carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
La ninfa que me gusta dialoga
en autobuses. Vive en la esquina.
Deja su rastro en mi puerta
y todos la quieren por su apariencia
de ficción en carne viva,
ojos grandes y labios rojos
que llaman a lujuria.
Tiene las piernas
como frondoso tallo
y sus muslos sin dueño
pero ella descansaría
sobre la estrofa que yo escribo.
Ella me gusta.
Cuando la veo navegar de un lado
para el otro, yo sé que me presiente.
Sus aguas pueden compartirse
como parte del camino que ambos seguiremos;
pero ella no sabe de qué predio del viento
mi voz llega...
y yo la llamo igual,
viéndola o no,
haya calma en la mar
o haya tormenta,
como en violentos celos
y ansiedad de unir al fin ambos destinos.
Otros, como yo, la desean.
La tientan, la atacan.
El mar es violento
y en los bosques,
hay bestias.
Pero yo
la amo;
¿y ella
a mí?
2.
¿Qué hogar esconde, qué amparo,
qué ciudad de refugio,
a ese cuerpo con colores de alcoiris
y desnudez que deslumbra a las pupilas?
¿Con qué viste la ninfa, poseedora
de todas las edades y provocadora
síntesis y plexo de atracciones
para el hombre que sueña?
¿Quién hila con tela del decoro
para tal hembra seductora
y nínfica el himatión?
¿Dónde está ella, tan amada:
la mesera, secretaria, hadas de los teatros,
criatura del aire y la mar,
la que pisca en los campos, la agraria,
la que vende en puertos y mercados,
la que hilvana en telares
y remienda con aguja su dolor de cosmos,
su tiempo, sus desafíos y ocios?
¿Dónde está, con su quehacer, la obrera?
De «Tantralia»
en autobuses. Vive en la esquina.
Deja su rastro en mi puerta
y todos la quieren por su apariencia
de ficción en carne viva,
ojos grandes y labios rojos
que llaman a lujuria.
Tiene las piernas
como frondoso tallo
y sus muslos sin dueño
pero ella descansaría
sobre la estrofa que yo escribo.
Ella me gusta.
Cuando la veo navegar de un lado
para el otro, yo sé que me presiente.
Sus aguas pueden compartirse
como parte del camino que ambos seguiremos;
pero ella no sabe de qué predio del viento
mi voz llega...
y yo la llamo igual,
viéndola o no,
haya calma en la mar
o haya tormenta,
como en violentos celos
y ansiedad de unir al fin ambos destinos.
Otros, como yo, la desean.
La tientan, la atacan.
El mar es violento
y en los bosques,
hay bestias.
Pero yo
la amo;
¿y ella
a mí?
2.
¿Qué hogar esconde, qué amparo,
qué ciudad de refugio,
a ese cuerpo con colores de alcoiris
y desnudez que deslumbra a las pupilas?
¿Con qué viste la ninfa, poseedora
de todas las edades y provocadora
síntesis y plexo de atracciones
para el hombre que sueña?
¿Quién hila con tela del decoro
para tal hembra seductora
y nínfica el himatión?
¿Dónde está ella, tan amada:
la mesera, secretaria, hadas de los teatros,
criatura del aire y la mar,
la que pisca en los campos, la agraria,
la que vende en puertos y mercados,
la que hilvana en telares
y remienda con aguja su dolor de cosmos,
su tiempo, sus desafíos y ocios?
¿Dónde está, con su quehacer, la obrera?
De «Tantralia»