Álex Hernández
Poeta recién llegado
Se deslizaba la mirada silenciosa
de aquel que conducía el autobús,
quizá, mis pensamientos eran
témpanos; ecos que no me permitían
observar el jardín de hiedra en
el que estaba.
La gente, tan sudorosa en sus dolores,
me miraba con desapego al observar
que ni el llanto más terco
me inmutaba.
Solo era estática aquel
tumulto de gente muerta que pensaba
en sus compras rutinarias, como yo
en cualquier día de la semana.
La miel, que se derramaba
de mi desconocido
me escurría como una venganza
pegajosa por no haber
visto la señal
del asiento de servicio.
Volví en mí,
como un niño apenado
que no vio el cartel gigantesco
color a sal de mar que decía: reservado.
El conductor quizá gritaba demasiado,
pero ya era demasiado desgraciado
en mi tormenta
y cedi
ante mi poca consciencia
y olvide que quizá
no lo necesitaba tanto.
de aquel que conducía el autobús,
quizá, mis pensamientos eran
témpanos; ecos que no me permitían
observar el jardín de hiedra en
el que estaba.
La gente, tan sudorosa en sus dolores,
me miraba con desapego al observar
que ni el llanto más terco
me inmutaba.
Solo era estática aquel
tumulto de gente muerta que pensaba
en sus compras rutinarias, como yo
en cualquier día de la semana.
La miel, que se derramaba
de mi desconocido
me escurría como una venganza
pegajosa por no haber
visto la señal
del asiento de servicio.
Volví en mí,
como un niño apenado
que no vio el cartel gigantesco
color a sal de mar que decía: reservado.
El conductor quizá gritaba demasiado,
pero ya era demasiado desgraciado
en mi tormenta
y cedi
ante mi poca consciencia
y olvide que quizá
no lo necesitaba tanto.