Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No eras amor.
Eras la versión restaurada del amor,
como esas estatuas griegas
a las que les falta un brazo
y aun así gobiernan el museo.
Yo lo sabía.
Pero decidí creer en tu anatomía incompleta.
Te fuiste —
o tal vez nunca estuviste—
y lo que duele no es tu ausencia
sino mi vocación de arqueólogo:
excavando ruinas
donde apenas hubo cimientos.
Inventé tu risa con precisión mitológica,
te otorgué virtudes homéricas,
te hice diosa menor
de un Olimpo portátil
que cabía en mi bolsillo.
Qué ridículo resulta ahora
haber confundido el brillo del neón
con la aurora.
No te amé a ti.
Amé la hipótesis.
La ecuación perfecta
que resolvía mis carencias
con tu silueta.
Y sin embargo,
aunque la razón redacte actas notariales
sobre la inexistencia del milagro,
mi sangre insiste
en pronunciar tu nombre
como si fuera una contraseña secreta
capaz de abrir
lo que nunca estuvo cerrado.
Eso es lo terrible:
no llorarte a ti,
sino llorar al personaje
que escribí con tu sombra.
Porque el amor verdadero
tal vez sea un animal doméstico,
pero la ilusión
es un dragón.
Y yo —tan clásico, tan moderno—
preferí quemarme
antes que aceptar
la modesta luz de lo real.
Eras la versión restaurada del amor,
como esas estatuas griegas
a las que les falta un brazo
y aun así gobiernan el museo.
Yo lo sabía.
Pero decidí creer en tu anatomía incompleta.
Te fuiste —
o tal vez nunca estuviste—
y lo que duele no es tu ausencia
sino mi vocación de arqueólogo:
excavando ruinas
donde apenas hubo cimientos.
Inventé tu risa con precisión mitológica,
te otorgué virtudes homéricas,
te hice diosa menor
de un Olimpo portátil
que cabía en mi bolsillo.
Qué ridículo resulta ahora
haber confundido el brillo del neón
con la aurora.
No te amé a ti.
Amé la hipótesis.
La ecuación perfecta
que resolvía mis carencias
con tu silueta.
Y sin embargo,
aunque la razón redacte actas notariales
sobre la inexistencia del milagro,
mi sangre insiste
en pronunciar tu nombre
como si fuera una contraseña secreta
capaz de abrir
lo que nunca estuvo cerrado.
Eso es lo terrible:
no llorarte a ti,
sino llorar al personaje
que escribí con tu sombra.
Porque el amor verdadero
tal vez sea un animal doméstico,
pero la ilusión
es un dragón.
Y yo —tan clásico, tan moderno—
preferí quemarme
antes que aceptar
la modesta luz de lo real.