En el solaz luminoso y desplegado como un alfombrado camino de tizne carmín,juegas a ser un dios mientras los rayos del sol en el moribundo ocaso apenas riegan ya tu boca sedienta de placeres prohibidos.Es entonces cuando agarras ferviente la copa inmaculada de la sangre de toro a rebosar y,con una sonrisa,la consumes con un rictus malévolo que hace las delicias del susurro que deletrea manso las ramas verdes de los arbustos del bosque encantado.Empachado y obnubilado bajo los efectos sagrados de semejante elixir,te levantas del rociado verdín del campo,que implora hacia las alturas vertiginosas porque llegue la noche de zafiro y miel y así, congratularte con el espíritu invisible que penetra los muros insomnes de tu coartada alma en ciernes de demolerlos para presentarte desnudo e inocente ante la noche inmaculada que,ya cercana con un vaho de estrellas fogosas,cae serena sobre tu cabeza engalanada soberbia con la corona de Orión;que te hace ser digno de la mayor potestad del mundo y el cielo infinitos:la Inmortalidad.