Marla
Poeta fiel al portal
Mira a través de la botella el mundo, amor.
Su sangre líquida alimenta un blando limbo sobre el que columpiar
la decepción.
Tratemos de olvidar
el vomitivo gris que nos carcome a diario.
¿Por qué me hablas como a un extraño? di,
¿Por qué me desprecia el animal que tiembla
en tu mirada?
Soy yo, el mismo de siempre, el mismo
al que hace casi medio siglo juraste amor eterno;
tal vez un cobarde o un loco;
una víctima indefensa de este puto
sistema.
Abel en un cuerpo de Caín,
que entierra sus fantasmas
en humo y whisky.
El torvo gesto de tus labios
me declara culpable.
Recuerdo apenas un beso arrebatado, un grito oscuro;
tu cuerpo temblando en medio
de la habitación;
unos ojos clavados en mis pupilas, como un puñal
de rabia,
y me enfurezco...y te siento como el frágil monstruo
que debe expiar mis tormentos,
mis fracasos;
el animal herido al que desprecio
a ratos,
el mismo que me culpa sin palabras de haber enterrado
la inocencia
trago a trago.
Y sé que desearías abandonarme
para siempre, como a un perro,
sobre la frágil noche de mi vida.
Desearías, incluso, ser la viuda de Caín.
Escucha,
mañana todo acabará, te lo prometo.
Ahora, vete,
deja de señalarme con tu cárdeno silencio.
Te quiero tanto, tanto...
Su sangre líquida alimenta un blando limbo sobre el que columpiar
la decepción.
Tratemos de olvidar
el vomitivo gris que nos carcome a diario.
¿Por qué me hablas como a un extraño? di,
¿Por qué me desprecia el animal que tiembla
en tu mirada?
Soy yo, el mismo de siempre, el mismo
al que hace casi medio siglo juraste amor eterno;
tal vez un cobarde o un loco;
una víctima indefensa de este puto
sistema.
Abel en un cuerpo de Caín,
que entierra sus fantasmas
en humo y whisky.
El torvo gesto de tus labios
me declara culpable.
Recuerdo apenas un beso arrebatado, un grito oscuro;
tu cuerpo temblando en medio
de la habitación;
unos ojos clavados en mis pupilas, como un puñal
de rabia,
y me enfurezco...y te siento como el frágil monstruo
que debe expiar mis tormentos,
mis fracasos;
el animal herido al que desprecio
a ratos,
el mismo que me culpa sin palabras de haber enterrado
la inocencia
trago a trago.
Y sé que desearías abandonarme
para siempre, como a un perro,
sobre la frágil noche de mi vida.
Desearías, incluso, ser la viuda de Caín.
Escucha,
mañana todo acabará, te lo prometo.
Ahora, vete,
deja de señalarme con tu cárdeno silencio.
Te quiero tanto, tanto...