LA VIEJA SEÑORA
La vieja señora, desde el fondo de su raído sillón de orejas observaba a través de las cortinas entreabiertas el parquecillo de enfrente, en el que los juegos de unos pocos niños de la calle la distraían y la presencia de algún viejo jubilado que los contemplaba le arrancaba una sonrisa como de conmiseración, como de aceptación solidaria de esa invalidez que produce el deterioro de los años (la edad, que se dice) con un deje de inevitable melancolía.
La vieja señora era ya un mueble más de aquella enorme y secular mansión que tanta vida tuvo y dio; ahora, en la noble biblioteca -un mero museo de libros polvorientos y descuidados, colocados en ringleras desdentadas- sentada horas y horas en aquel sillón que enfundaba su cuerpecillo enteco, casi traslúcido, envuelta en la toquilla de lana negra que ella misma se tejió hace apenas... ¿tanto tiempo ya? oía disolverse el tiempo al pausado ritmo del péndulo del reloj de pared.
Doña Lorenza hacía esfuerzos por recordar cuándo fue la última vez que pisó la calle. Sí; debió ser cuando... todavía vivía mi Enrique, fuimos juntos a tomar un helado (¡cómo nos gustaban aquellos helados!) a la Granja Paquita, sí, allí donde servían unos churros tan ricos. La falta de memoria como cortafuegos a la tristeza, el borrado de los datos de su plana biografía como alternativa a esa mínima y actual vivencia de una pobre anciana curioseando desde su sempiterno y único observatorio.
Son pocos los acontecimientos imprevistos a los que Doña Lorenza, la vieja señora, tiene la oportunidad de asistir. Hoy, precisamente, han estado en el parquecillo un grupo de personajes vestidos con extrañas túnicas color azafrán, que tocaban instrumentos exóticos, cantaban y danzaban como ella nunca vio ni oyó. Desde luego la vieja señora ignoraba que fuesen monjes budistas, una secta foránea, una excrecencia cultural de la que ello lo ignoraba todo.
Mientras alborotaban en el pequeño parque ella refugió su miope mirada en el piano, hoy sólo un elegante mueble (“del salón en el ángulo oscuro...” recordaba todavía los versos de Bécquer de cuando iba a la escuela), sediento por rociar con su música aquel ambiente en el que tantas tardes sus nostálgicas notas eran el punto aristocrático de las reuniones, de un refinamiento provinciano , con aquellos amigos que amaban, como Enrique y ella misma, los placeres elevados del espíritu. Y también, porqué no, los deliciosos “frutos de sartén”, pestiños, almojábanas, torrijas... que preparaba la Sinfo, aquella dulce y callada sirvienta que trajeron del pueblo, como era frecuente entre las familias acomodadas en la época de su juventud, servidos con unas "místicas" mistelas elaboradas por los monjes de San Baudilio.
Amigos que, como los días y los años, empezaron a faltar en un goteo constante. Los que iban quedando sabían el motivo. Nunca fue la desgana, ni los alejamientos por amistades rotas. Todos sabían las crueles razones, pero apenas si las susurraban en apartes, entre pieza y pieza desgranada en el viejo piano; aquellas ausencias hacían daño, aún en las esclerotizadas sensibilidades de aquellas gentes sensibles. Ahora, en los momentos en los que la nostalgia de aquellos viejo tiempos recubría como con una pátina dorada las figuras de las que ya no están, una luz tibia, dorada y difusa, corporeizaba aquellas añoradas ausencias. No, Enrique no. Él nunca me dejará sola. Su foto, descolorida, enmarcada con un refinado marco de plata vieja, era uno de los pocos objetos que desde el veladorcito cubierto con un primoroso tapete de ganchillo -aquellos primores artesanos que salían de sus manos antes de que la artrosis... La foto de Enrique, tan elegante, los lentes de ver de cerca, una jarrita de agua cubierta con un paño a juego del tapete, un ajado libro de poemas, abierto siempre por la misma página, eran su compañía en aquellas horas de interminable soledad. "¿Cuando regresarás, Enrique? Me gustaría tanto volver a la Granja Paquita, aquellos helados, aquellos churros calentitos, contigo..."
Doña Lorenza sintió un escalofrío recorrer su menudo cuerpo. Se arrebujó en la vieja toquilla y extendió sobre sus rodillas la tibia manta de viaje que un día le regaló Enrique; la trajo desde Austria (eso me dijo, aunque ¿a qué tuvo él que ir a Austria?) El tibio sol de finales de verano, por lo avanzado de la hora vespertina, no lograba ya
templar la estancia. A ver si llegaba pronto la asistenta social que le enviaba el Ayuntamiento para... para comprobar que aún seguía viva, porque para otra cosa...
Sintió como una punzada en su costado. No debiera pensar mal de quienes trataban de ayudarla. No era ni mucho menos religiosa, pero sí había recibido una educación en el respeto a los demás, sin distinción de clases. Pues aquella joven voluntaria se encargaba durante tres horas al día de mantener la casa en orden (al menos la zona habitada, pues muchas dependencias estaban cerradas por falta de uso), ayudarla en su aseo personal, preparar las frugales comidas y darle algo de conversación. Vamos, igual que la Sinfo, pero (así lo veía ella) con la fría profesionalidad y distancia de una empleada municipal.
Oyó cómo se abría la puerta de entrada. Los pasos de quien había entrado resonaron quedos en el pasillo. Pero junto a los conocidos y leves pasos de Inmaculada, la asistenta, oyó otros más pesados, como de hombre. La puerta vidriera del salón se abrió violentamente: “Ahí la tienes, Juan. Esa es la vieja avara. Acabemos ya. Un solo golpe será suficiente, procura que no alborote.”
Doña Lorenza sonrió con dulzura y fijó su mirada en el parque vecino, ya casi en penumbra. “Ya has llegado, Enrique. ¿Porqué has tardado tanto? Ya no volverás a dejarme sola, ¿verdad? Anda, léeme otro de esos poemas que tanto me gustan...”. Las primeras estrellas comenzaban a brillar en un cielo que Doña Lorenza encontró hoy familiar, casi hogareño.
La vieja señora, desde el fondo de su raído sillón de orejas observaba a través de las cortinas entreabiertas el parquecillo de enfrente, en el que los juegos de unos pocos niños de la calle la distraían y la presencia de algún viejo jubilado que los contemplaba le arrancaba una sonrisa como de conmiseración, como de aceptación solidaria de esa invalidez que produce el deterioro de los años (la edad, que se dice) con un deje de inevitable melancolía.
La vieja señora era ya un mueble más de aquella enorme y secular mansión que tanta vida tuvo y dio; ahora, en la noble biblioteca -un mero museo de libros polvorientos y descuidados, colocados en ringleras desdentadas- sentada horas y horas en aquel sillón que enfundaba su cuerpecillo enteco, casi traslúcido, envuelta en la toquilla de lana negra que ella misma se tejió hace apenas... ¿tanto tiempo ya? oía disolverse el tiempo al pausado ritmo del péndulo del reloj de pared.
Doña Lorenza hacía esfuerzos por recordar cuándo fue la última vez que pisó la calle. Sí; debió ser cuando... todavía vivía mi Enrique, fuimos juntos a tomar un helado (¡cómo nos gustaban aquellos helados!) a la Granja Paquita, sí, allí donde servían unos churros tan ricos. La falta de memoria como cortafuegos a la tristeza, el borrado de los datos de su plana biografía como alternativa a esa mínima y actual vivencia de una pobre anciana curioseando desde su sempiterno y único observatorio.
Son pocos los acontecimientos imprevistos a los que Doña Lorenza, la vieja señora, tiene la oportunidad de asistir. Hoy, precisamente, han estado en el parquecillo un grupo de personajes vestidos con extrañas túnicas color azafrán, que tocaban instrumentos exóticos, cantaban y danzaban como ella nunca vio ni oyó. Desde luego la vieja señora ignoraba que fuesen monjes budistas, una secta foránea, una excrecencia cultural de la que ello lo ignoraba todo.
Mientras alborotaban en el pequeño parque ella refugió su miope mirada en el piano, hoy sólo un elegante mueble (“del salón en el ángulo oscuro...” recordaba todavía los versos de Bécquer de cuando iba a la escuela), sediento por rociar con su música aquel ambiente en el que tantas tardes sus nostálgicas notas eran el punto aristocrático de las reuniones, de un refinamiento provinciano , con aquellos amigos que amaban, como Enrique y ella misma, los placeres elevados del espíritu. Y también, porqué no, los deliciosos “frutos de sartén”, pestiños, almojábanas, torrijas... que preparaba la Sinfo, aquella dulce y callada sirvienta que trajeron del pueblo, como era frecuente entre las familias acomodadas en la época de su juventud, servidos con unas "místicas" mistelas elaboradas por los monjes de San Baudilio.
Amigos que, como los días y los años, empezaron a faltar en un goteo constante. Los que iban quedando sabían el motivo. Nunca fue la desgana, ni los alejamientos por amistades rotas. Todos sabían las crueles razones, pero apenas si las susurraban en apartes, entre pieza y pieza desgranada en el viejo piano; aquellas ausencias hacían daño, aún en las esclerotizadas sensibilidades de aquellas gentes sensibles. Ahora, en los momentos en los que la nostalgia de aquellos viejo tiempos recubría como con una pátina dorada las figuras de las que ya no están, una luz tibia, dorada y difusa, corporeizaba aquellas añoradas ausencias. No, Enrique no. Él nunca me dejará sola. Su foto, descolorida, enmarcada con un refinado marco de plata vieja, era uno de los pocos objetos que desde el veladorcito cubierto con un primoroso tapete de ganchillo -aquellos primores artesanos que salían de sus manos antes de que la artrosis... La foto de Enrique, tan elegante, los lentes de ver de cerca, una jarrita de agua cubierta con un paño a juego del tapete, un ajado libro de poemas, abierto siempre por la misma página, eran su compañía en aquellas horas de interminable soledad. "¿Cuando regresarás, Enrique? Me gustaría tanto volver a la Granja Paquita, aquellos helados, aquellos churros calentitos, contigo..."
Doña Lorenza sintió un escalofrío recorrer su menudo cuerpo. Se arrebujó en la vieja toquilla y extendió sobre sus rodillas la tibia manta de viaje que un día le regaló Enrique; la trajo desde Austria (eso me dijo, aunque ¿a qué tuvo él que ir a Austria?) El tibio sol de finales de verano, por lo avanzado de la hora vespertina, no lograba ya
templar la estancia. A ver si llegaba pronto la asistenta social que le enviaba el Ayuntamiento para... para comprobar que aún seguía viva, porque para otra cosa...
Sintió como una punzada en su costado. No debiera pensar mal de quienes trataban de ayudarla. No era ni mucho menos religiosa, pero sí había recibido una educación en el respeto a los demás, sin distinción de clases. Pues aquella joven voluntaria se encargaba durante tres horas al día de mantener la casa en orden (al menos la zona habitada, pues muchas dependencias estaban cerradas por falta de uso), ayudarla en su aseo personal, preparar las frugales comidas y darle algo de conversación. Vamos, igual que la Sinfo, pero (así lo veía ella) con la fría profesionalidad y distancia de una empleada municipal.
Oyó cómo se abría la puerta de entrada. Los pasos de quien había entrado resonaron quedos en el pasillo. Pero junto a los conocidos y leves pasos de Inmaculada, la asistenta, oyó otros más pesados, como de hombre. La puerta vidriera del salón se abrió violentamente: “Ahí la tienes, Juan. Esa es la vieja avara. Acabemos ya. Un solo golpe será suficiente, procura que no alborote.”
Doña Lorenza sonrió con dulzura y fijó su mirada en el parque vecino, ya casi en penumbra. “Ya has llegado, Enrique. ¿Porqué has tardado tanto? Ya no volverás a dejarme sola, ¿verdad? Anda, léeme otro de esos poemas que tanto me gustan...”. Las primeras estrellas comenzaban a brillar en un cielo que Doña Lorenza encontró hoy familiar, casi hogareño.
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