Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
Era una noche estrellada,
con la luna de testigo,
deambulaba por la playa,
sin rumbo y sin compromiso.
El mar reflejaba el oro
que le regalaba el cielo,
cual infinito tesoro
de brillos dorados pleno.
La brisa venía bañada
en la humedad del relente
y de salitre impregnada,
pegajosa y persistente.
Las olas acariciaban
mis pantorillas, desnudas,
mientras mis huellas dejaban
en la arena, mi andadura.
Echada sobre una piedra,
plácidamente dormida
se encontraba una sirena,
confiada y distendida.
Para mejor observarla
me refugié entre las dunas
y pude así contemplarla
a mi antojo, sin premura.
Desde ese sitio, en la playa
la visión era asombrosa
una nereida de fábula,
delicadamente hermosa.
Como la ninfa marina
permanecía tan quieta,
me aproximé hasta la orilla,
lentamente, con cautela.
Pero para mi desgracia,
por mi presencia alertada
la sirena saltó al agua
y se alejó apresurada.
Pronto despareció,
engullida por las olas,
y nadie jamás la vió,
para confirmar mi historia.
con la luna de testigo,
deambulaba por la playa,
sin rumbo y sin compromiso.
El mar reflejaba el oro
que le regalaba el cielo,
cual infinito tesoro
de brillos dorados pleno.
La brisa venía bañada
en la humedad del relente
y de salitre impregnada,
pegajosa y persistente.
Las olas acariciaban
mis pantorillas, desnudas,
mientras mis huellas dejaban
en la arena, mi andadura.
Echada sobre una piedra,
plácidamente dormida
se encontraba una sirena,
confiada y distendida.
Para mejor observarla
me refugié entre las dunas
y pude así contemplarla
a mi antojo, sin premura.
Desde ese sitio, en la playa
la visión era asombrosa
una nereida de fábula,
delicadamente hermosa.
Como la ninfa marina
permanecía tan quieta,
me aproximé hasta la orilla,
lentamente, con cautela.
Pero para mi desgracia,
por mi presencia alertada
la sirena saltó al agua
y se alejó apresurada.
Pronto despareció,
engullida por las olas,
y nadie jamás la vió,
para confirmar mi historia.