Los barrotes

María Baena

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
Mi alma vomita sentimientos de seda;

como hilos salen de su boca,

impregnando el aire de ellos,

y como hilos se enredan

en mi mente,

haciendo una cama ligera y blanda,

tan suave,

que mi corazón late

fuerte y resuelto con su presencia.

Mi cuerpo a veces encarcela a mis sentimientos,

no sé por qué motivo,

no sé con qué intento

se hace carcelero mi cuerpo

de mis pobres sentimientos.

El miedo lo atenaza,

sus barrotes se hacen más rígidos

agarrotando mis músculos

y haciendo de acero,

cada vez más recio,

sus barreras.

Ya no son imaginarias,

son tan reales,

que una tenaza

atrapa mi corazón

dejándolo herido y cansado.

Ya se asusta del esfuerzo,

parándose mis piernas

en las cuestas,

y él, mi corazón,

galopando, asombrado,

como un caballo,

cada vez que un obstáculo,

aunque sea pequeño,

se interpone en su camino

de incansable romero sin destino.

Pero la seda

está en el fondo de mi alma

y lo apacigua

las más de las veces,

tratando de envolverlo.

Sólo tendría que dejarse cubrir

por las olas apacibles

de los amores sinceros

tantas veces vividos,

sin atemorizarse por otros recuerdos,

pero es difícil dejarse llevar

aunque sea por “amores buenos”

para alguien que ha galopado

toda su vida

con las bridas bien sujetas

y firmes las piernas al vientre de la yegua

para que no ceda ni un milímetro

a su fiel instinto

suave y sereno,

y que tan claro tenía

el sendero por el que caminar.

Yo que era jinete

en mala hora dominé a la yegua

que ahora, insegura,

cree perderse en sus sentimientos,

en su instinto,

en su sendero.

Y nada es más cierto

que su caminar era libre,

libre y verdadero,

aunque a veces le pusiera

barrotes,

fuertes y recios,

de acero.
 
Mi alma vomita sentimientos de seda;

como hilos salen de su boca,

impregnando el aire de ellos,

y como hilos se enredan

en mi mente,

haciendo una cama ligera y blanda,

tan suave,

que mi corazón late

fuerte y resuelto con su presencia.

Mi cuerpo a veces encarcela a mis sentimientos,

no sé por qué motivo,

no sé con qué intento

se hace carcelero mi cuerpo

de mis pobres sentimientos.

El miedo lo atenaza,

sus barrotes se hacen más rígidos

agarrotando mis músculos

y haciendo de acero,

cada vez más recio,

sus barreras.

Ya no son imaginarias,

son tan reales,

que una tenaza

atrapa mi corazón

dejándolo herido y cansado.

Ya se asusta del esfuerzo,

parándose mis piernas

en las cuestas,

y él, mi corazón,

galopando, asombrado,

como un caballo,

cada vez que un obstáculo,

aunque sea pequeño,

se interpone en su camino

de incansable romero sin destino.

Pero la seda

está en el fondo de mi alma

y lo apacigua

las más de las veces,

tratando de envolverlo.

Sólo tendría que dejarse cubrir

por las olas apacibles

de los amores sinceros

tantas veces vividos,

sin atemorizarse por otros recuerdos,

pero es difícil dejarse llevar

aunque sea por “amores buenos”

para alguien que ha galopado

toda su vida

con las bridas bien sujetas

y firmes las piernas al vientre de la yegua

para que no ceda ni un milímetro

a su fiel instinto

suave y sereno,

y que tan claro tenía

el sendero por el que caminar.

Yo que era jinete

en mala hora dominé a la yegua

que ahora, insegura,

cree perderse en sus sentimientos,

en su instinto,

en su sendero.

Y nada es más cierto

que su caminar era libre,

libre y verdadero,

aunque a veces le pusiera

barrotes,

fuertes y recios,

de acero.

Extraña sensación la de sentirse preso en su propio cuerpo. Veo ahí un discurso de no aceptación, de inconcordancia entre lo que ves y lo que sientes y, por supuesto; el deseo de liberar al verdadero ser que habita dentro de ti. Saludos cordiales para ti María.
 

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