La ley del asesino-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay alguien que sacude violentamente una cabeza

y delega en capacidades ajenas la virulencia de sus decretos,

mientras en el cielo azul celeste, la victoria incrementa el juego

de dados que precariamente luce su afán de aguas perplejo.

Hay un anillo dorado excretando violencias de jazmín,

con su planificación exigua de retóricas vencidas por el

llanto de un niño degollado.

En las cisternas almidonadas, donde crujen los alfabetos

mágicos y las oposiciones permutan sus águilas ineficaces,

los ojos encuentran algo de pavor, un sigilo de formas que

concluyen en vanos esfuerzos desplazados.

Las superficies hieren a la vista y dejan un poso de malformaciones

que viste de negro un sirviente con una cuchara de diamantes preciosos,

y en las hogueras alejadas un trigo rezumante de líquidos preña los

vestigios de la agricultura obsoleta.

En las danzas cuneiformes y en los lagos exigibles,

los años golpean con su metamorfosis las aguas putrefactas,

mientras ídolos de barro consumen con celeridad las propiedades

y los títulos.

Hay muchos que ignoran la savia metódica que circula

por amplios ventanales, iluminados por una amorfa circuncisión

de hórridos torreones con pedestales y abrojos.

Hay muchos que invierten en pasadizos concretos

el horror de tanta fábrica indemne, donde aspectos y motocicletas

derogan las facultades inviolables por años.

Muchos que fabrican sus aguas razonables fallecerán indignos

de cometer un acto amoroso, mientras que la rabia florecerá

cuando alguien mate a un asesino.

La ley insigne el método cartesiano las rayas de flores

todo, entronizarán al rey de los muertos, con sus lábiles pupilas

hirviendo por sótanos y sosiegos con hojas.

©
 

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