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La última guardia

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 3 de Febrero de 2026 a las 4:38 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 19

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Yo, que ahora me llamo Sombra (aunque mi nombre verdadero es más antiguo que cualquier lengua humana), recuerdo el instante exacto en que crucé el umbral de esta casa maldita. Era una noche de lluvia fría, de esas que lavan la ciudad pero no limpian el alma. Un humano joven, de ojos cansados y aliento a whisky barato, me encontró acurrucado junto a un contenedor. Me alzó con manos temblorosas y murmuró algo sobre la soledad. No entendió que no era yo quien lo necesitaba a él, sino él a mí.

    Desde el primer momento supe que había sido guiado. Los gatos vemos lo que los hombres han olvidado: el tejido roto del mundo. Alrededor de cada criatura bípeda que camina bajo el sol, revolotean legiones demoníacas.

    No son metáforas. Son cosas con demasiados ojos y bocas que gotean azufre, criaturas que existían antes de que el Verbo crease la luz. Llamadlos demonios si os place; los antiguos los conocían como los Hijos del Abismo, los Primogénitos que se rebelaron cuando el Altísimo separó el día de la noche. Frente a ellos, apenas visibles, brillan los Vigilantes: seres de luz fría, de seis alas y rostros que queman al mirarlos. Uno por cada alma humana. Un solo guardián contra cientos de caídos hambrientos.

    Durante siglos el equilibrio se mantuvo. Los Vigilantes, exhaustos pero implacables, blandían espadas de fuego puro y mantenían a raya a las hordas. Los hombres seguían viviendo sus pequeñas tragedias, creyéndose libres, ignorando que cada pensamiento oscuro, cada odio repentino, cada deseo de sangre era una garra que lograba rozarles la carne del alma. Los gatos veíamos las heridas. Lamíamos las grietas. A veces, con un zarpazo bien dado, arrancábamos un tentáculo que se había colado demasiado. Los perros, más rudos, mordían y gruñían a las sombras que se acercaban al lecho de sus amos por la noche. Así era el pacto antiguo, sellado cuando el primer hombre acarició al primer lobo gris y al primer gato montés africano junto al fuego de la caverna.
    Pero llegó la Gran Caída de los Vigilantes.

    Nadie sabe exactamente cuándo. Tal vez fue el año en que los hombres encendieron las primeras bombas que hicieron palidecer al sol. Tal vez cuando millones gritaron al unísono su odio a través de pantallas digitales. O quizá cuando el último niño rezó de verdad y nadie escuchó. Lo cierto es que una mañana (una mañana como cualquier otra, con café quemado y noticias idiotas en la radio) los Vigilantes simplemente se apagaron.

    Yo lo vi primero en el humano joven que me había recogido. Su guardián, un ser alto de luz blanca y ojos como estrellas supernovas, flotaba siempre sobre su hombro izquierdo. Aquella mañana la luz se quebró. El Vigilante abrió unas alas que ahora eran solo jirones de niebla, y gritó. Un grito que ningún humano oyó, pero que hizo que todos los gatos del barrio arqueáramos el lomo al mismo tiempo. Luego se deshizo, como cristal helado bajo el sol, y cayó en pedazos que los demonios devoraron antes de tocar el suelo.

    En cuestión de horas, la ciudad entera quedó desnuda.
    Los demonios, que habían esperado milenios, se lanzaron como langostas. Los veía trepar por las paredes, deslizarse bajo las puertas, meterse por las bocas abiertas de los durmientes. El humano joven fue de los primeros. Lo observé desde lo alto del armario mientras una cosa con rostro de cerdo en carne viva y cuerpo de araña se introducía por su oreja. Él se revolvió en la cama, sudando, y empezó a hablar en lenguas que no conocía. Sus ojos se volvieron negros, completamente negros, como pozos sin fondo.
    Entonces supimos que había llegado la hora.

    Nos reunimos en los tejados todos los gatos y luego en callejones gatos y perros, enemigos ancestrales unidos por la necesidad más antigua. Un pastor alemán cojo que respondía al nombre de Joe fue el primero en hablar con voz ronca de ultratumba: «Tenemos un pacto. Si ellos caen, nosotros caemos con ellos. Pero no sin antes luchar». Un gato siamés sin cola, llamado Asha, saltó sobre una antena oxidada y mostró los colmillos: «Recordad lo que fuimos antes de que nos domesticaran. Recordad Egipto. Recordad los templos donde nos adoraban porque veíamos a los Devoradores de Almas».

    Y así recordamos.

    Los gatos fuimos creados la tercera noche, cuando el Altísimo separó las aguas de las aguas. Nos hizo de sombra y silencio para cazar lo que acecha en la oscuridad. A los perros los hizo del polvo y del fuego, guardianes feroces que ladran al Abismo mismo. Juntos formamos la última línea que el Cielo olvidó mencionar en sus escrituras.
    Esa noche comenzó la guerra invisible.

    Yo lideré el ataque en esta casa. Entré en el dormitorio donde el humano joven se retorcía, ya casi perdido. Los demonios lo rodeaban como moscas sobre carroña. Uno, grande como un toro, con cuernos retorcidos y un centenar de bocas en el pecho, reía con una voz gutural formada por el lamento de mil niños abortados. Salté desde la lámpara, con todas las garras por fuera, y le abrí la garganta etérea. La savia infernal salpicó las paredes y se evaporó antes de tocar el suelo.

    En el pasillo, Joe y tres perros más destrozaban a una legión de súcubos que intentaban poseer a la mujer humana (la que olía a lavanda y llanto contenido). Los gatos nos movíamos entre sus patas, más rápido que los pensamientos impuros, arrancando ojos que no debían existir, cortando tentáculos que se arrastraban hacia los dormitorios de los niños.

    Los niños. Ellos fueron los peores. Los demonios los querían más que a nada. Almas frescas, sin cicatrices. En la habitación del fondo, una niña de siete años flotaba a medio metro de la cama mientras una cosa con el rostro de su propia madre le susurraba que saltara por la ventana. Asha y yo entramos juntos. Yo salté al rostro falso y le arranqué los ojos; Asha se lanzó al pecho y sacó algo que palpitaba como un corazón enfermo. La niña cayó, viva todavía, pero con los ojos tan abiertos que parecía que nunca volvería a cerrarlos.

    Hemos luchado tres noches y tres días. El suelo está cubierto de ectoplasma que huele a pescado en descomposición y a flatulencias. Hay perros muertos con el lomo roto, gatos con las tripas al aire que aún maúllan desafiantes. Los humanos, los pocos que quedan sin poseer, gritan o rezan o se esconden bajo las camas sin entender qué los salva.
    Yo estoy en el tejado ahora, sangrando por siete heridas que no cicatrizan. A mi alrededor, los últimos de nosotros formamos un círculo. Abajo, en el salón, el humano joven (mi humano) se alza rodeado de una corte de príncipes infernales. Su piel se agrieta, dejando ver brasas dentro. Uno de los Grandes está intentando coronarse en su carne.
    Joe, con la mitad de la cara arrancada, me mira. Asha, ciega de un ojo, lame la sangre de sus bigotes. Los demás esperan mi señal.

    Abajo, el Abismo ríe. Arriba, el Cielo permanece en silencio. En el centro, nosotros: gatos y perros, guardianes olvidados, últimos restos de un pacto que el universo mismo rompió.

    Bajaremos ahora. Una última carga.
    No sé si ganaremos. Tal vez el amanecer nos encuentre victoriosos, lamiendo heridas mientras los humanos duermen ignorantes otra vez. Tal vez el sol salga sobre una ciudad de cáscaras vacías que caminan y hablan con voces que no son suyas como títeres de ventrílocuos del Gehena.

    Sea como sea, esta noche el tejado tiembla bajo nuestras patas. Y el Abismo aprenderá que incluso los dioses pueden equivocarse al elegir a sus defensores.

    Escuchad bien, vosotros que leéis esto con ojos humanos: si alguna vez un gato os mira demasiado tiempo, o un perro gruñe sin motivo aparente en la esquina vacía… es posible que aún estemos luchando. Y que necesitemos que, por una vez, seáis vosotros quienes nos salvéis a nosotros.
     
    #1
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