¿Qué es, pues, el amor sino una flecha que, habiendo sido lanzada hacia el lúgubre aire, se devuelve dolorosa impactando en el pecho de su arquero?
¿Es este sentir más que el odio?
¿O es esta infamante presteza menos que el placer?
Habrá, acaso, un hombre al cual el vasto sentir de las innumerables causas del amor no lo haya hecho sufrir de tal manera que diga: "Prefiero mi propia muerte antes que volver a tener que saborear el dulce pero amargísimo trago embriagoso de amar".
Porque el alma, una vez embriagada, vaga ciega por los pasillos de la memoria, intentando sanar un pecho que ya no le pertenece.
Como ranas que, al ver la culebra enemiga, desaparecen, del mismo modo, se desvanecen la alegría y la plenitud al ver llegar la siniestra, hueca y profunda cicatriz que ha dejado el amor cuando no es correspondido.
¿Es este sentir más que el odio?
¿O es esta infamante presteza menos que el placer?
Habrá, acaso, un hombre al cual el vasto sentir de las innumerables causas del amor no lo haya hecho sufrir de tal manera que diga: "Prefiero mi propia muerte antes que volver a tener que saborear el dulce pero amargísimo trago embriagoso de amar".
Porque el alma, una vez embriagada, vaga ciega por los pasillos de la memoria, intentando sanar un pecho que ya no le pertenece.
Como ranas que, al ver la culebra enemiga, desaparecen, del mismo modo, se desvanecen la alegría y la plenitud al ver llegar la siniestra, hueca y profunda cicatriz que ha dejado el amor cuando no es correspondido.