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La Pluma Dorada

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 7 de Febrero de 2026 a las 10:13 AM. Respuestas: 1 | Visitas: 24

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Alejandro vivía en un ático viejo del centro de Santiago, donde la humedad trepaba por las paredes como dedos verdes. Escribía de noche, a la luz de una lámpara que zumbaba como un insecto moribundo. Sus poemas eran buenos, a veces excelentes, pero nunca suficientes. Los comentarios en las revistas literarias lo destrozaban o lo ignoraban; cuando lograba algo sencillo y claro, lo tildaban de superficial; cuando se arriesgaba, lo llamaban hermético. Empezó a odiar sus propias palabras.

    Una tarde de esas que parecen inventadas (llovía aunque el sol quemaba las aceras), corrió bajo el agua caliente por O’Higgins con un legajo de hojas bajo el brazo. Tropezó. Al caer, su mano rozó algo frío en el suelo: una pluma dorada, larga, con sus iniciales grabadas en plata fina en la boquilla.

    A. L.

    Alejandro Lagos se rió sorprendido. «Qué coincidencia», murmuró. Luego la guardó en el bolsillo.

    Esa noche, la probó. Mientras la tinta brotaba sola y las palabras volaban del plumín, Alejandro sintió un escalofrío recorrer su espalda.
    Algo oscuro y viscoso se deslizó por el borde de su escritorio, apenas perceptible en la sombra. Quiso mirar, pero la pluma lo sostuvo firme, como un ancla invisible. Un susurro, apenas un murmullo ininteligible, rozó su oído: «No escapas, A.L.».

    Alejandro tragó saliva, paralizado entre la fascinación y el miedo, y volvió a la página como poseído, mientras la pluma apuraba el relato que había comenzado…

    A la mañana siguiente tenía veinte mensajes de editores. «Genio». «Revelación». «El nuevo Neruda, pero mejor». La pluma no paraba. Le pedía más páginas, más lluvia de tinta. Alejandro obedecía. Los libros se vendían solos. Las mujeres le escribían cartas perfumadas; los adolescentes tatuaban sus versos en los antebrazos. Ganó el premio más grande, el que nadie rechaza. Lo invitaron a leer ante reyes y presidentes. Bebía brandy caro frente a la chimenea de su nueva casa, una mansión que olía a caoba y a éxito reciente.

    Una noche de invierno, ya muy tarde, se quedó mirando las llamas. Tenía todo. Y no tenía nada a la vez. Había escrito tanto sobre el amor e irónicamente no sabía qué era amar a alguien de verdad. Las mujeres que lo rodeaban amaban al poeta famoso, no al hombre que se mordía las uñas hasta sangrar cuando nadie lo veía.
    Se sintió vacío, hueco como un tambor roto.

    De pronto las llamas se estiraron en la chimenea. Una figura alta, delgada, hecha de carbón y sombra, se desprendió del fuego sin quemarse. Los ojos eran dos brasas. La voz sonó dentro del cráneo de Alejandro, no en sus oídos.

    —Vine por mi pluma.

    Alejandro retrocedió hasta chocar con la biblioteca. Los libros cayeron como hojas secas.

    —¿Quién eres?
    —Soy quien te dio lo que pediste. Fama. Adoración. Inmortalidad en vida. Ahora es cuando el contrato se cobra.

    Alejandro comprendió aterrorizado que todo era un cebo dejado por Luzbel para robar almas.

    —¡Belcebú, piedad! —gimió Alejandro, cayendo de rodillas.

    El ser sonrió dejando ver mil dientes.

    —Tú me llamaste, no fue al revés. Cada vez que deseaste ser más grande que tus palabras, cada vez que envidiaste a los que brillaban más, me diste una gota de tu alma. La pluma solo fue el canal.

    Extendió una mano negra, brillante como un diamante. Alejandro, temblando, sacó la pluma dorada del bolsillo interior de su chaqueta. La había llevado siempre encima, como un amuleto. Se la extendió.

    Pero el demonio no la tomó.

    —No entiendes todavía —dijo—. La pluma no es esto.

    Señaló el objeto dorado y luego señaló el pecho de Alejandro.

    —La pluma eres tú.

    Alejandro miró con ojos desorbitados mientras su piel se disolvía, tornando metálica y fría al tacto. El calor desaparecía de sus venas, reemplazado por un pulso mecánico, inexorable.

    «No… no puede ser…» quiso decir, pero la voz se ahogó en un grito insonoro atrapado en su garganta. Sintió sus huesos ceder, encogerse, transformarse en armazón de tinta negra y oro brillante. Su mente se fragmentaba en fragmentos infinitos, cada pensamiento era una gota de tinta derramándose en el abismo.

    En el reflejo de un espejo roto, apenas reconoció la imagen: un barril liso y pulido con inscripciones antiguas, con sus iniciales grabadas en plata que ardían como almas atrapadas.

    Y comprendió, demasiado tarde, que no era el amo de su pluma, sino el instrumento…

    Su cuerpo desapareció, absorbido en la materia oscura que ahora él era. Solo quedó el objeto maldito, brillante y macabro en la mano del demonio, vibrante con la energía de almas condenadas.

    Intentó gritar. No salió voz. Solo un líquido negro brotó de su boca y salpicó el suelo, formando palabras que nunca había escrito y que ahora nunca escribiría. Solo quedó una pluma dorada, idéntica a la primera, pero más brillante, más viva. El demonio la sopesó, satisfecho, y la guardó en un estuche de cuero humano que llevaba al cinto.
    Las llamas de la chimenea se apagaron de golpe. La mansión quedó en silencio.

    Semanas después los periódicos anunciaron la misteriosa desaparición del gran poeta Alejandro López. En su escritorio encontraron montañas de premios, cartas de amor sin abrir y cientos de páginas en blanco. En algún lugar muy abajo, en un escritorio de ébano rodeado de fuego eterno, una nueva pluma dorada espera sobre un montón de hojas amarillentas. Tiene grabadas unas iniciales en plata. A. L. las cuáles Alejandro confundió con las de su nombre sin saber que en realidad es una palabra en arameo antiguo, אַתָּה לִי (Attah Li para el masculino) y אַתְּ לִי (At Li para el femenino) que traducido a nuestro idioma significa: Me Perteneces.

    Su editor encontró unos viejos poemas que Alejandro le había enviado meses antes de encontrar la pluma y pensó que era el momento ideal para publicarlo y así llenarse los bolsillos aunque los mismos no tuviesen la misma calidad que aquellos escritor por la pluma dorada. El público estaba necesitado de más y les dio sobras que con total alegría recibieron como un quiltro que agradece el bocado luego de días de hambre.

    Éxtasis Sidereo

    Óyeme, amor, con ánima que implora,
    que en tu numen divino mi ser se consterna,
    y en el fulgor astrífero que eterna
    tu efigie, mi cordura se atesora.
    Tu risa es el concento que la clava
    de los orbes etéreos en su giro encumbra;
    tu hálito, ambrosía que relumbra
    del Empíreo la esencia que se alaba.
    ¡Oh, deidad que en su pompa me enajena!
    No basta el éter vasto a tu hermosura arcana,
    ni el Pontos abarca tu gentil diadema.
    Mi espíritu, en tu luz, su fin engalana,
    y en sacro altar, con fervor que encadena,
    te immola el pecho en su celeste trama.

    Y mientras hablan del Nobel, cientos de jóvenes poetas se sienten inspirado por su maestro desaparecido. Ajenos a que la pluma está pronta a reclamar nuevas almas. Y está ansiosa por escribir otra vez.
     
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  2. Alde

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    Un gran mensaje que advierte sobre los peligros de la ambición desmedida.

    Le saludo nuevamente
     
    #2
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