Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Primero no la toques.
Mírala como se mira el mar
cuando todavía no sabes si vas a nadar en él.
Las mujeres sienten la mirada
como la tierra siente la primera lluvia.
Después
acércate despacio.
No con prisa de cazador
sino con la calma de quien llega a un jardín
y teme despertar a las flores.
Háblale.
Pero no con palabras pesadas.
Las palabras deben caer
como hojas tibias en otoño.
Dile algo pequeño.
Algo verdadero.
Las mujeres reconocen la verdad
como los pájaros reconocen el amanecer.
Escucha.
Este es el secreto que casi nadie aprende:
una mujer se seduce primero
cuando alguien la escucha
como si su voz fuera un río importante.
Luego sonríe.
No la sonrisa del orgullo,
sino esa que nace
cuando el corazón entiende
que delante de él
hay un misterio hermoso.
Entonces
si el silencio entre ustedes se vuelve suave
como una noche de verano,
acércate un poco más.
No para invadir su mundo
sino para habitar el borde.
Y si ella no se aparta
si su mirada se queda
si el aire entre los dos se vuelve tibio,
entonces sabrás
que la seducción no era un truco.
Era simplemente
dos soledades
reconociéndose
como si siempre
hubieran estado buscándose.
Mírala como se mira el mar
cuando todavía no sabes si vas a nadar en él.
Las mujeres sienten la mirada
como la tierra siente la primera lluvia.
Después
acércate despacio.
No con prisa de cazador
sino con la calma de quien llega a un jardín
y teme despertar a las flores.
Háblale.
Pero no con palabras pesadas.
Las palabras deben caer
como hojas tibias en otoño.
Dile algo pequeño.
Algo verdadero.
Las mujeres reconocen la verdad
como los pájaros reconocen el amanecer.
Escucha.
Este es el secreto que casi nadie aprende:
una mujer se seduce primero
cuando alguien la escucha
como si su voz fuera un río importante.
Luego sonríe.
No la sonrisa del orgullo,
sino esa que nace
cuando el corazón entiende
que delante de él
hay un misterio hermoso.
Entonces
si el silencio entre ustedes se vuelve suave
como una noche de verano,
acércate un poco más.
No para invadir su mundo
sino para habitar el borde.
Y si ella no se aparta
si su mirada se queda
si el aire entre los dos se vuelve tibio,
entonces sabrás
que la seducción no era un truco.
Era simplemente
dos soledades
reconociéndose
como si siempre
hubieran estado buscándose.