Cecilya
Cecy
El director observa a Mauricio Saldívar con un gesto adusto y disconforme.
Teme que su actor estrella, su elegido con base en una trayectoria impecable, no esté a la altura de semejante rol.
El día del estreno para la prensa y los críticos especializados también estará presente el autor de la novela en la que se basa la obra que él mismo adaptó para el formato teatral.
La presión es mucha, es intensa, y algo falta, no entiende bien qué sucede exactamente, no comprende por qué las emociones del personaje se quedan en una mera declamación de técnica y oficio, sin que pueda comunicar ese fuego sagrado, esa esencia desprotegida y perturbadora que conlleva una creación autoral de esas características.
Siente que tanto esfuerzo fue improductivo, que la apuesta es muy alta, que a Mauricio pareciera que no le interesa el reto, que no logra dimensionar la importancia de representar ese papel.
Vuelve a marcarle los tonos de voz, los matices, la postura corporal, pero sabe que es demasiado tarde para confrontarlo o entablar una pelea a los gritos que derive en un portazo de furia y altere la calma sagrada que ante todo se tiene que mantener.
La primera función a puertas cerradas ya es un acuerdo inamovible, y las localidades vendidas frenan toda posible idea de cambios a último momento.
Se juega demasiado, se juegan concretamente su nombre y su ego, y el director no quiere perder, no está dispuesto a perder.
Una oscura idea, tan oscura como experimental, un último recurso de desesperación, lo infecta de ánimos. Y ante ese concepto antipático de perdido por perdido, todo intento se transforma en materia de lo posible. En el fin que justificará los medios, y entonces piensa en Rebeca Balmaceda, la debilidad de Mauricio Saldívar.
Su compañera le gusta, sabe que es una cuestión fuerte, conoce de sensaciones, lo nota cuando lo observa en las escenas que comparten, y es lógico, porque se trata de una mujer que posee la belleza oscura de la intriga y el enigma a develar, aunque muestre tonos de ángel y maneras de profesora de protocolo. Rebeca encarna el deseo, el interés por lo desconocido, la sensibilidad creativa fluyendo desde un abismo profundo donde Mauricio ansiaría arrojarse.
Y ella tampoco soportaría una crítica lapidaria para un trabajo pulcro y profesional por culpa del eslabón débil en una cadena. Sabe bien que si falla la cabeza fallará por lógica todo el elenco y que nadie desea quedar pegado a un fracaso.
Por eso el director la contacta, crea un entorno de complicidad, un mundo intimista de té para dos en el camarín desierto del teatro, le habla del desgano inexplicable de Mauricio, se explaya acerca del interés que claramente tiene en ella, y le pide una locura, un desesperado favor intuyendo que la dama de los modos dóciles, guarda la misma ambición de laureles que él.
Le pide concretamente que haga lo que sabe, que actúe, que lo haga también debajo del escenario, y que con esa performance, se asegure de salvar el prestigio de la compañía.
Le pide que movilice las emociones limitadas de Mauricio para que su personaje despierte y se manifieste en todo su esplendor.
Rebeca asiente, acepta, sonríe con los labios húmedos y dulces del último sorbo de té, y una expresión encantadora y maligna se asoma a sus ojos de ángel bueno.
Al día siguiente hace lo que sabe, actuar.
Mauricio ensaya de nuevo su rutina, sus líneas que excluyen al corazón, su palabrería sin cuerpo ni sangre, cuando ve, desde el escenario, a Rebeca sentándose junto al director que de inmediato busca y encuentra su boca. Literalmente, los ve devorándose frente a él, luego sonreír, ofrecerle disculpas, y pedirle que por favor prosiga, mientras se toman de las manos, como si se tratara de una función privada para dos amantes.
Entonces se produce en Mauricio un cambio estructural, un temblor interno, se siente tan vulnerable, tan profundamente impactado como el personaje del libro, y por fin lo aborda, empatiza con su dolor, lo experimenta en la piel,lo vive.
La crítica alaba las lágrimas de fuego, como bautizan a su parlamento final, la compañía recibe la puntuación más alta, y Rebeca y el director siguen comiéndose a besos delante de Mauricio, para que cada noche, con el corazón quebrado, haga fluir desde su angustia lo mejor de sí, lo único que tiene, lo único que le queda. Para que la causa brille, para que el público siga aplaudiendo de pie, para que la función pueda continuar.
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Teme que su actor estrella, su elegido con base en una trayectoria impecable, no esté a la altura de semejante rol.
El día del estreno para la prensa y los críticos especializados también estará presente el autor de la novela en la que se basa la obra que él mismo adaptó para el formato teatral.
La presión es mucha, es intensa, y algo falta, no entiende bien qué sucede exactamente, no comprende por qué las emociones del personaje se quedan en una mera declamación de técnica y oficio, sin que pueda comunicar ese fuego sagrado, esa esencia desprotegida y perturbadora que conlleva una creación autoral de esas características.
Siente que tanto esfuerzo fue improductivo, que la apuesta es muy alta, que a Mauricio pareciera que no le interesa el reto, que no logra dimensionar la importancia de representar ese papel.
Vuelve a marcarle los tonos de voz, los matices, la postura corporal, pero sabe que es demasiado tarde para confrontarlo o entablar una pelea a los gritos que derive en un portazo de furia y altere la calma sagrada que ante todo se tiene que mantener.
La primera función a puertas cerradas ya es un acuerdo inamovible, y las localidades vendidas frenan toda posible idea de cambios a último momento.
Se juega demasiado, se juegan concretamente su nombre y su ego, y el director no quiere perder, no está dispuesto a perder.
Una oscura idea, tan oscura como experimental, un último recurso de desesperación, lo infecta de ánimos. Y ante ese concepto antipático de perdido por perdido, todo intento se transforma en materia de lo posible. En el fin que justificará los medios, y entonces piensa en Rebeca Balmaceda, la debilidad de Mauricio Saldívar.
Su compañera le gusta, sabe que es una cuestión fuerte, conoce de sensaciones, lo nota cuando lo observa en las escenas que comparten, y es lógico, porque se trata de una mujer que posee la belleza oscura de la intriga y el enigma a develar, aunque muestre tonos de ángel y maneras de profesora de protocolo. Rebeca encarna el deseo, el interés por lo desconocido, la sensibilidad creativa fluyendo desde un abismo profundo donde Mauricio ansiaría arrojarse.
Y ella tampoco soportaría una crítica lapidaria para un trabajo pulcro y profesional por culpa del eslabón débil en una cadena. Sabe bien que si falla la cabeza fallará por lógica todo el elenco y que nadie desea quedar pegado a un fracaso.
Por eso el director la contacta, crea un entorno de complicidad, un mundo intimista de té para dos en el camarín desierto del teatro, le habla del desgano inexplicable de Mauricio, se explaya acerca del interés que claramente tiene en ella, y le pide una locura, un desesperado favor intuyendo que la dama de los modos dóciles, guarda la misma ambición de laureles que él.
Le pide concretamente que haga lo que sabe, que actúe, que lo haga también debajo del escenario, y que con esa performance, se asegure de salvar el prestigio de la compañía.
Le pide que movilice las emociones limitadas de Mauricio para que su personaje despierte y se manifieste en todo su esplendor.
Rebeca asiente, acepta, sonríe con los labios húmedos y dulces del último sorbo de té, y una expresión encantadora y maligna se asoma a sus ojos de ángel bueno.
Al día siguiente hace lo que sabe, actuar.
Mauricio ensaya de nuevo su rutina, sus líneas que excluyen al corazón, su palabrería sin cuerpo ni sangre, cuando ve, desde el escenario, a Rebeca sentándose junto al director que de inmediato busca y encuentra su boca. Literalmente, los ve devorándose frente a él, luego sonreír, ofrecerle disculpas, y pedirle que por favor prosiga, mientras se toman de las manos, como si se tratara de una función privada para dos amantes.
Entonces se produce en Mauricio un cambio estructural, un temblor interno, se siente tan vulnerable, tan profundamente impactado como el personaje del libro, y por fin lo aborda, empatiza con su dolor, lo experimenta en la piel,lo vive.
La crítica alaba las lágrimas de fuego, como bautizan a su parlamento final, la compañía recibe la puntuación más alta, y Rebeca y el director siguen comiéndose a besos delante de Mauricio, para que cada noche, con el corazón quebrado, haga fluir desde su angustia lo mejor de sí, lo único que tiene, lo único que le queda. Para que la causa brille, para que el público siga aplaudiendo de pie, para que la función pueda continuar.
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