Évano
Libre, sin dioses.
—Hoy hemos tirado piñas como si fueran granadas —dijo Víctor, soltando el petate en el parquet de la cocina.
—¡Pues sí que está mal el ejército! La crisis hace estragos —contestó el padre mientras se despedía para salir a tapear—. Luego seguimos hablando, hijo —y cerró la puerta con un golpe seco.
Pedro, el abuelo, había escuchado la breve conversación de sus descendientes desde la mesa del comedor. Leía un periódico que hablaba de la primera guerra mundial debido al centenario de su comienzo. Se detuvo en una página en donde se reflejaban las estadísticas de las tropas aliadas y las de las potencias centrales. 42.959.850 correspondían a los soldados aliados; de ellos 4.743.826 eran de EE.UU., 12.000.000 de rusos, 8.841.541 del Imperio Británico, 8.660.000 franceses, 5.615.140 italianos y 3.371.000 de otros aliados. Las tropas de las potencias centrales se repartían de la siguiente manera: 13.000.250 alemanes, 7.800.000 austro- húngaros, 2.998.000 eran de Turquía y 1.200.000 de Bulgaria.
El también centenario abuelo volvió a encender su pipa. Le gustaba ver flotar el humo entre los rayos del sol que se colaban entre las cortinas que transparentaban el amplio jardín y garaje. No inhalaba el humo desde hacía décadas. Casi no se acordaba desde cuándo. Miró a su nieto, un veinteañero musculoso, aunque no muy alto. Un buen nieto, se dijo y, sin saber bien porqué, tragó un poco de humo y tosió un par de veces, acallando el ruido todo lo que pudo.
40.000 mil kilómetros de trincheras aproximadamente, mencionaba el diario. Lo normal era que estuviesen enfangadas, medio heladas. Pedro intentó mirar más allá del jardín y la cochera, quiso viajar a una de esas trincheras, a las que soportaron diez horas de bombardeo alemán en el inicio de la batalla de Verdún. Allí se arrojaron, en esas escasas horas, más de un millón de proyectiles.
Aspiró fuerte por la boquilla y el tabaco relució un breve instante en el hueco de la pipa. El comedor estaba ahora como una niebla del alba y ello lo llevó un instante a Verdún. Una lágrima resbaló de sus ojos cuando pasó su nieto y le besó la frente.
Observó la niebla artificial del interior de la casa y cómo Daniel iba al cuarto de baño para ducharse. Las cosas empiezan así —se dijo—. Este nieto mío se apuntó al ejército porque no hay trabajo en León, pero bien sabe Dios que si viniera una guerra sería un cordero de camino al matadero.
De reojo divisó la cifra de 8.000.000, el número de equinos muertos y, de ellos, 7.000 mulas españolas. Al lado, un 150.965 en rojo le causó la emanación de otra lágrima. Era la cantidad de toneladas de gas venenoso producidas durante la contienda. Y al lado otra diabólica cifra: 32.000.000 de proyectiles lanzados en la batalla de Verdún. Y 6.000.000 de discapacitados, y casi un millón de civiles muertos, casi 6.000.000 de muertos aliados, más de 4.000.000 de las potencias centrales. 1.500.000 eran del genocidio armenio. Más de 10.000.000 de muertes, más otros casi 6.000.000 por hambres o enfermedades. 8.237 tanques fabricados. 51 raids de zeppelines operando sobre londres...
El anciano Pedro cerró el periódico y oyó el agua de la ducha caer, lo que le trajo a la memoria a su abuelo, el serbobosnio Gavrilio Princip, el mismo que disparó al archiduque Francisco Fernando y a su mujer. Tras ese atentado, Austro-Hungría declaró la guerra a Serbia, el detonante de La Gran Guerra que cambió al mundo. Luego su familia emigró a España.
La pipa se apagó, desapareciendo el humo del interior de la casa. ¡Qué terribles consecuencias puede tener una acción individual!, pensó el abuelo Pedro. Y salió a pasear por el amplio jardín de su casa de León.
 
 
 
—¡Pues sí que está mal el ejército! La crisis hace estragos —contestó el padre mientras se despedía para salir a tapear—. Luego seguimos hablando, hijo —y cerró la puerta con un golpe seco.
Pedro, el abuelo, había escuchado la breve conversación de sus descendientes desde la mesa del comedor. Leía un periódico que hablaba de la primera guerra mundial debido al centenario de su comienzo. Se detuvo en una página en donde se reflejaban las estadísticas de las tropas aliadas y las de las potencias centrales. 42.959.850 correspondían a los soldados aliados; de ellos 4.743.826 eran de EE.UU., 12.000.000 de rusos, 8.841.541 del Imperio Británico, 8.660.000 franceses, 5.615.140 italianos y 3.371.000 de otros aliados. Las tropas de las potencias centrales se repartían de la siguiente manera: 13.000.250 alemanes, 7.800.000 austro- húngaros, 2.998.000 eran de Turquía y 1.200.000 de Bulgaria.
El también centenario abuelo volvió a encender su pipa. Le gustaba ver flotar el humo entre los rayos del sol que se colaban entre las cortinas que transparentaban el amplio jardín y garaje. No inhalaba el humo desde hacía décadas. Casi no se acordaba desde cuándo. Miró a su nieto, un veinteañero musculoso, aunque no muy alto. Un buen nieto, se dijo y, sin saber bien porqué, tragó un poco de humo y tosió un par de veces, acallando el ruido todo lo que pudo.
40.000 mil kilómetros de trincheras aproximadamente, mencionaba el diario. Lo normal era que estuviesen enfangadas, medio heladas. Pedro intentó mirar más allá del jardín y la cochera, quiso viajar a una de esas trincheras, a las que soportaron diez horas de bombardeo alemán en el inicio de la batalla de Verdún. Allí se arrojaron, en esas escasas horas, más de un millón de proyectiles.
Aspiró fuerte por la boquilla y el tabaco relució un breve instante en el hueco de la pipa. El comedor estaba ahora como una niebla del alba y ello lo llevó un instante a Verdún. Una lágrima resbaló de sus ojos cuando pasó su nieto y le besó la frente.
Observó la niebla artificial del interior de la casa y cómo Daniel iba al cuarto de baño para ducharse. Las cosas empiezan así —se dijo—. Este nieto mío se apuntó al ejército porque no hay trabajo en León, pero bien sabe Dios que si viniera una guerra sería un cordero de camino al matadero.
De reojo divisó la cifra de 8.000.000, el número de equinos muertos y, de ellos, 7.000 mulas españolas. Al lado, un 150.965 en rojo le causó la emanación de otra lágrima. Era la cantidad de toneladas de gas venenoso producidas durante la contienda. Y al lado otra diabólica cifra: 32.000.000 de proyectiles lanzados en la batalla de Verdún. Y 6.000.000 de discapacitados, y casi un millón de civiles muertos, casi 6.000.000 de muertos aliados, más de 4.000.000 de las potencias centrales. 1.500.000 eran del genocidio armenio. Más de 10.000.000 de muertes, más otros casi 6.000.000 por hambres o enfermedades. 8.237 tanques fabricados. 51 raids de zeppelines operando sobre londres...
El anciano Pedro cerró el periódico y oyó el agua de la ducha caer, lo que le trajo a la memoria a su abuelo, el serbobosnio Gavrilio Princip, el mismo que disparó al archiduque Francisco Fernando y a su mujer. Tras ese atentado, Austro-Hungría declaró la guerra a Serbia, el detonante de La Gran Guerra que cambió al mundo. Luego su familia emigró a España.
La pipa se apagó, desapareciendo el humo del interior de la casa. ¡Qué terribles consecuencias puede tener una acción individual!, pensó el abuelo Pedro. Y salió a pasear por el amplio jardín de su casa de León.
 
 
 
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