Nada queda en la rosa deshojada,
es una flor inútil,
sin perfume sin alma y sin asuntos,
sin los hilos que ataban su contorno.
Debimos arrancarla cuando el tiempo
era largo y de fúlgidos ocasos,
cuando estaba sin sombra,
y brotaban valientes los rosales.
Debimos desecarla entre las hojas,
y debimos amarla, tal vez fuera
su destino los páramos azules
de algún libro olvidado en el silencio.
Ahora no le queda apenas nombre,
ni un nombre que le surja de los pétalos
cansados, esparcidos, derrotados…
Ahora apenas tiene colorido,
solo el recuerdo queda de una rosa
en una rosa pálida,
en una rosa lánguida
que yace enmudecida y solitaria.