Llegas a casa,
ya es de noche.
Sin abrir ninguna luz
te diriges en silencia hacia el sofá naranja,
tupido de sombras.
Te lanzas al vacío sobre él,
llevando a cabo la acrobacia diaria
de sacarte los zapatos al vuelo.
Cierras los ojos
y te sacas las gafas
con una sola mano;
con la otra te friegas con fuerza los párpados,
como queriendo diluir del recuerdo la visión
de otro día gris y mortecino,
de aquellos que te acercan un poco más a la tumba.
Sin decir o pensar nada,
llenas la boca de aire, hastiado
y lo expulsas con virulencia,
como una tormenta de agobio.
Pero no piensas en nada.
y por instinto,
te tapas con esa manta verde
que siempre dejas a los pies hecha un bulto.
Te va pequeña, pero eso da igual ¿no?;
después de otro día de pequeñas derrotas tras derrotas,
todo da igual.
Bajo tu cabeza hay tres cojines,
naranjas como el sofá
y los colocas a tu gusto:
dos bajo tu cabeza y otro encima,
tapándote los ojos.
Tras de ti queda una ventana oscura,
disimulada por la noche,
-la perfecta espía-
y tras ella, lejos,
coches, motos y camiones vagabundeando de un lugar a otro
como si fueran luciérnagas eléctricas,
revoloteando por tus oídos
sin darles mayor importancia.
Y luego piensas en todo ello,
a punto de caer rendido:
no sabes si esta sencilla satisfacción
es una pequeña victoria
o lo poco que queda de ti tras tantas derrotas;
pero sabes que en el fondo tiene que ver con ello
-¿victoria o derrota?- - un poco de ambas juntas, por favor-
...
pero da igual
porque todo da igual ¿verdad?,
como si fueras a desvanecerte en la noche,
te duermes,
ni insatisfecho ni feliz,
frustrado, acabado, destruido y aniquilado
...
Besando
la Senda de los Derrotados
ya es de noche.
Sin abrir ninguna luz
te diriges en silencia hacia el sofá naranja,
tupido de sombras.
Te lanzas al vacío sobre él,
llevando a cabo la acrobacia diaria
de sacarte los zapatos al vuelo.
Cierras los ojos
y te sacas las gafas
con una sola mano;
con la otra te friegas con fuerza los párpados,
como queriendo diluir del recuerdo la visión
de otro día gris y mortecino,
de aquellos que te acercan un poco más a la tumba.
Sin decir o pensar nada,
llenas la boca de aire, hastiado
y lo expulsas con virulencia,
como una tormenta de agobio.
Pero no piensas en nada.
y por instinto,
te tapas con esa manta verde
que siempre dejas a los pies hecha un bulto.
Te va pequeña, pero eso da igual ¿no?;
después de otro día de pequeñas derrotas tras derrotas,
todo da igual.
Bajo tu cabeza hay tres cojines,
naranjas como el sofá
y los colocas a tu gusto:
dos bajo tu cabeza y otro encima,
tapándote los ojos.
Tras de ti queda una ventana oscura,
disimulada por la noche,
-la perfecta espía-
y tras ella, lejos,
coches, motos y camiones vagabundeando de un lugar a otro
como si fueran luciérnagas eléctricas,
revoloteando por tus oídos
sin darles mayor importancia.
Y luego piensas en todo ello,
a punto de caer rendido:
no sabes si esta sencilla satisfacción
es una pequeña victoria
o lo poco que queda de ti tras tantas derrotas;
pero sabes que en el fondo tiene que ver con ello
-¿victoria o derrota?- - un poco de ambas juntas, por favor-
...
pero da igual
porque todo da igual ¿verdad?,
como si fueras a desvanecerte en la noche,
te duermes,
ni insatisfecho ni feliz,
frustrado, acabado, destruido y aniquilado
...
Besando
la Senda de los Derrotados