Évano
Libre, sin dioses.
.
En un principio poca gente tuvo noticias del hecho insólito que estaba ocurriendo en el Polo Sur. Un día apareció completamente ensombrecido, todo el inmenso continente de nieve estaba cubierto de negro o se volvió negro, según informaron desde la estación espacial y los pocos científicos que allí se encontraban. Las diversas sedes de los gobiernos pudieron tapar esta noticia tan desconcertante, de momento, porque las sombras en rebelión tenían un plan.
-Aquí hace mucho frío -dijo una de las sombras que estaba junto a un acantilado en el sur del Polo Sur.
-Tú eres gilipollas -le contestó la del al lado-, las sombras no tenemos frío -añadió.
-Eso es lo que decía mi objeto de estos páramos -seguía hablando la sombra insultada, temiendo como respuesta otro insulto.
-Lo dicho, eres una sombra idiota.
-No soy idiota, mi objeto me hablaba, me mimaba y jamás pisaba a ninguna de nosotras, decía que aparte de dar mala suerte era una falta de educación -seguía en charla curiosa esta oscuridad, no se sabe si por el miedo y los nervios de estar cerca de tan alto acantilado o porque era así.
-Está bien, esta sombra idiota tiene algo de razón -se oyó la voz de una poderosa-. Aquí no pintamos nada, salvo de negro la nieve. Hemos de ir a algún lugar donde podamos ser notadas -afirmó severamente.
-Pues vayamos a la península donde vivía, es muy turística y además está en Europa. Nos verán sin duda -dijo la nerviosa oscuridad del acantilado
.
-De acuerdo entonces. Llévanos hasta allí, te seguimos -Y a esta orden, todas se pusieron detrás de la guía.
Avanzaba una mancha enorme por el Atlántico aprovechando la noche para no ser vista. Antes del amanecer arribarían a la península europea. Empezaba la venganza, aunque no sabemos de qué se querían vengar.
Rondaban las cinco de la madrugada cuando José despertaba para ir a trabajar. Acostumbrado a ello durante años, actuaba como un autómata. Se lavaba la cara, se peinaba, tomaba el café con leche y salía de casa. Esta vez volvió a entrar alterado.
-María está todo negro -gritó a su mujer-. María, María que está todo negro -repitió al ver que seguía dormida.
-¿Y cómo quieres que esté? Es de noche como siempre. ¿Qué te ocurre? -preguntó quitándose las legañas de los ojos.
-Que es una noche rara. No se ve absolutamente nada. No he podido encontrar mi coche, solo se palpan los bultos, pero no se ven -gesticulaba de una manera tan ajetreada que si tuviera su sombra allí a esta le costaría armonizarse con los movimientos de José.
Parecida a esta escena fueron muchas las ocurridas antes del amanecer. Pero al llegar el alba fue cuando todo el mundo pudo ver las consecuencias de la invasión.
Incrédulos, millones de personas en el umbral de sus casas veían un horizonte de bultos ensombrecidos y un cielo azul inmenso, recorrido en algunos casos por unas nubes oscuras. Todos los colores habían desaparecido. Optó la gente por volver a entrar en sus viviendas a escuchar las noticias que daba la televisión o la radio.
Sólo en los interiores permanecía el color. En el exterior, el azul chocaba con el negror de las sombras por doquier.
Pero ni en la televisión ni en la radio podían explicar nada que no vieran los ojos de cada uno. Por ello José se decidió a pasear por este nuevo mundo. A fin de cuentas no le importaba mucho este cambio. Cansado de su monótono trabajo, de una mujer que cada vez le hacía menos caso y de toda la vida que estaba llevando, se dijo para sí que ya era hora de que algo hubiese ocurrido.
Fue hacia la playa para ver si también le había afectado al mar la oscuridad. Caminó entre farolas, edificios, árboles y toda clase de objetos ennegrecidos, pisando un suelo infinito de sombras, y todo ello, en frontera con la luz del día y el cielo azul. Podríamos decir que estaba encantado.
Lo único que echaba de menos era a su sombra, a la que le hablaba y a la que tenía en sus últimos tiempos como su única amiga.
Era por esto por lo que iba a la playa, a las rocas del espigón, porque si en algún lugar estaba su querida compañera, era allí, el lugar al que habían acudido los dos durante los últimos años.
-Sabía que te encontraría aquí, sombra mía. Estás amontonada con otras pero sé que estás en este lugar -le dijo a un trocito de mancha, o mejor dicho a la roca donde se sentaban por costumbre. Como señal de respuesta, una silueta blanquecina de hombre se dibujó entre el suelo de sombras. En ese momento, José dijo:
-Vendré a verte todos los días, y que sepas que entiendo vuestra rebelión. Nadie os hace caso, todos están por el sol, y a lo suyo, nadie os mira nunca.
Miró al mar y vio como las sombras eran incapaces de dominar a las aguas.
Ante la sorpresa de José, su querida sombra le siguió. Ahora era una silueta que cambiaba a su antojo de color la que proyectaba su cuerpo en un suelo inmenso de negrura.
José estaba encantado, era el único hombre con sombra de colores del mundo, o con sombra, por lo menos en esta península invadida.
José murió, como todos los humanos. Pero su sombra sigue yendo a la roca todos los días, y sobre ella, en colores, va proyectando las palabras que escribió, sus versos, sus obras.
Hoy hay mucha gente alrededor de la roca. Quizás se deba a que sus luces de sombras de colores estén reescribiendo para el público, sobre una roca de granito de una península europea, "Ensayo sobre la lucidez".
No hace falta tener una ceguera blanca o una invasión de sombras para estar ciego, para no ver, o no querer ver.
En homenaje a alguien a quien admiré, y a quien admiro: José Saramago.
En un principio poca gente tuvo noticias del hecho insólito que estaba ocurriendo en el Polo Sur. Un día apareció completamente ensombrecido, todo el inmenso continente de nieve estaba cubierto de negro o se volvió negro, según informaron desde la estación espacial y los pocos científicos que allí se encontraban. Las diversas sedes de los gobiernos pudieron tapar esta noticia tan desconcertante, de momento, porque las sombras en rebelión tenían un plan.
-Aquí hace mucho frío -dijo una de las sombras que estaba junto a un acantilado en el sur del Polo Sur.
-Tú eres gilipollas -le contestó la del al lado-, las sombras no tenemos frío -añadió.
-Eso es lo que decía mi objeto de estos páramos -seguía hablando la sombra insultada, temiendo como respuesta otro insulto.
-Lo dicho, eres una sombra idiota.
-No soy idiota, mi objeto me hablaba, me mimaba y jamás pisaba a ninguna de nosotras, decía que aparte de dar mala suerte era una falta de educación -seguía en charla curiosa esta oscuridad, no se sabe si por el miedo y los nervios de estar cerca de tan alto acantilado o porque era así.
-Está bien, esta sombra idiota tiene algo de razón -se oyó la voz de una poderosa-. Aquí no pintamos nada, salvo de negro la nieve. Hemos de ir a algún lugar donde podamos ser notadas -afirmó severamente.
-Pues vayamos a la península donde vivía, es muy turística y además está en Europa. Nos verán sin duda -dijo la nerviosa oscuridad del acantilado
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-De acuerdo entonces. Llévanos hasta allí, te seguimos -Y a esta orden, todas se pusieron detrás de la guía.
Avanzaba una mancha enorme por el Atlántico aprovechando la noche para no ser vista. Antes del amanecer arribarían a la península europea. Empezaba la venganza, aunque no sabemos de qué se querían vengar.
Rondaban las cinco de la madrugada cuando José despertaba para ir a trabajar. Acostumbrado a ello durante años, actuaba como un autómata. Se lavaba la cara, se peinaba, tomaba el café con leche y salía de casa. Esta vez volvió a entrar alterado.
-María está todo negro -gritó a su mujer-. María, María que está todo negro -repitió al ver que seguía dormida.
-¿Y cómo quieres que esté? Es de noche como siempre. ¿Qué te ocurre? -preguntó quitándose las legañas de los ojos.
-Que es una noche rara. No se ve absolutamente nada. No he podido encontrar mi coche, solo se palpan los bultos, pero no se ven -gesticulaba de una manera tan ajetreada que si tuviera su sombra allí a esta le costaría armonizarse con los movimientos de José.
Parecida a esta escena fueron muchas las ocurridas antes del amanecer. Pero al llegar el alba fue cuando todo el mundo pudo ver las consecuencias de la invasión.
Incrédulos, millones de personas en el umbral de sus casas veían un horizonte de bultos ensombrecidos y un cielo azul inmenso, recorrido en algunos casos por unas nubes oscuras. Todos los colores habían desaparecido. Optó la gente por volver a entrar en sus viviendas a escuchar las noticias que daba la televisión o la radio.
Sólo en los interiores permanecía el color. En el exterior, el azul chocaba con el negror de las sombras por doquier.
Pero ni en la televisión ni en la radio podían explicar nada que no vieran los ojos de cada uno. Por ello José se decidió a pasear por este nuevo mundo. A fin de cuentas no le importaba mucho este cambio. Cansado de su monótono trabajo, de una mujer que cada vez le hacía menos caso y de toda la vida que estaba llevando, se dijo para sí que ya era hora de que algo hubiese ocurrido.
Fue hacia la playa para ver si también le había afectado al mar la oscuridad. Caminó entre farolas, edificios, árboles y toda clase de objetos ennegrecidos, pisando un suelo infinito de sombras, y todo ello, en frontera con la luz del día y el cielo azul. Podríamos decir que estaba encantado.
Lo único que echaba de menos era a su sombra, a la que le hablaba y a la que tenía en sus últimos tiempos como su única amiga.
Era por esto por lo que iba a la playa, a las rocas del espigón, porque si en algún lugar estaba su querida compañera, era allí, el lugar al que habían acudido los dos durante los últimos años.
-Sabía que te encontraría aquí, sombra mía. Estás amontonada con otras pero sé que estás en este lugar -le dijo a un trocito de mancha, o mejor dicho a la roca donde se sentaban por costumbre. Como señal de respuesta, una silueta blanquecina de hombre se dibujó entre el suelo de sombras. En ese momento, José dijo:
-Vendré a verte todos los días, y que sepas que entiendo vuestra rebelión. Nadie os hace caso, todos están por el sol, y a lo suyo, nadie os mira nunca.
Miró al mar y vio como las sombras eran incapaces de dominar a las aguas.
Ante la sorpresa de José, su querida sombra le siguió. Ahora era una silueta que cambiaba a su antojo de color la que proyectaba su cuerpo en un suelo inmenso de negrura.
José estaba encantado, era el único hombre con sombra de colores del mundo, o con sombra, por lo menos en esta península invadida.
José murió, como todos los humanos. Pero su sombra sigue yendo a la roca todos los días, y sobre ella, en colores, va proyectando las palabras que escribió, sus versos, sus obras.
Hoy hay mucha gente alrededor de la roca. Quizás se deba a que sus luces de sombras de colores estén reescribiendo para el público, sobre una roca de granito de una península europea, "Ensayo sobre la lucidez".
No hace falta tener una ceguera blanca o una invasión de sombras para estar ciego, para no ver, o no querer ver.
En homenaje a alguien a quien admiré, y a quien admiro: José Saramago.
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