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Los poemas de Jon Barros- II- De una resaca psicológica

Füre

Poeta recién llegado



Los poemas de Jon Barros



De una resaca psicológica


Tenía una resaca de tres pares de cojones.

Me había pasado la noche anterior chupando Larios tirado en el sofá
y viendo películas en la tele— La ventana secreta, El Pianista...
y no sé cual más vi— hasta que me aburrí y puse porno,
pero me quedé dormido enseguida (así de golpeado me dejó el Larios).
Allí seguía, tirado en el sofá como un muñeco roto, cuando me llamó
mi amigo el árabe, Moja. En realidad,
su nombre no se escribe ni se pronuncia asi,
pero no sé cómo hostias se hace, así que yo le llamo “Moja”.
Quería ir a un pueblo de por aquí cerca en el que había unas fiestas.
Éstas eran las típicas a las que ibas cuando tenías trece o catorce años
y habías empezado a beber hacía poco. Ibas al pueblo que fuese,
te ponías azul a vodka y a fumar porros, si también le dabas,
y luego intentabas apretarte a alguna chavalita de tu clase,
o buscabas lío con otro grupo de chavales con los que te llevaras mal.
En esas épocas tenía su gracia, ahora más bien no.
Además, yo estaba jodidísimo y se lo dije a Moja.
“Venga hombre, que la resaca es mental, anímate y vamos” Eso me dijo,
con lo cual no pude sino pensar que mi amigo era subnormal.
La diarrea que estaba gritando por salir de mi culo ¿no era algo físico?
¿Era mental la puta jaqueca que martilleaba mi cerebro?
A la mierda, colgué el teléfono y fui a soltar aquella bestia al baño,
luego me hice unos huevos fritos y los comí con el pan de unos días atrás
mientras veía en la tele la programación repetida de la noche anterior.
Volví a ver la película que me faltaba por mencionar,
pero sigo sin recordar el nombre; eso es porque era una mierda.
Después de zamparme los huevos y el pan duro intenté dormir,
pero no pude y me quedé fumando y mirando al techo
mientras sentía cómo se retorcían mis tripas.
Tampoco pude leer cuando lo intenté. Mandé algunos mensajes
a antiguas amigas en busca de un polvo y tampoco hubo suerte.
Tuve que ir al baño de nuevo y luego volver al sofá porque empecé a marearme.
Ese puto día se había propuesto tocarme los huevos pero bien tocados.
Aunque más que los síntomas físicos, era el hastío lo que me tenía jodido,
así que, ¿qué cojones? Llamé a Moja y salí
con esos putos mareos aún torturándome.
En el pueblo aquel, como era de esperar, lo que abundaban eran chavalillos
de trece y catorce años cieguísimos de alcohol y hierba.
Fuimos directos donde vendían los tragos y empezamos
suave-suave con whisky-redbull.
Moja conocía a un grupito de chicas que iban con él a un curso
de manualidades con cerámica, o no sé qué hostias,
cosa que me hizo bastante gracia y me ayudó a sentirme más animado,
a olvidarme de la jaqueca y a tolerar los mareos.
Me pegué a una de las chicas esas y dejé que me hablase de sus cosas,
a las que yo asentía y sonreía de vez en cuando sin entender una mierda.
Era una especie de hipster, con esas gafas cuadradas tan horribles,
de unos dieciséis o diecisiete, y estaba bastante follable.
Más entrada la noche, cuando yo estaba ya bien ciego y ella también,
le dije para que nos fuéramos a dar una vuelta, lo típico.
Llegamos a un parque que tenía una de esas pequeñas casitas
con un puente o una red para escalar que se hacen para los niños.
Subimos ahí y de la misma le quité los pantalones, me bajé los míos,
le quité las bragas y nos pusimos al tema.
Cuando la tenía encima, moviéndose como loca, toda poseída
por el alcohol y la calentura, comenzó a soplar un viento de la puta hostia.
La imagen de aquella loca, con los pelos al viento,
gritando y botando frenéticamente, era algo de película.
Los mareos se me habían ido no sé a dónde
junto con la jaqueca y los dolores de tripa.
Acabamos, me subí los pantalones y bajé de la casita de niños
ya para irme, pero la hipster seguía allí arriba
buscando sus pantalones y sus bragas.
El puto viento los había volado, las bragas estaban colgando
de la rama de un árbol de unos tres metros de altura, y los pantalones
colgaban de una valla un poco más baja que el árbol
pero igualmente inalcanzable para la tía.
“Mierda, ayúdame a bajar mis bragas”
“Ja! Ja! Ja!”, yo no podía decir otra cosa más que esto.
“¡Ayúdame cabrón, no puedo irme así!”
“Ja! Ja! Ja!”, de nuevo. Aquel no era mi problema,
yo ya tenía lo que quería, además,
eran casi las seis de la mañana y el último tren que iba a mi pueblo
estaba a punto de pasar. “Lo siento, pero tengo que marcharme.
Suerte con las bragas”, tras decirle eso me fui sin vacilar
y escuché a la loca gritándome totalmente desesperada cosas como...
bueno, ya os imaginaréis las cosas que me podría estar gritando.
Llegué a casa aún divertido y pensé en que mi amigo Moja
quizá no fuese tan subnormal como había creído.





 
Última edición:
Bueno, bueno... Parece que te gustó eh! Aunque tiras a realismo sucio.
Qué bueno! Tenemos un nuevo integrante realista,
siempre es lindo ver llegar carne nueva...

Cuidado con el sucio, pues es muy difícil llegar a un punto medio donde no deje de ser interesante
y el exceso de vulgaridad no cause repudio...

No todos somos el Villa o Bukowski jaja

Puedes generar buenos efectos sin tantos tacos... Tenlo en cuenta,
porque he visto eso de que empieza a gustar y pierden el control...

Bienvendido a Realistas.

Saludos
 

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