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La señorita Rosa

Tema en 'Prosa: Generales' comenzado por Pessoa, 25 de Septiembre de 2018. Respuestas: 5 | Visitas: 270

  1. Pessoa

    Pessoa Moderador Foros Surrealistas.Miembro del Jurado Miembro del Equipo Moderadores Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    LA SEÑORITA ROSA.

    Hoy he vuelto a encontrarla. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿50, 52 años? Una barbaridad. Como todos los encuentros que emocionan éste también ha sido casual. Ha sido en uno de los habituales expurgues a los he de someter mis pertenencias personales -recuerdos afectivos, viejos documentos, las fotografías sepias de quienes ya no recuerdo el nombre- ante la imposibilidad de guardarlos en las cada vez más exiguas dependencias domésticas. Allí el azar me la ha vuelto a mostrar. Sí; un tosco, torpe dibujo de juventud, representando un rostro de mujer, un dibujo de aquella época estudiantil en la que uno aún pensaba ser artista. Un rostro que ha permanecido inalterado en el tiempo (quizás un poco más amarillento) pero que sigue igual de vivo al resucitar en mi recuerdo. La señorita Rosa.

    Éramos un ramillete de vidas jóvenes, ilusionadas, trabajando duro de cara a un futuro difícil. Estudiantes todos de las más variadas disciplinas, con un sustrato común: nuestro origen humilde y nuestra ambición por comernos el mundo. Frecuentábamos, allá por el barrio universitario de San Bernardo, en Madrid, un bar al que llamábamos en argot “Café Social”. Un café donde la mezcolanza de obreros, funcionarios y estudiantes creaba un ambiente propicio para la preparación de la revolución con la que queríamos cambiar el mundo. Desde aquella férrea dictadura, sin más armas que nuestra ilusión y la lectura de los manifiestos clandestinos que nos llegaban desde el extranjero. Aquel era nuestro oxígeno esencial; pobres diablos.

    Para contrarrestar la utopía y hacer llevadera la espera teníamos el “Café Romántico”, donde la dulce compañía femenina y los arrumacos subrepticios (los camareros contemporizaban y siempre miraban hacia otro lado...) se contraponían y entibiaban a nuestros espíritus subversivos.

    El Café Social era amplio y oscuro, con grandes ventanales a la calle y muchos veladores con tapa de mármol deslustrado por el uso, sobre unas patas de hierro fundido. La luz era escasa, pero tampoco necesaria. Un denso hálito de fritanga entenebrecía aún más aquel ambiente y cubría con una pátina grasienta el destartalado mobiliario. En su descargo he de decir que los bocadillos de calamares fritos que preparaban eran famosos en el barrio, y para nosotros, dada la escasez del peculio que manejábamos, eran cenas compartidas a tercios, a cuartos, dependiendo de lo avanzado del mes.

    Un día apareció ella, una mujer de edad indefinida, con un vestir extravagante, tocada con un sombrerito en el que lucía una enorme flor de tela. Su rostro, de belleza indefinida, tenía sus rasgos difuminados tras de una espesa capa de maquillaje, una especie de polvo de arroz desvaído, con unos estrafalarios chapetes rojos en cada mejilla. Era un rostro de esfinge sonriente. Parecía una artista de variedades a quien los avatares de la vida, o la crueldad de algún empresario desairado de sus favores, había retirado.

    Observamos cómo el camarero se dirigía a ella con toda diligencia y con una casi obscena amabilidad le sirvió una copa que supusimos cazalla y un vaso de agua. A partir de ese día, un día cualquiera en la absurda serie de los días de entonces, la vimos con frecuencia en ese bar; siempre ocupaba el mismo sitio al fondo del local y siempre el camarero le servía el mismo pedido. Yo, por entonces, tenía todavía viva mi vocación de artista: quería ser pintor, presentarme a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y llegar a la fama y fortuna a base de pinceles y pinturas. Mucha bohemia parisina bullía aún en mi cabeza. Solía llevar un cuaderno de apuntes, para hacer bosquejos, anotaciones rápidas de personajes y ambientes que luego, algún día, llevaría al lienzo. Personajes extravagantes, raros, de los que en aquel Madrid abundaban.

    Una tarde de lluvia, lo recuerdo perfectamente, llegó la mujer, con su sombrero y su extravagante indumentaria empapados por el aguacero; su maquillaje más ajado que de costumbre debido al aguacero. Llevaba, cerrado, un paraguas, creo verlo ahora de color burdeos. Debía de estar inservible, pero ella lo lucía impertérrita. Convinimos que, por riguroso sorteo, uno de nosotros se acercaría a ella para tratar de iniciar una conversación e invitarla a la consumición. No fui yo el (des)afortunado, por lo que pude quedarme y comencé a dibujar unos esbozos de su figura. Al compañero que se acercó lo recibió sin inmutarse; sólo acentuó algo su extraña sonrisa de esfinge. Mirándolo a los ojos le dijo: “¡Hola, Armando! Tanto tiempo esperándote...!” Mi amigo sintió como un gran desasosiego, balbuceó algo y se retiró discretamente.

    Preguntamos al camarero, con quien ya habíamos intimado. Nos contó una, por entonces, cotidiana y vulgar historia de dolor y guerra. Se llamaba Rosa. Había sido una conocida artista de variedades, como suponíamos por su ajado y exótico modo de vestir. Con la represión de la postguerra el cabaret donde actuaba cerró sus puertas y ellas, las vedettes, quedaron desasistidas. Rosa tenía un gran amor, Armando, un hábil macró que la explotaba. Fue fusilado, como tantos otros, en las tapias del cementerio. Ella casi se volvió loca; en todos los hombres que se le acercaban veía a su Armando. Siguió viviendo y aceptando sin pedirla la caridad de algunas buenas gentes que la acogieron.

    Yo, entre tanto, saqué algunos bocetos de su rostro y de su porte, siempre digno. Después la vida siguió su curso; nosotros acabamos los estudios y ella, la señorita Rosa, quedó indeleble en mi viejo cuaderno de apuntes, ése que ahora a vuelto a aparecer y me ha hecho regresar a aquellos tiempos duros y felices, tiempos de hambre e ilusiones. Y allí, como una Galatea contemporánea y excéntrica, la Señorita Rosa, mi musa efímera, una flor de otoño de aquella época difícil.



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    Ilust.: Boceto.
     
    #1
    A Luis de Pablos y silveriddragon les gusta esto.
  2. Fcaserossi

    Fcaserossi Poeta fiel al portal

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    Creo que pude estar dentro del café social. Me gustó lo que imaginé, yo habría ido.
     
    #2
    Última modificación: 27 de Septiembre de 2018
  3. Pessoa

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    Seguro, querido compañero Fcaserossi, que te hubiese encantado el ambiente bohemio, casi marginal, de aquel café. Nosotros, los "habitués" también hubiésemos disfrutado mucho con tu presencia. Lástima que el tiempo sea tan irrecuperable. Gracias por tu visita. Un abrazo,
    miguel
     
    #3
  4. Fulgencio Cibertraker

    Fulgencio Cibertraker Poeta adicto al portal

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    Nosotros somos seres racionales
    de los que toman sus raciones en los bares...

    Cafe social es el arte
    de pasar con un café toda la tarde
    mesas de marmol con patas de hierro
    ese es el futuro que ahora nos espera
    lo poco que pesan los muebles de Ikea.
     
    #4
  5. Pessoa

    Pessoa Moderador Foros Surrealistas.Miembro del Jurado Miembro del Equipo Moderadores Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    Gracias, Fulgi. Desde luego Ikea y sus acólitos nunca dejarán la impronta que dejaron aquellos veladores con tablero de mármol, que en algunos casos se descubrieron como antiguas lápidas mortuorias. Por eso inspiraban tanto... Y también por eso los chasquidos de las fichas de dominó al golpearlas sobre ellos eran tan rotundos y claros. Tiempos, che...
     
    #5
  6. Luis de Pablos

    Luis de Pablos Poeta veterano en el Portal

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    Quiénes son estos seres que deambulan por las calles/ y dan luz propia a algún rincón de un bar cualquiera/ y habitan los despiertos recuerdos de la gente no dormida.

    Amable texto, amigo Pessoa, me gustó y me llevó también a mis recuerdos de bares y noches y....otras vidas que ahora me parece que fueron soñadas.

    Un abrazo muy cordial.
     
    #6

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