Sale el sol. Las cortinas blancas ondean libres, el aire caliente nos alcanza y despierta con una caricia. Mientras, esos primeros rayos de luz nos iluminan, transforman sus ondulados cabellos en oro, posados sobre las sabanas blancas de mi cama, perfectamente colocados uno por uno hasta formar la telaraña perfecta que me había atrapado y no me dejaba salir. Su cuerpo delgado, desnudo, permanecía curvado e inocente. Con la piel erizada, suave y tostada, me invitaba a establecerme allí, tras haber pasado la noche loco entre sus curvas, perdido, sin querer salir. Abre lentamente sus ojos, puedo ver el mediterráneo en su mirada. Ella no tiene fuerza, es débil e influenciable. Como ese mar que parece un lago, es esa niña que parece una mujer. Mis palabras no cuestiona y a mis costas llega incapaz de mover nada. Tímida, pidiendo permiso y perdón por haberme alcanzado casi por error.
Una mirada, un segundo eterno nos distanciaba, yo soy de océano, siempre lo había sido. Soy de fuerza y energía, de calles sin salida y de casos perdidos. Sin embargo, la luz del mediterráneo la hacía a ella, perfecta, eterna e inmortal.
Una mirada, un segundo eterno nos distanciaba, yo soy de océano, siempre lo había sido. Soy de fuerza y energía, de calles sin salida y de casos perdidos. Sin embargo, la luz del mediterráneo la hacía a ella, perfecta, eterna e inmortal.