Orfelunio
Poeta veterano en el portal
La Isla perdida
Dicen que había un príncipe azul
y una princesa de seda,
con su bendita inquietud
y su castillo de arena.
Dicen de un país que era rosa,
que en el invierno al sol
todo era luz y color,
una estación primorosa.
Cuentan que del río nació
un bordador costurero,
cuya mano la aguja ofreció
para saciar la sed
a un galán verdadero,
que en agua supo arreglar,
llegándose hasta ese gran mar
con su barquito velero.
Allí el sentir naufragó
en orillas de verde azafrán;
y entre selvas de hoja florida,
el capitán que era yo,
al ver la princesa Amaral
le hizo canciones de vida.
Aquella isla acabó
en manos del ser arrabal,
del bárbaro altivo que chilla;
y siempre hubo un negro color
y nunca un color maravilla.
Se fue tras el príncipe amor,
tras la seda que busca sencilla,
los ojos del buen soñador
que navega en su estrella querida.
Me vestiré de luto al marchar,
de noche con brumas pendientes,
y todos sabrán que del mar,
los soles son el altar
y lunas sus pretendientes.
El cuento se terminó,
y un cielo gris de metal
quedó en la luz presumida,
y el príncipe azul regresó
con sombra y muerte total
al ser la princesa perdida.
Pero yo sé que no es verdad,
que toda esa gente no entiende,
que sólo hay que ver de las tierras,
que nunca engañan ni mienten;
que rosas sólo son famas,
y azules se acaban ponientes.