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Los poemas de Jon Barros- I-Cualquier día de estos
Llevaba un buen tiempo sin salir. Me quedaba en casa emborrachándome a solas, cagándome en la vida y en el mundo, bastante hecho mierda pero con algo de orgullo aún como para tirarme del cuarto piso en el que vivo. Muchas veces, cuando estaba en la ventana fumando, me quedaba mirando el suelo largo rato e imaginaba cómo sería la caída. Primero, desde la perspectiva propia al estar cayendo;
y luego, desde la perspectiva de la ventana, viendo mi cuerpo caer como algo ajeno a mí.
Intentaba imaginar cuál sería la última imagen que verían mis ojos,
o si sería capaz de percibir el sonido del impacto de mi cráneo contra el asfalto antes de que todo se apagara.
También imaginaba la postura en que quedaría mi cuerpo,
la parte de calle que abarcaría mi sangre, las reacciones de la gente
que viese el suceso (sobre todo me gustaba imaginar con detalle el grito de alguna vieja, un grito atroz de un horror nunca antes experimentado), y cosas por el estilo. En fin, ésta era una de las actividades más frecuentes
que realizaba, estando sobrio o no.
Pero empecé a estar un poco hasta los huevos de mí mismo y, además, quería meterla. Hablé con unos tíos con los que solía salir y me invitaron a ir con ellos a una mierda de discoteca,
que no sé si es una mierda o no, pero yo las odio a todas.
Sin embargo, acepté, ya que me vendría bien no beber solo por una noche,
hacer un poco el imbécil, quizá pasármelo bien y con suerte mojar. Así que compré una botella de whisky,
del más barato en el súper debajo de mi casa, y fui pa' allí.
Los otros tres con los que iba solían ir todos los fines de semana y decían cosas como:
“Ya verás, ya verás qué musicón allí”, “Te la vas a gozar”, “A partir de hoy querrás ir todos los fines de semana”, etc. Llegamos y nos pusimos a beber en el parking,
aunque había que hacerlo disimuladamente, ya que únicamente estaba permitido beber
comprando en el bar de la discoteca, sino te podrían echar, o meter un par de buenos guantazos y luego echarte, por no consumir dentro del garito; para controlar esto había un par de seguratas, que medirían dos metros, dando vueltas cada dos por tres por el parking. Todo esto me parecía una puta mierda, lógico, pero una puta mierda. Por lo demás, no se estaba mal allí fuera; empezaba a estar pedo y un amigo de uno de los tíos con los que fui sacó algo de... bueno, tampoco hace falta ser del todo explícito con mis excesos. Mi reclusión voluntaria parecía algo muy lejano,
como si hubiese ocurrido en una vida distinta. La cosa no pintaba mal, pero, al entrar en el garito,
enseguida pude darme cuenta de que aquello no era lo mío.
La música no era del todo mala, pero al cabo de dos canciones todas parecían la misma y, si ya soy un nefasto bailarín,
no estaba dispuesto a hacer el ridículo con aquel ruido
electrónico lineal que hacía retumbar las paredes. Me desprendí de mis acompañantes y di una vuelta por el local. Como he dicho antes, aquello no era lo mío.
La mayoría de tipos que había allí eran unos musculitos engominados
que me miraban altivamente. Supongo que era normal, mis gastados vaqueros y mi pelo que no conoce peine darían el cante al lado de esos tíos tan, tan, tan, tan.... TAN arreglados.
En todo caso, a mí me hacían gracia. Gasté el poco dinero que tenía en la barra, e intenté hablar con alguna chica. Entre gritos, debido a la música, conseguí charlar un rato con una. “Tu culo podría servirme de almohada” , “¿Qué?” “Que mis manos podrían ser amigas de tus tetas”, “¿Cómo dices?” Y así seguimos un buen rato,
hasta que uno de los putos engominados de gimnasio se la llevó y no me quedó otra que anclarme a la barra
y forzar el hígado hasta que nos marcháramos. Al llegar a casa, me fumé el último cigarrillo en la ventana y contemplé una vez más mi sangre decorando el asfalto y escuché una vez más aquel grito de horror.
Llevaba un buen tiempo sin salir. Me quedaba en casa emborrachándome a solas, cagándome en la vida y en el mundo, bastante hecho mierda pero con algo de orgullo aún como para tirarme del cuarto piso en el que vivo. Muchas veces, cuando estaba en la ventana fumando, me quedaba mirando el suelo largo rato e imaginaba cómo sería la caída. Primero, desde la perspectiva propia al estar cayendo; y luego, desde la perspectiva de la ventana, viendo mi cuerpo caer como algo ajeno a mí. Intentaba imaginar cuál sería la última imagen que verían mis ojos, o si sería capaz de percibir el sonido del impacto de mi cráneo contra el asfalto antes de que todo se apagara. También imaginaba la postura en que quedaría mi cuerpo, la parte de calle que abarcaría mi sangre, las reacciones de la gente que viesen el suceso (sobre todo me gustaba imaginar con detalle el grito de alguna vieja, un grito atroz de un horror nunca antes experimentado), y cosas por el estilo. En fin, ésta era una de las actividades más frecuentes que realizaba, estando sobrio o no. Pero empecé a estar un poco hasta los huevos de mí mismo y, además, quería meterla. Hablé con unos tíos con los que solía salir y me invitaron a ir con ellos a una mierda de discoteca, que no sé si es una mierda o no, pero yo las odio a todas. Sin embargo, acepté, ya que me vendría bien no beber solo por una noche, hacer un poco el imbécil, quizá pasármelo bien y con suerte mojar. Así que compré una botella de whisky, del más barato en el súper debajo de mi casa, y fui pa' allí. Los otros tres con los que iba solían ir todos los fines de semana y decían cosas como: “Ya verás, ya verás qué musicón allí”, “Te la vas a gozar”, “A partir de hoy querrás ir todos los fines de semana”, etc. Llegamos y nos pusimos a beber en el parking, aunque había que hacerlo disimuladamente, ya que únicamente estaba permitido beber comprando en el bar de la discoteca, sino te podrían echar, o meter un par de buenos guantazos y luego echarte, por no consumir dentro del garito; para controlar esto había un par de seguratas, que medirían dos metros, dando vueltas cada dos por tres por el parking. Todo esto me parecía una puta mierda, lógico, pero una puta mierda. Por lo demás, no se estaba mal allí fuera; empezaba a estar pedo y un amigo de uno de los tíos con los que fui sacó algo de... bueno, tampoco hace falta ser del todo explícito con mis excesos. Mi reclusión voluntaria parecía algo muy lejano, como si hubiese ocurrido en una vida distinta. La cosa no pintaba mal, pero, al entrar en el garito, enseguida pude darme cuenta de que aquello no era lo mío. La música no era del todo mala, pero al cabo de dos canciones todas parecían la misma y, si ya soy un nefasto bailarín, no estaba dispuesto a hacer el ridículo con aquel ruido electrónico lineal que hacía retumbar las paredes. Me desprendí de mis acompañantes y di una vuelta por el local. Como he dicho antes, aquello no era lo mío. La mayoría de tipos que había allí eran unos musculitos engominados que me miraban altivamente. Supongo que era normal, mis gastados vaqueros y mi pelo que no conoce peine darían el cante al lado de esos tíos tan, tan, tan, tan.... TAN arreglados. En todo caso, a mí me hacían gracia. Gasté el poco dinero que tenía en la barra, e intenté hablar con alguna chica. Entre gritos, debido a la música, conseguí charlar un rato con una. “Tu culo podría servirme de almohada” , “¿Qué?” “Que mis manos podrían ser amigas de tus tetas”, “¿Cómo dices?” Y así seguimos un buen rato, luego uno de los putos engominados de gimnasio se la llevó y no me quedó otra que anclarme a la barra y forzar el hígado hasta que nos marcháramos. Al llegar a casa, me fumé el último cigarrillo en la ventana y contemplé una vez más mi sangre decorando el asfalto y escuché una vez más aquel grito de horror.
Ay ay ay... Vengo suspirando... Pero esta vez, de alivio.
Qué bonito se siente abrir un tema nuevo en este foro y decir... "¡mierda, qué pedazo de realismo!"
No sé si a usted le sale por arte natural, o es de los pocos que ha estudiado bien
el estilo antes de lanzarse... Pero esto no niega que es realismo.
Creo que hasta se me escapa una lágrima de felicidad jaja
Para mí, sinceramente, no hay problema de que parezca prosa, porque grita pertenecer a este foro de principio a fin...
Pero luego, surgen los reproches y acusaciones de discriminación,
porque no logran entender que cuando algo es realismo, que rompa una que otra regla no importa,
pero si no lo es, o las cumple o se va... En fin...
Me encantaría, y te lo pido por favor, tanto para que me evites ataques gratuitos, como
para asegurarme esta obra dentro de este foro, QUE CORTES ESOS VERSOS QUE TE MARQUÉ DE VERDE.
Ósea, tires unas palabras para abajo... No importa que parezca más largo.
Porque mal o bien, los versos realistas son libres y blancos, pero son versos. Son poemas.
Y los poemas llegan hasta 19 sílabas poéticas... Y esos que te marqué ya pasan las 25 sílabas poéticas...
Y como no me gustaría que alguien viniese a chillar de que esto es prosa y no va aquí. Te pido ese favor.
Sólo a esos divídelos en dos ¿puede ser?
Por lo demás... Qué decirte... Siempre he sido y siempre seré sapo de otro pozo.
Paso seguido eso de "este lugar no es para mí"
Y cuando uno siente que no va en ningún lugar, empieza a cuestionar la utilidad de su existencia.