Aquel hombre pasaba horas y horas mirando por la ventana, una ventana con vistas a un gran parque que había justo enfrente de su bloque de apartamentos. Damián miraba a la gente, la observaba; miraba cómo los niños jugaban, recordando su época de juventud, recordando aquel reino de fantasía; se fijaba en las parejas de enamorados, viéndose atrapado por una gran nostalgia, nostalgia de aquellos días en los que él también fue un enamorado. Pero de eso ya hacía muchos años; el amor ya no era para él, ya demasiado tarde; se había convertido en una persona triste y solitaria. El amor era ya cosa del pasado. Y seguía mirando.
Desde que se había mudado a aquel apartamento, sólo hacía eso, mirar, mirar por la ventana, mirar la vida con nostalgia. Era todo lo que le quedaba, era su único destino. Justo el mismo destino que el de Encarna, su vecina del piso de abajo.
Encarna pasaba horas y horas mirando por su ventana, al igual que Damián. Eran como dos gotas de agua, pero ninguno sabía de la existencia del otro; se habían negado a ello.
¡Qué curiosa es la vida! Allí estaban los dos, asomados a sus ventanas, sintiendo lo mismo, deseando lo mismo, negándose los dos a cualquier posibilidad que la vida les pudiera ofrecer...
Gracias a una de esas casualidades de la vida el cartero un día se equivocó de buzón, dejando una carta de Encarna en el buzón de Damián, obligando a éste a visitar la casa de su vecina, y permitiendo que estas almas gemelas se pudieran encontrar.
Hoy aún disfrutan mirando por la ventana los dos, pero hoy lo hacen desde la misma ventana.
Desde que se había mudado a aquel apartamento, sólo hacía eso, mirar, mirar por la ventana, mirar la vida con nostalgia. Era todo lo que le quedaba, era su único destino. Justo el mismo destino que el de Encarna, su vecina del piso de abajo.
Encarna pasaba horas y horas mirando por su ventana, al igual que Damián. Eran como dos gotas de agua, pero ninguno sabía de la existencia del otro; se habían negado a ello.
¡Qué curiosa es la vida! Allí estaban los dos, asomados a sus ventanas, sintiendo lo mismo, deseando lo mismo, negándose los dos a cualquier posibilidad que la vida les pudiera ofrecer...
Gracias a una de esas casualidades de la vida el cartero un día se equivocó de buzón, dejando una carta de Encarna en el buzón de Damián, obligando a éste a visitar la casa de su vecina, y permitiendo que estas almas gemelas se pudieran encontrar.
Hoy aún disfrutan mirando por la ventana los dos, pero hoy lo hacen desde la misma ventana.