Azul volaba el día
entre las calles.
Se deshacía la luz
sobre los transeúntes
enredándose con el ruido de las palabras
que no me paraba a entender,
pero me acompañaban
por las aceras.
Caminaba despacio
mientras mi cabeza
se olvidaba de los pensamientos,
y los pies se dirigían solos
hasta el malecón que encauza a la ría.
Verde me saludo,
fría y agitada la encontré,
y llena de colores diminutos
que alegraban su movimiento
casi continuo.
El agua, como niña zangolotina,
no cesa en su golpeteo,
en su tratar de salir del hormigón.
Su afán me conmueve.
Deshace las escaleras viejas,
alisa las rocas,
acaricia la pared gris de su cauce
y se engalana con las luces
que lanzas las casas.
Cuando el sol se esconde
en el mar se derrama.
entre las calles.
Se deshacía la luz
sobre los transeúntes
enredándose con el ruido de las palabras
que no me paraba a entender,
pero me acompañaban
por las aceras.
Caminaba despacio
mientras mi cabeza
se olvidaba de los pensamientos,
y los pies se dirigían solos
hasta el malecón que encauza a la ría.
Verde me saludo,
fría y agitada la encontré,
y llena de colores diminutos
que alegraban su movimiento
casi continuo.
El agua, como niña zangolotina,
no cesa en su golpeteo,
en su tratar de salir del hormigón.
Su afán me conmueve.
Deshace las escaleras viejas,
alisa las rocas,
acaricia la pared gris de su cauce
y se engalana con las luces
que lanzas las casas.
Cuando el sol se esconde
en el mar se derrama.