Latiendo un poema leve.

Engel

SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA

Existe una llave al sur, justo al sur de todos mis poemas, un reloj salvaje en la estantería de los recuerdos y unos zapatos con ritmo de distancia en el rincón de la soledad. En la parte más al sur de la esquina de escribir ante mí, está la piel de mis historias y la sed de recorrerlas.
Necesito esas palabras a flor de piel que dictan las cosquillas en el ombligo y esa luz que hace que mis dedos crezcan, esa luz con la que aprendo a bajar la mirada para comprobar este vacío en que apoyo mis pies.
Cómo me cuesta aprender a ver las cosas que cuelgan del tiempo, no parecen estar a punto de marcharse y a la hora de la verdad son definitivas. Queda el poema por si acaso estás en un lugar que no es lugar, queda el poema como un tiempo que no es tiempo, llevándome a lugares de donde ya no vuelvo.
Tiempo que cae sobre el musgo, como un rayo de luz que atraviesa la niebla y al pie de los matorrales deja un claror donde tiembla el misterio. Desde esa levedad me despierto del letargo y quizás quiera seguir cargando con la espesa melancolía que hace muchas madrugadas me otorgó cada latido de vida.
Medio cuerpo asomado a la vida entera, peinando sombras, tragando el mar, buscando lo infinito en el paladar de otras bocas. Pero estoy naufragando entre asfalto y aún quedan sentimientos por contar.
La levedad al correr de las horas camina muy despacio y en cada verso se silencia porque no encuentra a nadie que responda. Queda el poema como olvidado, después de haber endulzado la tarde, frágil como un regalo escondido. Queda el poema por si acaso todo es verdad ¿verdad?
 

Existe una llave al sur, justo al sur de todos mis poemas, un reloj salvaje en la estantería de los recuerdos y unos zapatos con ritmo de distancia en el rincón de la soledad. En la parte más al sur de la esquina de escribir ante mí, está la piel de mis historias y la sed de recorrerlas.
Necesito esas palabras a flor de piel que dictan las cosquillas en el ombligo y esa luz que hace que mis dedos crezcan, esa luz con la que aprendo a bajar la mirada para comprobar este vacío en que apoyo mis pies.
Cómo me cuesta aprender a ver las cosas que cuelgan del tiempo, no parecen estar a punto de marcharse y a la hora de la verdad son definitivas. Queda el poema por si acaso estás en un lugar que no es lugar, queda el poema como un tiempo que no es tiempo, llevándome a lugares de donde ya no vuelvo.
Tiempo que cae sobre el musgo, como un rayo de luz que atraviesa la niebla y al pie de los matorrales deja un claror donde tiembla el misterio. Desde esa levedad me despierto del letargo y quizás quiera seguir cargando con la espesa melancolía que hace muchas madrugadas me otorgó cada latido de vida.
Medio cuerpo asomado a la vida entera, peinando sombras, tragando el mar, buscando lo infinito en el paladar de otras bocas. Pero estoy naufragando entre asfalto y aún quedan sentimientos por contar.
La levedad al correr de las horas camina muy despacio y en cada verso se silencia porque no encuentra a nadie que responda. Queda el poema como olvidado, después de haber endulzado la tarde, frágil como un regalo escondido. Queda el poema por si acaso todo es verdad ¿verdad?


Sensaciones del paso del tiempo, como si todo cayera en el olvido, sólo un rescatado lo hace florecer pero de nuevo se desvanece. Cada momento, cada poema, cada sentir es único y perdurará.
Sigue endulzando con regalos el alma por esos por si acasos, seguro que son de verdad.

Abrazos compi.

Palmira
 

Existe una llave al sur, justo al sur de todos mis poemas, un reloj salvaje en la estantería de los recuerdos y unos zapatos con ritmo de distancia en el rincón de la soledad. En la parte más al sur de la esquina de escribir ante mí, está la piel de mis historias y la sed de recorrerlas.
Necesito esas palabras a flor de piel que dictan las cosquillas en el ombligo y esa luz que hace que mis dedos crezcan, esa luz con la que aprendo a bajar la mirada para comprobar este vacío en que apoyo mis pies.
Cómo me cuesta aprender a ver las cosas que cuelgan del tiempo, no parecen estar a punto de marcharse y a la hora de la verdad son definitivas. Queda el poema por si acaso estás en un lugar que no es lugar, queda el poema como un tiempo que no es tiempo, llevándome a lugares de donde ya no vuelvo.
Tiempo que cae sobre el musgo, como un rayo de luz que atraviesa la niebla y al pie de los matorrales deja un claror donde tiembla el misterio. Desde esa levedad me despierto del letargo y quizás quiera seguir cargando con la espesa melancolía que hace muchas madrugadas me otorgó cada latido de vida.
Medio cuerpo asomado a la vida entera, peinando sombras, tragando el mar, buscando lo infinito en el paladar de otras bocas. Pero estoy naufragando entre asfalto y aún quedan sentimientos por contar.
La levedad al correr de las horas camina muy despacio y en cada verso se silencia porque no encuentra a nadie que responda. Queda el poema como olvidado, después de haber endulzado la tarde, frágil como un regalo escondido. Queda el poema por si acaso todo es verdad ¿verdad?
Me invade nostalgia al leerte. hemos cambiado porque eso es inevitable. Recuerdo las Ciudades de todas partes
que quedaron como enigmático referente para mi vida literaria, aunque nunca pude escribir ni una leve frase
parecida a la tuya por eso de la esencia ¿sabes?. Nada tan bello como el talento derramado en tu prosa.
Saludos, inolvidable amigo.
 

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