Wilson Carrero
Poeta recién llegado
Bienaventurado el hombre que de Dios reciba el título de portavoz, de veras que el Padre lo ha mirado con ojos de luz infinita y la flor de vida saldrá de sus labios como una hermosa dalia en la mañana. Como rocio de la mañana regará desde las yerbas del suelo hasta la copa de los mas altos pinos. Su luz abrirá caminos en los rincones obscuros del bosque. Lo que no es llegará a ser y los sepulcros entregarán sus muertos.
¡Anda, oh Verbo! Brilla como lucero vespertino sobre la esfera de los hombres, ilumina el rostro del Adán, Carga tu corona de oro y déjala ver para que todos conozcan al rey. ¡Que rebosen las plantas del suelo de alegría! ¡Que se carguen los árboles altos de tu luz! De lo muerto haya vida y de la vida mas tu.
Arroja tu resplandor al abismo obscuro, ¡oh lucero! Has visible el camino. Que se vea la senda recta. En la negrura del bosque no veo el trayecto a seguir, pero tu con tu iluminación me dejas ver las veredas ocultas entre la maleza. ¡Oh sol del divino Padre, cuán aliviantes tus cálidos rayos de sabiduría son a mi corazón! De veras que rebosa mi alma de alivio con el bálsamo de tu sol.
En desierto árido de arenas secas, y polvorosas, moraba mi espíritu sin ver calzada en derredor. Pero de pronto llegó tu refrescante brisa y secó el ardiente sudor de mis ojos dejándome ver el oasis del Edén. Frutos de vida comí en el paraiso del Altísimo. Del fruto venenoso me aparté. Aguas refrescantes de vida en cuatro esquinas me rodeaban. Las sombras de tus altas palmas me cubrieron. Salvo otra vez estoy. Extiendes tu oasis por todo el desierto. Por mi has cortado las ponzoñas de los escorpiones. A las serpientes le has extraido el veneno. Nada podrá dañarme por que tu, oh Yahwe, me has salvado y vigilas ahora por mi y siempre.
¡Anda, oh Verbo! Brilla como lucero vespertino sobre la esfera de los hombres, ilumina el rostro del Adán, Carga tu corona de oro y déjala ver para que todos conozcan al rey. ¡Que rebosen las plantas del suelo de alegría! ¡Que se carguen los árboles altos de tu luz! De lo muerto haya vida y de la vida mas tu.
Arroja tu resplandor al abismo obscuro, ¡oh lucero! Has visible el camino. Que se vea la senda recta. En la negrura del bosque no veo el trayecto a seguir, pero tu con tu iluminación me dejas ver las veredas ocultas entre la maleza. ¡Oh sol del divino Padre, cuán aliviantes tus cálidos rayos de sabiduría son a mi corazón! De veras que rebosa mi alma de alivio con el bálsamo de tu sol.
En desierto árido de arenas secas, y polvorosas, moraba mi espíritu sin ver calzada en derredor. Pero de pronto llegó tu refrescante brisa y secó el ardiente sudor de mis ojos dejándome ver el oasis del Edén. Frutos de vida comí en el paraiso del Altísimo. Del fruto venenoso me aparté. Aguas refrescantes de vida en cuatro esquinas me rodeaban. Las sombras de tus altas palmas me cubrieron. Salvo otra vez estoy. Extiendes tu oasis por todo el desierto. Por mi has cortado las ponzoñas de los escorpiones. A las serpientes le has extraido el veneno. Nada podrá dañarme por que tu, oh Yahwe, me has salvado y vigilas ahora por mi y siempre.
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