Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Los poetas beben los viernes porque el amor es demasiado sobrio entre semana. Beben no por sed, sino por esa necesidad absurda de convertir la tristeza en vino, y el vino en verso, y el verso en una mujer que nunca llega. Se embriagan con palabras como otros se embriagan con promesas. Les gusta perder el equilibrio, no de las piernas, sino del alma, esa que les cuelga torpemente entre el pecho y los recuerdos.
Se sirven un trago y lo nombran. No dicen whisky ni vino ni cerveza. Dicen soledad añeja, ausencia destilada, tequila con dos hielos y tu risa disuelta. Y mientras tanto, el cigarro hace piruetas en la boca del olvido. Porque olvidarte es un arte que no dominan, pero intentan, como quien aprende a caminar con los ojos cerrados.
El viernes es el único día que les permite la licencia de llorar sin motivo, de escribirle a un amor que nunca existió o que se fue antes del último poema. Porque los viernes tienen eso, esa cicatriz de lo que casi fue, de lo que se soñó demasiado y se vivió muy poco.
Y entonces amanece el sábado. El sol se filtra como un policía que llega tarde a la escena del crimen. El poeta abre los ojos y no recuerda si escribió o lloró. No recuerda si besó a alguien o si fue el humo quien lo abrazó en la cama. Solo sabe que algo le duele, y no es el cuerpo, es más abajo, donde el diccionario no llega.
Camina entre las sábanas como un sobreviviente de su propio incendio. Va recogiendo frases en el suelo, versos que escribió en servilletas, en la espalda de una mujer, en el margen de un sueño.
Porque el poeta no duerme, se exilia.
Y el sábado amanece sin memoria, pero con resaca de metáforas.
Y vuelve a empezar. Porque siempre hay otro viernes.
Y otra herida con sed.
Se sirven un trago y lo nombran. No dicen whisky ni vino ni cerveza. Dicen soledad añeja, ausencia destilada, tequila con dos hielos y tu risa disuelta. Y mientras tanto, el cigarro hace piruetas en la boca del olvido. Porque olvidarte es un arte que no dominan, pero intentan, como quien aprende a caminar con los ojos cerrados.
El viernes es el único día que les permite la licencia de llorar sin motivo, de escribirle a un amor que nunca existió o que se fue antes del último poema. Porque los viernes tienen eso, esa cicatriz de lo que casi fue, de lo que se soñó demasiado y se vivió muy poco.
Y entonces amanece el sábado. El sol se filtra como un policía que llega tarde a la escena del crimen. El poeta abre los ojos y no recuerda si escribió o lloró. No recuerda si besó a alguien o si fue el humo quien lo abrazó en la cama. Solo sabe que algo le duele, y no es el cuerpo, es más abajo, donde el diccionario no llega.
Camina entre las sábanas como un sobreviviente de su propio incendio. Va recogiendo frases en el suelo, versos que escribió en servilletas, en la espalda de una mujer, en el margen de un sueño.
Porque el poeta no duerme, se exilia.
Y el sábado amanece sin memoria, pero con resaca de metáforas.
Y vuelve a empezar. Porque siempre hay otro viernes.
Y otra herida con sed.