la tierra que alimenta las rosas en primavera.
Sobre su tumba comenzó a crecer un gran rosal, que alimentada por el dolor de los enamorados separados, ansiarán encontrar un nuevo alma que arrebatar.
La primavera no había hecho más que comenzar, y las rosas esperaron.
Aquella mañana, el rocío había cubierto los preciosos pétalos rojos de las rosas que crecían a la espera de ser recogidas. Pero aquel día su espera se terminó tan pronto como sus tallos se rompieron y quebraron. Aquellas manos desafortunadas las condujeron a su presa, las condujeron a ella.
La más bella flor de su jardín, la mayor de las maravillas del mundo terrenal, el ser más esplendoroso del mundo. Esa era ella. Y su amado le llevaba un ramo de bellas rosas rojas, que harían que volviera a sentirse feliz, que haría que volviera a sonreír, cual bella flor en primavera. Marchita como estaba, el pequeño lirio de su corazón, lloraba desconsolada por la ausencia de sus flores.
Ella se sentaba, llorando, frente al estanque de aguas cristalinas. Los peces la observaban desde el fondo, sin creer que un ser humano tan bello pudiera existir. Piel de lirio, olor a azahar, su pelo de la textura del terciopelo, y manos delicadas cual azucena que se marchita con la llegada del invierno. Su mano flotaba sobre el agua fría mientras sus lágrimas provocaban ondas estremecedoras que hacían moverse de un lado a otro a los peces de colores vivos que jugueteaban con la imagen reflejada de la joven en el agua.
Él llegó, en la mano un ramo de preciosas rosas rojas. Ella le miró, y por primera vez tras el largo invierno que marchitó y cubrió de escarcha su corazón, sonrió. El feliz amante le alargó a su bello tesoro el ramo de flores que con tanto amor había traído para ella. Pero una, solo una, del ramo cogió.
El joven ángel acarició con amor los pétalos de la bella rosa y lloró, lloró de felicidad al ver de nuevo la primavera, lloró por su belleza, lloró por el dolor, de la espina que la rosa le clavó en el corazón.
La joven contra el pecho la rosa había acunado, y esta, en su sed de vida, la de ella arrebató. Se clavó la gran espina, derramando la roja sangre, las lágrimas brotaron, mientras la rosa sonreía satisfecha.
El amante contra el suelo acunaba su tesoro, que yacía junto al estanque, con la rosa traicionera aún en las manos. En sangre y lágrimas su vida se escapaba, y se aferraba a la rosa como única salvación. Pero el amante la rosa de las manos le arrancó, culpándola de la muerte de la dueña de su corazón. La rosa en el suelo permaneció, contemplando satisfecha cómo la espina se introducía en su corazón.
La joven jamás despertó, pues el dolor de la traición fue lo que la mató. La rosa de su amante había roto su corazón, y la había matado. Su amante, muerto en vida, jamás olvidó, y como recuerdo de su amada, la rosa conservó.
Tras años de inmenso dolor, al amante la muerte sobrevino, y descansan uno junto al otro, bajo la tierra que alimenta las rosas en primavera.
Sobre su tumba comenzó a crecer un gran rosal, que alimentada por el dolor de los enamorados separados, ansiarán encontrar un nuevo alma que arrebatar.
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