Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
El alma no es un espejo, sino un poliedro en movimiento. Cada emoción le talla una nueva arista, cada pensamiento le curva una nueva dimensión. No es plana ni redonda: es un laberinto que se pliega sobre sí mismo como origami hecho con el viento de los siglos.
A veces, creemos que somos línea recta: avanzamos, trazamos metas, sumamos días como cuentas en un ábaco. Pero la existencia, en su ironía perfecta, nos demuestra que somos espiral: siempre regresamos al mismo punto, aunque desde otra altura, con otra piel.
El tiempo no pasa: se asienta. Se adhiere a la conciencia como polvo de estrellas apagadas, y nos enseña que recordar es una forma elegante de morir lentamente. Porque vivir —vivir de verdad— es vaciarse. Como cántaro que sólo puede llenarse de sentido si se derrama.
Pensamos que la verdad es un faro, pero no: la verdad es niebla. No nos guía, nos envuelve. Nos obliga a cerrar los ojos para ver hacia adentro. Y en ese interior, lleno de ruinas nobles y templos aún por edificar, descubrimos que lo divino no es lo eterno, sino lo frágil.
El alma no se mide por lo que contiene, sino por lo que soporta sin quebrarse. Es un puente colgante sobre la nada, sostenido por preguntas que no tienen respuesta, y sin embargo, allí es donde florece el sentido.
Porque el sentido —como el fuego— no necesita razón para arder. Solo un soplo.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
A veces, creemos que somos línea recta: avanzamos, trazamos metas, sumamos días como cuentas en un ábaco. Pero la existencia, en su ironía perfecta, nos demuestra que somos espiral: siempre regresamos al mismo punto, aunque desde otra altura, con otra piel.
El tiempo no pasa: se asienta. Se adhiere a la conciencia como polvo de estrellas apagadas, y nos enseña que recordar es una forma elegante de morir lentamente. Porque vivir —vivir de verdad— es vaciarse. Como cántaro que sólo puede llenarse de sentido si se derrama.
Pensamos que la verdad es un faro, pero no: la verdad es niebla. No nos guía, nos envuelve. Nos obliga a cerrar los ojos para ver hacia adentro. Y en ese interior, lleno de ruinas nobles y templos aún por edificar, descubrimos que lo divino no es lo eterno, sino lo frágil.
El alma no se mide por lo que contiene, sino por lo que soporta sin quebrarse. Es un puente colgante sobre la nada, sostenido por preguntas que no tienen respuesta, y sin embargo, allí es donde florece el sentido.
Porque el sentido —como el fuego— no necesita razón para arder. Solo un soplo.
Rosa María Reeder
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