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Tema en 'Prosa: Sociopolíticos' comenzado por Pessoa, 31 de Octubre de 2018. Respuestas: 0 | Visitas: 191

  1. Pessoa

    Pessoa Moderador Foros Surrealistas.Miembro del Jurado Miembro del Equipo Moderadores Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    Este es un relato ya antiguo que escribí a raíz de ciertos hechos “sociofiancieros” que ocurrieron no hace mucho. Pero como la memoria es corta y la situación parece volver a las tornas, he creído conveniente recuperarlo para que la Historia y esta historia no se olviden.

    MÁS ARRIBA.

    Con sus ojillos, inteligentes, maliciosos y miopes, tras las gafas fashion, el nuevo director de la sucursal bancaria miraba al matrimonio de jubilados que habían sido llamados por “el banco” para un asunto importante. Clientes desde toda la vida, formales en sus pagos y con una cuenta corriente modesta pero saneada (plazo fijo, un pequeño paquete de acciones del propio banco, etc.) habían confiado y confiaban la administración de sus ahorros al Banco, es decir, a Don Clemente, el que había sido Director de la sucursal durante toda la vida.

    Ahora don Clemente había sido jubilado (¡pero si aún es usted aún muy joven, Don Clemente! ¿cómo es que se jubila? Me jubilan, Casiano, me jubilan. Las cosas están cambiado mucho en el mundo de la Banca.)

    La sucursal, modernizada, con amplios ventanales luminosos sobre la plaza, sin antiestéticos mostradores, llena de colorines y plantas de plástico (se nota por su oscuro y uniforme verdor acusica) estaba en manos de Angel Arturo, un joven simpático y dicharachero llegado desde la capital, elegantemente vestido, siempre de corbata y soportando con estoicismo los rigurosos calores del verano dentro de su terno impecable (claro que la oficina dispone ahora de aire acondicionado; se habían eliminado los familiares ventiladores de techo.)

    Aparentemente las cosas seguían igual; es decir, el aspecto de la gestión y las ventajas de la automatización facilitaban cierto número de gestiones. Ya no era necesario ir a ver a Don Clemente, ahora sería a Angel Arturo para que le adelantasen este mes la pensión. Con la Visa podía retirar pequeñas cantidades, suficientes para los gastos cotidianos. Los recibos los habían tenido que domiciliar (les cobraban una pequeña comisión; nada, céntimos, pero ¿y la comodidad?) aunque a ellos no les importaba ir a pagar la luz y la cuota de la cooperativa cada mes. Pero “los réditos”, los pequeños intereses que el Banco les abonaba por tener guardado su dinero, esos no aumentaban, eran cada vez menores. Y ahora con retenciones fiscales, por lo del IPPF ¿sabes Casiano? Don Clemente y Casiano, ambos de edad parecida, antiguos compañeros en la escuela, ahora uno, tras su educación capìtalina, había llegado a ser “alguien” en el banco de su pueblo; el otro seguía, a pesar de los años y los achaques, cuidando sus campos y ganados, los dos marginados de una sociedad en la que los hombres pasaban a ser cosas. Y cosas apenas aprovechables.

    -Pues usté me dirá Don Arturo, aquí nos tiene.
    -Nada de Don Arturo, Arturo, Casiano, familiaridad ante todo. En el Banco todos somos una gran familia. Les he llamado, esto, verá usté, como le explicaría yo. Tiene usté unos ahorrillos, vamos, que ya los quisiera yo, pues eso que esos dineros no le están rentando nada. Los tiene prácticamente muertos. Y el Banco, siempre pensando en remunerar mejor a sus mejores clientes ha sacado al mercado un producto novedoso, excepcional. Nada de vajillas o cuberterías por dejar aquí el dinero. Eso ya es historia. El Banco le ofrece acciones preferentes, de alta, qué digo, altísima rentabilidad. Usté, Casiano, no tiene que preocuparse de nada; el Banco, siempre pensando en el bienestar del cliente, se encarga de todo.

    -Pero vamos a ver, Don Arturo, esto... Arturo. Explíqueme algo más., cuanto me rentan, si me dan el dinero cuando lo necesite, en fin, esas cosas que a uno, que no entiende más que de cosechas y nublaos no se le alcanzan.

    -Pues mire, Casiano, así por encima, pa que me entiendan usté y la señora. Se trata de bla, bla, bla, bla...

    - Arturo, hijo, no me he enterado de ná; pero en fin, yo del Banco siempre me he fiado.

    -Ande, traiga p'acá esos papeles que se los firme, que se hace tarde y usté tendrá que ir a comer a casa.


    Después, todos conocéis la historia. Casiano fue, como tantos otros, a retirar sus ahorros, invertidos en “preferentes”, ante las noticias, cada día más alarmantes, que se daban sobre la situación financiera.

    - Pues, mire usted, don Casiano; es que no va a poder ser. Órdenes de arriba. Además usté firmó...

    • ¿Yo qué coño se que firmé, si me liaste con tu palabrería?

    • Un respeto, don Casiano, un respeto. Yo sólo cumplí ordenes de arriba. Comprenda que también tengo familia que alimentar. O la firma de esos papeles o el despido; usté entienda.

    • Pero, pero... (tartamudeaba el buen anciano) ¿quienes son los de arriba, Arturo? ¿Los de Madrid?

    • Más arriba, Don Casiano, más arriba...

    • ¿Esos de Nueva York, que dicen que han quebrao?

    • Más arriba, Don Casiano, más arriba...

    • Pero ¿donde cojones más arriba, Arturo?

    • No lo se, Don Casiano, yo tampoco lo se; sólo nos dicen que son órdenes de arriba...
    Mientras en la televisión se daban noticias que a don Casiano le resultaban incomprensibles, extrañas, como de otro país. Un Banco, el suyo, de toda la vida, había quebrado y ha sido comprado por otro que a él le resulta desconocido. Pero los altos cargos habían sido recompensados con cantidades multimillonarias por su labor. Otros se habían llevado a Suiza enormes cantidades de comisiones ilegales, puro fraude. El Banco de España dice que no quiere saber nada, que cuando se hagan las auditorías ya se verá... El Ministro...

    Más arriba, Don Casiano; sus ahorros se han ido más arriba. Tanto que es imposible que vuelvan.

    ¿Es o no es una historia de gansters y mafias, de malevos e inocentes? Pues eso. A espabilar, que no todas las tramas negras son de tiros, drogatas y redes de prostitución. Pero a esto los llaman “daños colaterales”.
     
    #1

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