ASTRO_MUERTO
Poeta fiel al portal
LIBERTAD
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......Salió de la cárcel con lo puesto más una caja de fósforos y tres cigarrillos. Encendió uno y caminó atravesando el abundante negror de la noche, buscando acaso, un lugar donde refugiarse. No tenía familia, ni amigos, pero, por primera vez se tenía a él mismo.
Y fue entonces, aconteció mientras caminaba por una larga calle y con algo más de luz, cuando la vio, imponente, con la fachada descuidada y sin signos claros de vida en sus incógnitos rincones, una gran, tremenda casa avejentada que daba la impresión de ser más antigua que la misma patria, que la misma civilización, pero no más antigua que el mismo mundo.
......Imaginó por un momento que entraba en ella, curiosamente ubicada a vista y paciencia de los pocos transeúntes que azotaban sus pisadas por las calles a esas horas. Le pareció extraño que nadie voltease tan sólo la cabeza para atisbarla. ¿Porqué no habrían de mirarla?, era grande, con potencial para cualquier comprador que quisiese restaurarla, devolverle la vida, pero a nadie parecía importarle. Posiblemente el asunto se reducía a que sólo la ignoraban, a que nadie nunca quiso entrar en ella a pesar de que, aparentemente poseía todas las comodidades arquitectónicas, y aquello por el sólo hecho de que nadie, nadie necesita dos casas, nadie necesita dos mundos, pero él estaba cansado y requería urgentemente un lugar donde pasar la fría noche. ¿Sería correcto ingresar bajo aquel techo?, lo pensó, pero el frío se magnificaba considerablemente y en una arriesgada maniobra física saltó aquella pregunta y también la relativamente baja pared que separaba la deteriorada construcción de la realidad. Al parecer, nada había del otro lado, salvo un terrible hedor a carne descompuesta. Supuso que algún perro servía de festín a los gusanos. Sintió la hierba en sus pies como defendiendo el lugar, impidiéndole el paso, pero avanzó con determinación. El hedor a carne pudriéndose se iba haciendo más intenso conforme se acercaba a la puerta principal que alguna vez fuera esplendorosa. Un poste del alumbrado público la iluminaba escasamente. La tocó tres veces, dijo “aló”, gritó. No hubo respuesta. Intentó forzar la puerta, pero nadie dijo “alto” por lo que simplemente insistió hasta que la puerta cedió. Ingresó tanteando la oscuridad. Sólo el silbido del viento era testigo, el mismo que le hacía dificultoso encender los cerillos para poder ver dónde ponía sus pasos al inicio del trayecto. Hacía frío, tenía algo de temor pero recorrió la entraña del inmueble, siempre con cuidado. En el camino, orientado a penas por la luz de los cerillos observó comida tirada por el suelo, macetas de plantas volteadas, hasta fardos de dinero se podían ver por allí tirados de cuando en cuando. Estaba desconcertado. La llama surcando el travesaño diminuto de su último fósforo se extinguía, pero aquella angustia que entrega la oscuridad se disipó cuando descubrió un interruptor. Sintió alivio y sin pensarlo lo accionó con toda la fe depositada en ello. Para su sorpresa, iluminose la casa. El lugar era hermoso, pero estaba sucio y desordenado, atiborrado de basura, a pesar de que estaba repleto de adornos y muebles finos. Había humedad notoria por varias partes. Observó el lugar con detenimiento durante largo tiempo y luego de obtener conclusiones del sitio subió por una escalera, también sucia. Al llegar arriba oyó ruidos. Dirigió la mano hasta donde supuso debería localizarse un interruptor y lo accionó.
– Oye, hermano, eso me hace daño, habíamos olvidado que aquí había luz – se le oyó decir a un muchacho echado en su inmundicia sobre el piso, con tono relajado. Estaba claro, la casa tenía moradores, no sólo uno, eran tres chicos y dos chicas.
– Yo… yo sólo…
– Tú nada, hermano – dijo otro de los muchachos – ¿de qué planeta viniste? Ja, ja, ja.
– Es del planeta de al lado, del planeta donde la gente es rara… – dijo el tercero. Todos rieron al unísono.
– Vengo de su mismo planeta – respondió el intruso, algo nervioso y claramente desconcertado por la alegría manifiesta en los rostros de los aparentes inquilinos.
«¿Por qué estarían alegres? – pensó el invasor – están borrachos, eso es seguro… tal vez drogados… sí, claramente lo están».
......Una de las muchachas comenzó a reírse sin motivo aparente. Lucía una falda y sus piernas estaban sucias. En realidad todos estaban sucios a pesar de que sus vestimentas lucían decentes, bastante normales. Junto a ella había cajas de algún tipo de fármaco, jeringas usadas también se distinguían interrumpiendo el paisaje de botellas de whisky vacías. Evidencia de todo tipo de drogas y vicios se hicieron notorias de un momento a otro ante los ojos del intruso.
– Oye, guapo, ¿cómo te llamas? – dijo la otra muchacha con tono libidinoso.
– Mi nombre es Peter.
– ¿Como Peter Pan? – intervino uno de los chicos. Nuevamente risas exageradas adornaron la acústica del lugar.
– Sí. Peter es mi nombre, como Peter Pan – agregó el intruso, bastante serio. Continuó – y ustedes. ¿Cuáles son sus nombres?
– No tenemos nombres, hermano, somos todos los que habemos y habrán, sólo tenemos amor y paz – dijo otro de los chicos.
– Pero ustedes… están drogados.
– Hermano, la entropía siempre gana, de modo que Carpe Diem, estamos felices. ¿No nos ves la cara?
– Pero por dentro están podridos. – se hizo el silencio. Peter comenzaba a incomodarse pero los presuntos inquilinos no mostraron el menor signo de seriedad en sus rostros en ningún momento, parecían hasta empáticos con él.
– ¿Más que tú?, no, hermano, – contestó el muchacho después de pensar durante un rato y continuó – ni siquiera tienes donde pasar la noche o dónde caerte muerto, lo sé por tu sorpresiva visita. Pero no te espantes, nosotros no tenemos problemas en darte espacio. Esta casa es mía, la heredé de mis padres y también heredé su fortuna. Mejor siéntate a fumar un porro con nosotros y verás lo genial que estamos… Alicia, tráele un caño a nuestro huésped.
– No, no. No necesito esa basura, la dejé hace mucho.
– Pero mírate, hermano, estás todo serio… luces apagado, noto tristeza en tu mirada, apatía.
– Cualquiera lo estaría aquí. Acaso, ¿no ven la inmundicia en la que están viviendo?
– ¿De qué inmundicia hablas? – preguntó el muchacho mientras los otros cuatro asintieron con la cabeza y con toda su curiosidad dispuesta.
– ¿Me preguntas de qué inmundicia hablo?, ¿están ciegos? Tienen muebles y adornos preciosos, plantas que necesitan cuidado. Esta casa es digna de contemplar por su hermosura arquitectónica. Yo vengo saliendo de la cárcel, llevaba años preso en una celda de cuatro por cuatro metros. En las salidas a patio tuve que lidiar con sujetos sin corazón y ustedes que son libres, que tienen una casa amplia, hermosa, con muebles y adornos finos, que se tienen a ustedes entre sí, tienen las paredes sucias, los muebles espantosamente estropeados, manchados, los sofás lucen húmedos, el suelo está sucio hasta con sus propios desechos me imagino, y por si fuera poco, por si esto fuera poco, por si todo esto fuera poco, afuera, el antejardín, está lleno de hierbas y espinas, hasta un animal muerto hay del cual llega el hedor hasta un poco después de la entrada, y a ustedes, parece no importarles. Tienen los pasillos repletos de basura y a ustedes, parece no importarles. Hay comida despilfarrada por todos lados, pisé y advertí pan, cereales, latas, toda clase de comida descomponiéndose mientras llegaba hasta esta sala, hasta dinero había tirado por todas partes, amontonado inútilmente en el suelo, el mismo que pudiera servirle a alguien que realmente lo necesite, pero a ustedes, a ustedes parece no importarles. Será mejor que me vaya.
– Bonito hablar, hermano, pero no podrás irte de aquí, sólo has dicho toda esa verborrea negativa, porque no entiendes, eres demasiado analítico. Deja que fluya, hermano, no podrás sentir la felicidad si no nos acompañas, vive la vida.
– Si esta es la felicidad prefiero irme, porque su felicidad es restringida, una ilusión, un escape a la realidad que siempre es dura, están dormidos, son como zombis, están libres de ir y hacer y no obstante, sus mentes son reclusas, de manera que son presos de sus propias endorfinas y sus cuerpos, sus cuerpos y sus acciones son limitadas por paredes invisibles. Naturalmente ustedes no me entienden. Me voy. Prefiero morir de frío o incluso volver a la cárcel.
......Hubo silencio. Nadie le contestó nada. Simplemente no les importó, dejaron que se fuera.
Antes de marcharse volteó para mirarlos, apagó la luz y las risas de los cinco muchachos comenzaron a oírse e intensificarse, pero se desvanecían conforme se acercaba a la salida. Tras cruzar la puerta y cerrarla echó un vistazo al horizonte. Nada pudo ver. Avanzó entre la hierba que esta vez no le detuvo el paso, continuó simplemente para llegar hasta la muralla que inicialmente había saltado, pero no pudo encontrarla. Y así, recorrió incansablemente el antejardín para hallar el muro, la frontera entre los muertos en vida y la vida real. Días, noches, años, largo tiempo anduvo transitando aquel antejardín y cuando por fin logró ver una pared, se encontró con la desagradable sorpresa de que no era la misma a través de la cual había invadido la propiedad, de que sólo se encontraba al lado opuesto de aquella imponente casa. A través de la ventana volvieron a oírse las risas de los chicos, pero en vez de parecer la risa de cinco parecía la risa de millones...
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......Salió de la cárcel con lo puesto más una caja de fósforos y tres cigarrillos. Encendió uno y caminó atravesando el abundante negror de la noche, buscando acaso, un lugar donde refugiarse. No tenía familia, ni amigos, pero, por primera vez se tenía a él mismo.
Y fue entonces, aconteció mientras caminaba por una larga calle y con algo más de luz, cuando la vio, imponente, con la fachada descuidada y sin signos claros de vida en sus incógnitos rincones, una gran, tremenda casa avejentada que daba la impresión de ser más antigua que la misma patria, que la misma civilización, pero no más antigua que el mismo mundo.
......Imaginó por un momento que entraba en ella, curiosamente ubicada a vista y paciencia de los pocos transeúntes que azotaban sus pisadas por las calles a esas horas. Le pareció extraño que nadie voltease tan sólo la cabeza para atisbarla. ¿Porqué no habrían de mirarla?, era grande, con potencial para cualquier comprador que quisiese restaurarla, devolverle la vida, pero a nadie parecía importarle. Posiblemente el asunto se reducía a que sólo la ignoraban, a que nadie nunca quiso entrar en ella a pesar de que, aparentemente poseía todas las comodidades arquitectónicas, y aquello por el sólo hecho de que nadie, nadie necesita dos casas, nadie necesita dos mundos, pero él estaba cansado y requería urgentemente un lugar donde pasar la fría noche. ¿Sería correcto ingresar bajo aquel techo?, lo pensó, pero el frío se magnificaba considerablemente y en una arriesgada maniobra física saltó aquella pregunta y también la relativamente baja pared que separaba la deteriorada construcción de la realidad. Al parecer, nada había del otro lado, salvo un terrible hedor a carne descompuesta. Supuso que algún perro servía de festín a los gusanos. Sintió la hierba en sus pies como defendiendo el lugar, impidiéndole el paso, pero avanzó con determinación. El hedor a carne pudriéndose se iba haciendo más intenso conforme se acercaba a la puerta principal que alguna vez fuera esplendorosa. Un poste del alumbrado público la iluminaba escasamente. La tocó tres veces, dijo “aló”, gritó. No hubo respuesta. Intentó forzar la puerta, pero nadie dijo “alto” por lo que simplemente insistió hasta que la puerta cedió. Ingresó tanteando la oscuridad. Sólo el silbido del viento era testigo, el mismo que le hacía dificultoso encender los cerillos para poder ver dónde ponía sus pasos al inicio del trayecto. Hacía frío, tenía algo de temor pero recorrió la entraña del inmueble, siempre con cuidado. En el camino, orientado a penas por la luz de los cerillos observó comida tirada por el suelo, macetas de plantas volteadas, hasta fardos de dinero se podían ver por allí tirados de cuando en cuando. Estaba desconcertado. La llama surcando el travesaño diminuto de su último fósforo se extinguía, pero aquella angustia que entrega la oscuridad se disipó cuando descubrió un interruptor. Sintió alivio y sin pensarlo lo accionó con toda la fe depositada en ello. Para su sorpresa, iluminose la casa. El lugar era hermoso, pero estaba sucio y desordenado, atiborrado de basura, a pesar de que estaba repleto de adornos y muebles finos. Había humedad notoria por varias partes. Observó el lugar con detenimiento durante largo tiempo y luego de obtener conclusiones del sitio subió por una escalera, también sucia. Al llegar arriba oyó ruidos. Dirigió la mano hasta donde supuso debería localizarse un interruptor y lo accionó.
– Oye, hermano, eso me hace daño, habíamos olvidado que aquí había luz – se le oyó decir a un muchacho echado en su inmundicia sobre el piso, con tono relajado. Estaba claro, la casa tenía moradores, no sólo uno, eran tres chicos y dos chicas.
– Yo… yo sólo…
– Tú nada, hermano – dijo otro de los muchachos – ¿de qué planeta viniste? Ja, ja, ja.
– Es del planeta de al lado, del planeta donde la gente es rara… – dijo el tercero. Todos rieron al unísono.
– Vengo de su mismo planeta – respondió el intruso, algo nervioso y claramente desconcertado por la alegría manifiesta en los rostros de los aparentes inquilinos.
«¿Por qué estarían alegres? – pensó el invasor – están borrachos, eso es seguro… tal vez drogados… sí, claramente lo están».
......Una de las muchachas comenzó a reírse sin motivo aparente. Lucía una falda y sus piernas estaban sucias. En realidad todos estaban sucios a pesar de que sus vestimentas lucían decentes, bastante normales. Junto a ella había cajas de algún tipo de fármaco, jeringas usadas también se distinguían interrumpiendo el paisaje de botellas de whisky vacías. Evidencia de todo tipo de drogas y vicios se hicieron notorias de un momento a otro ante los ojos del intruso.
– Oye, guapo, ¿cómo te llamas? – dijo la otra muchacha con tono libidinoso.
– Mi nombre es Peter.
– ¿Como Peter Pan? – intervino uno de los chicos. Nuevamente risas exageradas adornaron la acústica del lugar.
– Sí. Peter es mi nombre, como Peter Pan – agregó el intruso, bastante serio. Continuó – y ustedes. ¿Cuáles son sus nombres?
– No tenemos nombres, hermano, somos todos los que habemos y habrán, sólo tenemos amor y paz – dijo otro de los chicos.
– Pero ustedes… están drogados.
– Hermano, la entropía siempre gana, de modo que Carpe Diem, estamos felices. ¿No nos ves la cara?
– Pero por dentro están podridos. – se hizo el silencio. Peter comenzaba a incomodarse pero los presuntos inquilinos no mostraron el menor signo de seriedad en sus rostros en ningún momento, parecían hasta empáticos con él.
– ¿Más que tú?, no, hermano, – contestó el muchacho después de pensar durante un rato y continuó – ni siquiera tienes donde pasar la noche o dónde caerte muerto, lo sé por tu sorpresiva visita. Pero no te espantes, nosotros no tenemos problemas en darte espacio. Esta casa es mía, la heredé de mis padres y también heredé su fortuna. Mejor siéntate a fumar un porro con nosotros y verás lo genial que estamos… Alicia, tráele un caño a nuestro huésped.
– No, no. No necesito esa basura, la dejé hace mucho.
– Pero mírate, hermano, estás todo serio… luces apagado, noto tristeza en tu mirada, apatía.
– Cualquiera lo estaría aquí. Acaso, ¿no ven la inmundicia en la que están viviendo?
– ¿De qué inmundicia hablas? – preguntó el muchacho mientras los otros cuatro asintieron con la cabeza y con toda su curiosidad dispuesta.
– ¿Me preguntas de qué inmundicia hablo?, ¿están ciegos? Tienen muebles y adornos preciosos, plantas que necesitan cuidado. Esta casa es digna de contemplar por su hermosura arquitectónica. Yo vengo saliendo de la cárcel, llevaba años preso en una celda de cuatro por cuatro metros. En las salidas a patio tuve que lidiar con sujetos sin corazón y ustedes que son libres, que tienen una casa amplia, hermosa, con muebles y adornos finos, que se tienen a ustedes entre sí, tienen las paredes sucias, los muebles espantosamente estropeados, manchados, los sofás lucen húmedos, el suelo está sucio hasta con sus propios desechos me imagino, y por si fuera poco, por si esto fuera poco, por si todo esto fuera poco, afuera, el antejardín, está lleno de hierbas y espinas, hasta un animal muerto hay del cual llega el hedor hasta un poco después de la entrada, y a ustedes, parece no importarles. Tienen los pasillos repletos de basura y a ustedes, parece no importarles. Hay comida despilfarrada por todos lados, pisé y advertí pan, cereales, latas, toda clase de comida descomponiéndose mientras llegaba hasta esta sala, hasta dinero había tirado por todas partes, amontonado inútilmente en el suelo, el mismo que pudiera servirle a alguien que realmente lo necesite, pero a ustedes, a ustedes parece no importarles. Será mejor que me vaya.
– Bonito hablar, hermano, pero no podrás irte de aquí, sólo has dicho toda esa verborrea negativa, porque no entiendes, eres demasiado analítico. Deja que fluya, hermano, no podrás sentir la felicidad si no nos acompañas, vive la vida.
– Si esta es la felicidad prefiero irme, porque su felicidad es restringida, una ilusión, un escape a la realidad que siempre es dura, están dormidos, son como zombis, están libres de ir y hacer y no obstante, sus mentes son reclusas, de manera que son presos de sus propias endorfinas y sus cuerpos, sus cuerpos y sus acciones son limitadas por paredes invisibles. Naturalmente ustedes no me entienden. Me voy. Prefiero morir de frío o incluso volver a la cárcel.
......Hubo silencio. Nadie le contestó nada. Simplemente no les importó, dejaron que se fuera.
Antes de marcharse volteó para mirarlos, apagó la luz y las risas de los cinco muchachos comenzaron a oírse e intensificarse, pero se desvanecían conforme se acercaba a la salida. Tras cruzar la puerta y cerrarla echó un vistazo al horizonte. Nada pudo ver. Avanzó entre la hierba que esta vez no le detuvo el paso, continuó simplemente para llegar hasta la muralla que inicialmente había saltado, pero no pudo encontrarla. Y así, recorrió incansablemente el antejardín para hallar el muro, la frontera entre los muertos en vida y la vida real. Días, noches, años, largo tiempo anduvo transitando aquel antejardín y cuando por fin logró ver una pared, se encontró con la desagradable sorpresa de que no era la misma a través de la cual había invadido la propiedad, de que sólo se encontraba al lado opuesto de aquella imponente casa. A través de la ventana volvieron a oírse las risas de los chicos, pero en vez de parecer la risa de cinco parecía la risa de millones...
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