Ángel Fernández
Poeta recién llegado
prohibí la entrada a mi templo de magma a los que, del hábito del océano, les irritaba el secreto logaritmo que mide la distancia entre la espuma y regusto salino de los pecios de un tálamo desnudo
deje desiertos los pasillos y los cuartos de aquellos que carecían de las máculas que tullen los acueductos plateados por donde fluye, violenta, la savia y que, con disfraz de llamarada, incendian los esquejes de las pupilas heridas por la luz de los semáforos
que se vayan, me dije, los fidelísimos de los ocasos cargados con pronósticos de plomo
los que no abrazan o dan abrazos falsos o cuando abrazan piensan en soltarse
alacranes de oro merodeando
las válvulas mitrales de los seres
que flotan incorpóreos en la noche
alejé los objetos que yo rozo y por mi roce brillan en lo oscuro de los que nunca imaginaron un pasaje aéreo entre balcones y amar así la noche entera bajo la luz artificial de un cielorraso
los aleje de aquellos que abren los regalos con infinita parsimonia
los que nunca contarían su vida a un conductor de taxis camino de su última pista de despegue
los que calculan la masa del aire con el cual construyen sus palabras
los que pierden equilibrio sobre la cuerda floja del silencio
los que suman el peso de la lava
y no ahogarse así cuando atraviesan
la turba de los ríos celestiales
hice, por fin, que renunciasen los que odian a las libélulas
brillantes en la noche cuando liban diminutos embriones de tormenta
los que odian a las libélulas y en el baile armónico de sus alas encuentran la dulzura para zambullirse tras la vulva salvaje y transparente de las hadas oscuras y renuncian cobardes, sin embargo, por el frío en el cuero de sus pechos
y también y por encima de todo hice que renunciasen los que odian a las libélulas porque desearían ser en lo profundo precisos helicópteros de asalto mucho antes que peces voladores
y viví largos años aparentemente feliz
en mi templo de lava
y colgué y descolgué infinidad de veces los mismos cuadros
leí todos los libros
escuché todos los discos
y en los pasillos
dejé los surcos de las horas
labrando mis poemas
pero se fueron secando las flores
las paredes se llenaron de hiedras
y vislumbre un espacio celeste que no estaba buscando
y vi estadios repletos de sillas vacías para mí
y pensé en mi lugar en el mundo
y en como se sentirían las hormigas si al volver al hormiguero se encuentran el desierto
y salí del templo queriendo se parte de un engranaje imperfecto
y latir así al lado de quien me quiere apuñalar para poder usar mi otro corazón
ya sé que hay seres que resisten mejor que yo la soledad
y entienden que en la profundidad de su terror se encuentran las piedras azules
que eso es lo más cercano que se puede estar de comprender a la muerte para vivir en paz
que en lo oscuro tu eres la luz y brillas con tu propia piel
pero ahora necesito salir y morir del aguijonazo por la espalda de un insecto con gafas de sol
y que me lama la lengua bífida de los que dominan el tiempo
después usaré el dolor para volver por la senda de los panes invisibles
cuando sea tarde y los parques y los lagos estén vacíos de olas y niños gritando en los columpios
cuando el silencio sea la única respuesta
y yo también sea parte de los que fueron doblegados
y regresaron a sus casas con la única esperanza
de encontrar la puerta abierta
deje desiertos los pasillos y los cuartos de aquellos que carecían de las máculas que tullen los acueductos plateados por donde fluye, violenta, la savia y que, con disfraz de llamarada, incendian los esquejes de las pupilas heridas por la luz de los semáforos
que se vayan, me dije, los fidelísimos de los ocasos cargados con pronósticos de plomo
los que no abrazan o dan abrazos falsos o cuando abrazan piensan en soltarse
alacranes de oro merodeando
las válvulas mitrales de los seres
que flotan incorpóreos en la noche
alejé los objetos que yo rozo y por mi roce brillan en lo oscuro de los que nunca imaginaron un pasaje aéreo entre balcones y amar así la noche entera bajo la luz artificial de un cielorraso
los aleje de aquellos que abren los regalos con infinita parsimonia
los que nunca contarían su vida a un conductor de taxis camino de su última pista de despegue
los que calculan la masa del aire con el cual construyen sus palabras
los que pierden equilibrio sobre la cuerda floja del silencio
los que suman el peso de la lava
y no ahogarse así cuando atraviesan
la turba de los ríos celestiales
hice, por fin, que renunciasen los que odian a las libélulas
brillantes en la noche cuando liban diminutos embriones de tormenta
los que odian a las libélulas y en el baile armónico de sus alas encuentran la dulzura para zambullirse tras la vulva salvaje y transparente de las hadas oscuras y renuncian cobardes, sin embargo, por el frío en el cuero de sus pechos
y también y por encima de todo hice que renunciasen los que odian a las libélulas porque desearían ser en lo profundo precisos helicópteros de asalto mucho antes que peces voladores
y viví largos años aparentemente feliz
en mi templo de lava
y colgué y descolgué infinidad de veces los mismos cuadros
leí todos los libros
escuché todos los discos
y en los pasillos
dejé los surcos de las horas
labrando mis poemas
pero se fueron secando las flores
las paredes se llenaron de hiedras
y vislumbre un espacio celeste que no estaba buscando
y vi estadios repletos de sillas vacías para mí
y pensé en mi lugar en el mundo
y en como se sentirían las hormigas si al volver al hormiguero se encuentran el desierto
y salí del templo queriendo se parte de un engranaje imperfecto
y latir así al lado de quien me quiere apuñalar para poder usar mi otro corazón
ya sé que hay seres que resisten mejor que yo la soledad
y entienden que en la profundidad de su terror se encuentran las piedras azules
que eso es lo más cercano que se puede estar de comprender a la muerte para vivir en paz
que en lo oscuro tu eres la luz y brillas con tu propia piel
pero ahora necesito salir y morir del aguijonazo por la espalda de un insecto con gafas de sol
y que me lama la lengua bífida de los que dominan el tiempo
después usaré el dolor para volver por la senda de los panes invisibles
cuando sea tarde y los parques y los lagos estén vacíos de olas y niños gritando en los columpios
cuando el silencio sea la única respuesta
y yo también sea parte de los que fueron doblegados
y regresaron a sus casas con la única esperanza
de encontrar la puerta abierta