Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Los polvos reverendos
La fiesta mayor del pueblo,
como todos los años,
recorría con sus murgas
las calles y plazas del lugar.
El rincón solitario, cuy eco
entre tiniebla bordeaba la luz
parecía aún más triste
y más amargo.
El contraste,
melancolía dibujada
en las esquinas prostitutas,
rondaba la noche sin fin
buscando la compañía
de algún perro abandonado
y asustado del jolgorio
de una música sin freno.
Un ladrido al que siguió la queja
se perdió entre el oscuro silencio;
llegaba la comparsa por única vez
encabezada por el Cristo,
cuyos varones píos
recitaban chirigotas
provocando a las perdidas
devorar al hito.
Todo fue zumbado
por aguardiente enaltecido;
aquel rincón de sombra
ahora orgía entre la orgía
Hasta el santo, que no hablaba,
con el cirio ya quemándose la mano
apagó la última vela
por si dios los confundía.
De repente oyose un ruido
Era la policía que buscaba a la alegría
y encontró al edil vendiendo,
toda aquella maravilla
de los polvos reverendos.
Se abrió la boca del mendigo
y no teniendo pan el artificio,
sacrifico el laurel como el olivo...
Hijos de puta, -dijo-.
La fiesta mayor del pueblo,
como todos los años,
recorría con sus murgas
las calles y plazas del lugar.
El rincón solitario, cuy eco
entre tiniebla bordeaba la luz
parecía aún más triste
y más amargo.
El contraste,
melancolía dibujada
en las esquinas prostitutas,
rondaba la noche sin fin
buscando la compañía
de algún perro abandonado
y asustado del jolgorio
de una música sin freno.
Un ladrido al que siguió la queja
se perdió entre el oscuro silencio;
llegaba la comparsa por única vez
encabezada por el Cristo,
cuyos varones píos
recitaban chirigotas
provocando a las perdidas
devorar al hito.
Todo fue zumbado
por aguardiente enaltecido;
aquel rincón de sombra
ahora orgía entre la orgía
Hasta el santo, que no hablaba,
con el cirio ya quemándose la mano
apagó la última vela
por si dios los confundía.
De repente oyose un ruido
Era la policía que buscaba a la alegría
y encontró al edil vendiendo,
toda aquella maravilla
de los polvos reverendos.
Se abrió la boca del mendigo
y no teniendo pan el artificio,
sacrifico el laurel como el olivo...
Hijos de puta, -dijo-.