Laberinto de existencia

FanÁngel

Poeta recién llegado
He empezado el día con el triste
alarido de mi corazón.
La mañana se ha vestido de tisú
y el huerto huele a manzanas podridas.
El camino hacia el pueblo
serpea por nubes de espíritu
de muerte lenta; los lechos
de los ríos de tinta negra del embarcadero
rezuman la espuma que vomitan
las gaviotas rosas en el olvido
de las cosas. No es el dolor ni el
alarido lo que me espanta;
es el negro conjurar de las cosas
en su conjunto, que manan sangre
cuando viene el loco y lloran lumbre
cuando la cordura se exhala por el aliento
del manicomio del desembarcadero.
Muchas veces, en mi camino hacia el pueblo,
me he perdido en el laberinto de las cosas
en su conjunto; y luego, al llegar a puerto,
os juro que no me he hallado. Es como estar
suspendido en una pompa de jabón, donde
el arbitrio del viento me empuja a cualquier parte.
No hallo el sendero; no encuentro la salida
a este laberinto donde las luciérnagas
te guían hacia una oscuridad sonora,
donde el aleteo de sus alas ondula
por las brechas del silencio.
No me hallo.
No encuentro el sendero.
Sigo perdido en mi burbuja de jabón,
escalonando el cielo como un submarino
perdido en las profundidades de un
mar sin fondo ni luces abisales.
No hallo la luz; pero algún día,
espero, volveré a ver el cielo
y las estrellas, y oleré de nuevo
el huerto que huele a manzanas podridas,
y hallaré el camino que serpea por nubes
de muerte lenta y veré la tinta negra de los
lechos de los ríos en el embarcadero, donde
las gaviotas rosas vomitan la espuma en el
olvido de las cosas.
Y volveré a mi laberinto
en un círculo vicioso.
El laberinto de la existencia
del que, cuando se sale,
te conviertes en nada.
 
He empezado el día con el triste
alarido de mi corazón.
La mañana se ha vestido de tisú
y el huerto huele a manzanas podridas.
El camino hacia el pueblo
serpea por nubes de espíritu
de muerte lenta; los lechos
de los ríos de tinta negra del embarcadero
rezuman la espuma que vomitan
las gaviotas rosas en el olvido
de las cosas. No es el dolor ni el
alarido lo que me espanta;
es el negro conjurar de las cosas
en su conjunto, que manan sangre
cuando viene el loco y lloran lumbre
cuando la cordura se exhala por el aliento
del manicomio del desembarcadero.
Muchas veces, en mi camino hacia el pueblo,
me he perdido en el laberinto de las cosas
en su conjunto; y luego, al llegar a puerto,
os juro que no me he hallado. Es como estar
suspendido en una pompa de jabón, donde
el arbitrio del viento me empuja a cualquier parte.
No hallo el sendero; no encuentro la salida
a este laberinto donde las luciérnagas
te guían hacia una oscuridad sonora,
donde el aleteo de sus alas ondula
por las brechas del silencio.
No me hallo.
No encuentro el sendero.
Sigo perdido en mi burbuja de jabón,
escalonando el cielo como un submarino
perdido en las profundidades de un
mar sin fondo ni luces abisales.
No hallo la luz; pero algún día,
espero, volveré a ver el cielo
y las estrellas, y oleré de nuevo
el huerto que huele a manzanas podridas,
y hallaré el camino que serpea por nubes
de muerte lenta y veré la tinta negra de los
lechos de los ríos en el embarcadero, donde
las gaviotas rosas vomitan la espuma en el
olvido de las cosas.
Y volveré a mi laberinto
en un círculo vicioso.
El laberinto de la existencia
del que, cuando se sale,
te conviertes en nada.
Una profunda y melancólica reflexión.
La salida del laberinto existencial, si es que existe, conduce a la aniquilación o la nada.

Saludos
 
Una profunda y melancólica reflexión.
La salida del laberinto existencial, si es que existe, conduce a la aniquilación o la nada.

Saludos
Agradezco mucho tu certero comentario, Alde. Precisamente esa dualidad entre el bucle eterno y la nada definitiva es el núcleo de este laberinto en el que todos estamos inmersos. Un honor contar con tu valiosa lectura. Un saludo
 
He empezado el día con el triste
alarido de mi corazón.
La mañana se ha vestido de tisú
y el huerto huele a manzanas podridas.
El camino hacia el pueblo
serpea por nubes de espíritu
de muerte lenta; los lechos
de los ríos de tinta negra del embarcadero
rezuman la espuma que vomitan
las gaviotas rosas en el olvido
de las cosas. No es el dolor ni el
alarido lo que me espanta;
es el negro conjurar de las cosas
en su conjunto, que manan sangre
cuando viene el loco y lloran lumbre
cuando la cordura se exhala por el aliento
del manicomio del desembarcadero.
Muchas veces, en mi camino hacia el pueblo,
me he perdido en el laberinto de las cosas
en su conjunto; y luego, al llegar a puerto,
os juro que no me he hallado. Es como estar
suspendido en una pompa de jabón, donde
el arbitrio del viento me empuja a cualquier parte.
No hallo el sendero; no encuentro la salida
a este laberinto donde las luciérnagas
te guían hacia una oscuridad sonora,
donde el aleteo de sus alas ondula
por las brechas del silencio.
No me hallo.
No encuentro el sendero.
Sigo perdido en mi burbuja de jabón,
escalonando el cielo como un submarino
perdido en las profundidades de un
mar sin fondo ni luces abisales.
No hallo la luz; pero algún día,
espero, volveré a ver el cielo
y las estrellas, y oleré de nuevo
el huerto que huele a manzanas podridas,
y hallaré el camino que serpea por nubes
de muerte lenta y veré la tinta negra de los
lechos de los ríos en el embarcadero, donde
las gaviotas rosas vomitan la espuma en el
olvido de las cosas.
Y volveré a mi laberinto
en un círculo vicioso.
El laberinto de la existencia
del que, cuando se sale,
te conviertes en nada.
Me recuerda a Camus, y como utiliza el mito de Sisifo en su teoría del absurdo, él sostenía que nuestra vida es igual de repetitiva e inútil, pero que el ser humano encuentra su libertad y felicidad al aceptar ese esfuerzo sin sentido, rebelándose contra el absurdo.
Un gusto pasar.
Un saludo.
 
Muchas gracias por pasar y dejar tu valioso comentario, José. Esa repetición consciente a la que aludes es nuestra particular forma de rebeldía, sin duda. Un placer tu visita. Un saludo
 

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