Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
(prosa lírica al estilo de quien habla claro porque ya lloró suficiente)
Primero:
no finjas que no duele.
Las espinas no se disuelven con orgullo.
Se sienten.
Se reconocen.
Se nombran en voz baja cuando nadie escucha.
Segundo:
deja de culparte por haber amado.
El amor no es el error.
El error es quedarte abrazando lo que te sangra.
Amar nunca fue la espina;
la espina es insistir en lo que ya no florece.
Tercero:
mírate las manos.
Ahí están las pruebas de que intentaste.
De que diste.
De que sostuviste más de lo que debías.
No te avergüences de eso.
Las manos que aman no son débiles,
son humanas.
Cuarto:
no arranques la espina de golpe.
A veces hay que rodearla con paciencia,
respirar hondo,
aceptar que va a doler un poco más antes de sanar.
La sangre que sale también limpia.
Quinto:
perdona.
No por el otro.
Por ti.
Porque guardar rencor es dejar la espina enterrada
como un recuerdo que se niega a cicatrizar.
Sexto:
entiende que el corazón no se rompe para quedarse roto.
Se rompe para aprender su propio tamaño.
Para saber hasta dónde puede amar
sin dejar de ser él mismo.
Y por último:
cuando sientas que ya no arde,
cuando el recuerdo no te apriete el pecho,
cuando puedas decir su nombre sin temblar,
no digas que fue tiempo perdido.
Di que fue una lección que sangró,
pero te enseñó a cuidarte.
Porque quitarse las espinas no te vuelve frío.
Te vuelve sabio.
Y el corazón, aunque tenga cicatrices,
late más limpio
cuando aprende
a no clavarse donde no lo quieren.
Primero:
no finjas que no duele.
Las espinas no se disuelven con orgullo.
Se sienten.
Se reconocen.
Se nombran en voz baja cuando nadie escucha.
Segundo:
deja de culparte por haber amado.
El amor no es el error.
El error es quedarte abrazando lo que te sangra.
Amar nunca fue la espina;
la espina es insistir en lo que ya no florece.
Tercero:
mírate las manos.
Ahí están las pruebas de que intentaste.
De que diste.
De que sostuviste más de lo que debías.
No te avergüences de eso.
Las manos que aman no son débiles,
son humanas.
Cuarto:
no arranques la espina de golpe.
A veces hay que rodearla con paciencia,
respirar hondo,
aceptar que va a doler un poco más antes de sanar.
La sangre que sale también limpia.
Quinto:
perdona.
No por el otro.
Por ti.
Porque guardar rencor es dejar la espina enterrada
como un recuerdo que se niega a cicatrizar.
Sexto:
entiende que el corazón no se rompe para quedarse roto.
Se rompe para aprender su propio tamaño.
Para saber hasta dónde puede amar
sin dejar de ser él mismo.
Y por último:
cuando sientas que ya no arde,
cuando el recuerdo no te apriete el pecho,
cuando puedas decir su nombre sin temblar,
no digas que fue tiempo perdido.
Di que fue una lección que sangró,
pero te enseñó a cuidarte.
Porque quitarse las espinas no te vuelve frío.
Te vuelve sabio.
Y el corazón, aunque tenga cicatrices,
late más limpio
cuando aprende
a no clavarse donde no lo quieren.
Última edición: