Osidiria
Poeta asiduo al portal
La lluvia golpeaba el cristal de la ventana con fuerza,
el frío se arremolinaba fuera pero el calor de la chimenea
mantenía al invierno de tal manera a raya que éste no se atrevía a entrar,
los libros guardaban un respetuosos silencio en las estanterías
permitiéndole pensar, pensar en aquella mujer y cuánto deseaba
que estuviera allí con él rellenando todos los espacios vacíos que le rodeaban,
pero aquel camino que había elegido llevaba directamente al olvido
y estaba decidido a recorrerlo hasta el final.
Hubo un tiempo en el que todos los días eran domingo y la rutina y mediocridad
siempre estaban en otro sitio, lejos de su mundo,
con ella nunca necesito el sol para ver ni la tierra para caminar,
todo flotaba a su alrededor como pompas de jabón,
pero ahora los instantes pesaban como el plomo
y las manecillas del reloj se clavaban en el aire haciéndole difícil respirar.
Hasta la eternidad tiene las horas contadas cuando se vive una historia del amor,
los demonios del caos no tarda en acudir cuando olfatean la felicidad
su obligación es compensar aquel error, para esos están,
y clavan sus alfileres de vudú en los corazones
sembrando en ellos la semilla de la discordia.
Y allí estaban ahora,
empapando de melancolía el cristal de la ventana de su habitación,
amputándole las manos para que pudiera acariciar una piel de mujer,
arrancándole la voz para que nunca más pudiera cantarle al amor.
el frío se arremolinaba fuera pero el calor de la chimenea
mantenía al invierno de tal manera a raya que éste no se atrevía a entrar,
los libros guardaban un respetuosos silencio en las estanterías
permitiéndole pensar, pensar en aquella mujer y cuánto deseaba
que estuviera allí con él rellenando todos los espacios vacíos que le rodeaban,
pero aquel camino que había elegido llevaba directamente al olvido
y estaba decidido a recorrerlo hasta el final.
Hubo un tiempo en el que todos los días eran domingo y la rutina y mediocridad
siempre estaban en otro sitio, lejos de su mundo,
con ella nunca necesito el sol para ver ni la tierra para caminar,
todo flotaba a su alrededor como pompas de jabón,
pero ahora los instantes pesaban como el plomo
y las manecillas del reloj se clavaban en el aire haciéndole difícil respirar.
Hasta la eternidad tiene las horas contadas cuando se vive una historia del amor,
los demonios del caos no tarda en acudir cuando olfatean la felicidad
su obligación es compensar aquel error, para esos están,
y clavan sus alfileres de vudú en los corazones
sembrando en ellos la semilla de la discordia.
Y allí estaban ahora,
empapando de melancolía el cristal de la ventana de su habitación,
amputándole las manos para que pudiera acariciar una piel de mujer,
arrancándole la voz para que nunca más pudiera cantarle al amor.