A mis pies la gata duerme.
La mayor rosa de la luz
hace a la tarde calida.
El ruido pasa casi mudo
rodeando mi butaca,
quedándose a mi lado
como la gata.
Ningún atardecer es igual en la casa,
pero todos tienen dentro
un pequeño monstruo que se come
casi todo el murmullo de las palabras.
Deambula despacio entre los muebles
el tic-tac del reloj,
se arrastra indiscreto un rayo de sol,
a los pies de la sillas
y las sombras azules
se pegan al suelo
invadiéndolo como una riada.
Parpadean mis ojos
tragándose la luz de la calle,
volando por las fachadas,
posándose despacio en los balcones
donde anidan las plantas.
Sonríen las hojas
a las nubes estáticas
mientras las horas rojas
se bañan en la playa.
La mayor rosa de la luz
hace a la tarde calida.
El ruido pasa casi mudo
rodeando mi butaca,
quedándose a mi lado
como la gata.
Ningún atardecer es igual en la casa,
pero todos tienen dentro
un pequeño monstruo que se come
casi todo el murmullo de las palabras.
Deambula despacio entre los muebles
el tic-tac del reloj,
se arrastra indiscreto un rayo de sol,
a los pies de la sillas
y las sombras azules
se pegan al suelo
invadiéndolo como una riada.
Parpadean mis ojos
tragándose la luz de la calle,
volando por las fachadas,
posándose despacio en los balcones
donde anidan las plantas.
Sonríen las hojas
a las nubes estáticas
mientras las horas rojas
se bañan en la playa.