Cuando no sientas al duende helado
roerte en las madrugadas las manos
y envíes tu lucha a un rincón,
al mismo en el que fuiste castigado,
y ya solo haya frío...
Cuando sea tu dueño el vacío
e inconsciente de que la gana ha huido
creas que por fin la has vencido
mas no dejes de sentirte perdido
y ya no haya ni hambre...
Cuando recuerdas los alambres,
tras de ti la oscuridad que te empujaba,
dentro de ti el latido de tu sangre
y ante ti otro mundo que te salvaba,
y que ya no haya esperanza...
Cuando acaricias la añoranza
porque con ella crees que reemplazas
los abrazos de una madre lejana
que no volverán otra mañana,
y haya tanta soledad...
Cuando veas por fin la verdad
y al jinete pálido que se detiene por ti
para expulsarte de la ciudad,
no intentes entonces huir
que ya te venció la oscuridad,
agarra las crines de su caballo macilento
y entrégate a él sonriendo y dormido
pues el sueño te ayudará más
que la indiferencia y el olvido.
Juan A. Zuzunaga
roerte en las madrugadas las manos
y envíes tu lucha a un rincón,
al mismo en el que fuiste castigado,
y ya solo haya frío...
Cuando sea tu dueño el vacío
e inconsciente de que la gana ha huido
creas que por fin la has vencido
mas no dejes de sentirte perdido
y ya no haya ni hambre...
Cuando recuerdas los alambres,
tras de ti la oscuridad que te empujaba,
dentro de ti el latido de tu sangre
y ante ti otro mundo que te salvaba,
y que ya no haya esperanza...
Cuando acaricias la añoranza
porque con ella crees que reemplazas
los abrazos de una madre lejana
que no volverán otra mañana,
y haya tanta soledad...
Cuando veas por fin la verdad
y al jinete pálido que se detiene por ti
para expulsarte de la ciudad,
no intentes entonces huir
que ya te venció la oscuridad,
agarra las crines de su caballo macilento
y entrégate a él sonriendo y dormido
pues el sueño te ayudará más
que la indiferencia y el olvido.
Juan A. Zuzunaga