José rubiel Amaya Amaya
Poeta asiduo al portal
Hasta el cielo lloraba su partida,
desde el salón de los tristes funerales,
observaba por la estrecha avenida,
corriendo la lluvia por raudales.
Eran ríos de agua conjugados,
con las lágrimas de aquella muchedumbre,
y veíanse los coches empapados,
y opacadas las fuentes de la lumbre.
En el pueblo se desbordo el dolor,
lo mismo que las lomas y montañas;
sus rostros expresaban el pavor,
y algunos cumplieron sus hazañas
La naturaleza causo aquella tragedia,
la enfermedad también hizo lo mismo,
estaba escrito como profecía el día,
que la tristeza me hundiera en el abismo.
Pasó la tempestad, y vino la calma,
después de la tristeza, la alegría,
una nueva esperanza, aquí, en el alma,
y, el radiante sol, de un nuevo día.
desde el salón de los tristes funerales,
observaba por la estrecha avenida,
corriendo la lluvia por raudales.
Eran ríos de agua conjugados,
con las lágrimas de aquella muchedumbre,
y veíanse los coches empapados,
y opacadas las fuentes de la lumbre.
En el pueblo se desbordo el dolor,
lo mismo que las lomas y montañas;
sus rostros expresaban el pavor,
y algunos cumplieron sus hazañas
La naturaleza causo aquella tragedia,
la enfermedad también hizo lo mismo,
estaba escrito como profecía el día,
que la tristeza me hundiera en el abismo.
Pasó la tempestad, y vino la calma,
después de la tristeza, la alegría,
una nueva esperanza, aquí, en el alma,
y, el radiante sol, de un nuevo día.