Se alzan los cielos de un violáceo tono emparrado y tú,feroz e intermitente alma inestable de pasiones febriles,entreabres los párpados de rasgado señuelo venenoso para otear con tu visión sobrenatural a las hijas de la noche;esos meteoros cadavéricos cuyo núcleo de fuego no se extinguirá hasta que el estridente grito voraz del último pecador sobre la tierra sacuda con su fuerza perentoria los valles y las sierras,envueltos en densas tinieblas que carcomen los cimientos de esos soberbios gigantes de la todopoderosa naturaleza.Pero mientras eso no ocurra,te acurrucas en el balancín sincero de la majestad la Muerte,a la espera de ser herido por los plateados alfileres que un dios cruel y déspota hiende en el costado profundo de tu corazón frágil y voluble de sinceridad pueril como la de un niño.Mira.Ya la noche ha caído como una baldosa tétrica sobre tu espíritu amedrentado,y ahora,para no perder el último hálito de eternidad,te entregas al ácido licor de funestas consecuencias.