Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
No sé cómo invocar a la melancolía
que emerge de los frutos,
esa vulva encintada y bravucona
que aloja su sabor en tus mejillas.
Somos hijos de un mal menor, y exangües
resultan el cortejo y los tumultos,
cuando la sangre encuentra las uniones,
se bifurca lo bello y lo recóndito,
y no nos reconozco, ligazón de pupilas,
oh, estrechez opiácea, de las crucifixiones.
Aprendí del desapacible edén de tus vísceras,
que soflamas mis dogmas,
y del hielo apretado entre mis ojos,
que la lechuza vela, con su ardor vespertino,
las excelsas imágenes del trino.
Aves que son el techo del poema,
saben domar al viento,
y a vuelapluma, incluso algunos versos,
instigan animales que crecen en el musgo,
como si de un estruendo se tratase,
la estampida del cielo,
sucumbe, y se detiene siempre en tus arreboles.
que emerge de los frutos,
esa vulva encintada y bravucona
que aloja su sabor en tus mejillas.
Somos hijos de un mal menor, y exangües
resultan el cortejo y los tumultos,
cuando la sangre encuentra las uniones,
se bifurca lo bello y lo recóndito,
y no nos reconozco, ligazón de pupilas,
oh, estrechez opiácea, de las crucifixiones.
Aprendí del desapacible edén de tus vísceras,
que soflamas mis dogmas,
y del hielo apretado entre mis ojos,
que la lechuza vela, con su ardor vespertino,
las excelsas imágenes del trino.
Aves que son el techo del poema,
saben domar al viento,
y a vuelapluma, incluso algunos versos,
instigan animales que crecen en el musgo,
como si de un estruendo se tratase,
la estampida del cielo,
sucumbe, y se detiene siempre en tus arreboles.