Mi alma vomita sentimientos de seda;
como hilos salen de su boca,
impregnando el aire de ellos,
y como hilos se enredan
en mi mente,
haciendo una cama ligera y blanda,
tan suave,
que mi corazón late
fuerte y resuelto con su presencia.
Mi cuerpo a veces encarcela a mis sentimientos,
no sé por qué motivo,
no sé con qué intento
se hace carcelero mi cuerpo
de mis pobres sentimientos.
El miedo lo atenaza,
sus barrotes se hacen más rígidos
agarrotando mis músculos
y haciendo de acero,
cada vez más recio,
sus barreras.
Ya no son imaginarias,
son tan reales,
que una tenaza
atrapa mi corazón
dejándolo herido y cansado.
Ya se asusta del esfuerzo,
parándose mis piernas
en las cuestas,
y él, mi corazón,
galopando, asombrado,
como un caballo,
cada vez que un obstáculo,
aunque sea pequeño,
se interpone en su camino
de incansable romero sin destino.
Pero la seda
está en el fondo de mi alma
y lo apacigua
las más de las veces,
tratando de envolverlo.
Sólo tendría que dejarse cubrir
por las olas apacibles
de los amores sinceros
tantas veces vividos,
sin atemorizarse por otros recuerdos,
pero es difícil dejarse llevar
aunque sea por “amores buenos”
para alguien que ha galopado
toda su vida
con las bridas bien sujetas
y firmes las piernas al vientre de la yegua
para que no ceda ni un milímetro
a su fiel instinto
suave y sereno,
y que tan claro tenía
el sendero por el que caminar.
Yo que era jinete
en mala hora dominé a la yegua
que ahora, insegura,
cree perderse en sus sentimientos,
en su instinto,
en su sendero.
Y nada es más cierto
que su caminar era libre,
libre y verdadero,
aunque a veces le pusiera
barrotes,
fuertes y recios,
de acero.
como hilos salen de su boca,
impregnando el aire de ellos,
y como hilos se enredan
en mi mente,
haciendo una cama ligera y blanda,
tan suave,
que mi corazón late
fuerte y resuelto con su presencia.
Mi cuerpo a veces encarcela a mis sentimientos,
no sé por qué motivo,
no sé con qué intento
se hace carcelero mi cuerpo
de mis pobres sentimientos.
El miedo lo atenaza,
sus barrotes se hacen más rígidos
agarrotando mis músculos
y haciendo de acero,
cada vez más recio,
sus barreras.
Ya no son imaginarias,
son tan reales,
que una tenaza
atrapa mi corazón
dejándolo herido y cansado.
Ya se asusta del esfuerzo,
parándose mis piernas
en las cuestas,
y él, mi corazón,
galopando, asombrado,
como un caballo,
cada vez que un obstáculo,
aunque sea pequeño,
se interpone en su camino
de incansable romero sin destino.
Pero la seda
está en el fondo de mi alma
y lo apacigua
las más de las veces,
tratando de envolverlo.
Sólo tendría que dejarse cubrir
por las olas apacibles
de los amores sinceros
tantas veces vividos,
sin atemorizarse por otros recuerdos,
pero es difícil dejarse llevar
aunque sea por “amores buenos”
para alguien que ha galopado
toda su vida
con las bridas bien sujetas
y firmes las piernas al vientre de la yegua
para que no ceda ni un milímetro
a su fiel instinto
suave y sereno,
y que tan claro tenía
el sendero por el que caminar.
Yo que era jinete
en mala hora dominé a la yegua
que ahora, insegura,
cree perderse en sus sentimientos,
en su instinto,
en su sendero.
Y nada es más cierto
que su caminar era libre,
libre y verdadero,
aunque a veces le pusiera
barrotes,
fuertes y recios,
de acero.