Y cuando el despertador está a punto de irrumpir,
regresa la pesadilla —esta, la de ahora—,
como si la vigilia fuese apenas otra forma de su insistencia.
Me rodea: olor que no cesa,
sabor que se adhiere,
una gravedad oscura que no pertenece al cuerpo,
sino a eso que en mí pesa sin nombre.
Sé que es mía.
No por dominio, sino por afinidad:
me reconoce.
Y aun así quisiera contenerla,
darle la forma de lo propio,
como quien encierra un pensamiento para que no desborde.
Pero ella cede y se escapa,
con una docilidad casi cómplice,
por las fisuras donde soy menos firme:
mis temores,
mis vanidades,
mis pequeñas necedades.
Allí se instala,
como si no fuese intrusa,
sino origen.
regresa la pesadilla —esta, la de ahora—,
como si la vigilia fuese apenas otra forma de su insistencia.
Me rodea: olor que no cesa,
sabor que se adhiere,
una gravedad oscura que no pertenece al cuerpo,
sino a eso que en mí pesa sin nombre.
Sé que es mía.
No por dominio, sino por afinidad:
me reconoce.
Y aun así quisiera contenerla,
darle la forma de lo propio,
como quien encierra un pensamiento para que no desborde.
Pero ella cede y se escapa,
con una docilidad casi cómplice,
por las fisuras donde soy menos firme:
mis temores,
mis vanidades,
mis pequeñas necedades.
Allí se instala,
como si no fuese intrusa,
sino origen.