Évano
Libre, sin dioses.
Incendia la tarde tejados
y desparrama las casas en sombras
que forman esquinas insólitas
y siluetas deambulando alquitranes.
La brisa yace muerta en la tierra.
El viento hace tiempo marchó
con maletas del aire de mañana,
dejando piedras, odio y amor.
Los ojos de silencio en las calles,
en cada hueco que mira lo oscuro
y en los ecos de la pared de la memoria.
Huele a cenizas, a viejo que perece,
a moribunda flor que reseca
en los albores de lo ancestro;
a maullar escondido en malezas,
a ladridos que vienen de lejos;
a muerte que llega tranquila
arrastrando la guadaña por suelos
ante la vista impasible del ojo del recuerdo.
El manto inevitable del otoño
abarca y encierra a toda adolescencia
en cada rincón de una tierra que perece
con fantasmas que crecen entre pasos
que avanzan hacia la noche sin final.
y desparrama las casas en sombras
que forman esquinas insólitas
y siluetas deambulando alquitranes.
La brisa yace muerta en la tierra.
El viento hace tiempo marchó
con maletas del aire de mañana,
dejando piedras, odio y amor.
Los ojos de silencio en las calles,
en cada hueco que mira lo oscuro
y en los ecos de la pared de la memoria.
Huele a cenizas, a viejo que perece,
a moribunda flor que reseca
en los albores de lo ancestro;
a maullar escondido en malezas,
a ladridos que vienen de lejos;
a muerte que llega tranquila
arrastrando la guadaña por suelos
ante la vista impasible del ojo del recuerdo.
El manto inevitable del otoño
abarca y encierra a toda adolescencia
en cada rincón de una tierra que perece
con fantasmas que crecen entre pasos
que avanzan hacia la noche sin final.