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Más sabe el diablo...

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 6 de Marzo de 2026 a las 6:09 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 23

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Dentro de una cripta olvidada bajo las ruinas de una abadía, se reunía el culto. Eran doce, envueltos en túnicas negras bordadas con símbolos que ningún ojo de feligrés debería contemplar —el pentáculo invertido, la cabra de Mendes, serpientes entrelazadas en un abrazo obsceno— rodeaban el altar de piedra negra. Sus rostros, iluminados por velas de sebo humano que ardían en un fervor devorador. Una docena de creyentes cada uno más diferente al otro y a la vez tan iguales en su creencia. El más joven, apenas un novicio de ojos febriles, temblaba no de miedo, sino de anticipación. Toda su vida había sido cadenas —misas interminables, confesiones que lo ahogaban. Aquí, por fin, creía haber encontrado la verdadera libertad.

    Sobre el altar yacía el infante. De meses apenas, su piel rosada contrastaba con la penumbra. Sus ojos, inocentes parpadeaban confusos ante las figuras encapuchadas. No lloraba; quizás intuía la futilidad.

    El sumo sacerdote, de ojos hundidos y labios húmedos, recibió el athame del joven novicio y lo alzó. Una cicatriz le surcaba la mejilla, y su voz ronca —fruto de años de cánticos— contrastaba con un ligero tic nervioso. Los demás formaron un círculo, con sus cuerpos ya entrelazados en una orgía ritual —piel contra piel, sudor mezclado con sangre de cortes superficiales, gemidos que se elevaban como humo hacia el techo abovedado. Era su ofrenda mayor, esta entrega al placer mundano, al delirio carnal perpetuo, símbolo de rechazo a toda abstinencia divina. Se entregaban al demonio no con ascetismo, sino con indulgencia infinita, creyendo que en el gozo incesante hallarían su favor eterno.

    El sacerdote entonó el cántico en latín corrompido por ecos enoquianos y nombres bárbaros que laceraban al oído como vidrios rotos.

    —Attenrobendum eos, ad ligandum eos, pariter eos coram me.
    Princeps infernorum, Luciferi magni, veni et appare!
    Per sanguinem innocentis, per luxuriam carnis, te invocamus!
    Surgat Belial, surgat Astaroth, surgat ipse Satanas!
    Ave Satanas, rex mundi futuri!


    Las palabras se aceleraron, los cuerpos convulsionaban. El athame descendió. Un corte preciso fue realizado en la garganta del bebé y un chorro rojo empapó la piedra; el llanto final fue ahogado en gorgoteos y el silencio cayó como una losa.

    Entonces, algo hinchó el pecho inerte del infante, la piel se rasgó como tela podrida. Primero emergieron garras negras, largas, con uñas curvas como hoces, empujando hacia afuera, rompiendo costillas frágiles con crujidos secos. Fluidos carmesí y vísceras salpicaron a los cultistas más cercanos, que rieron extasiados.

    Luego cuernos retorcidos, negros como ébano, brotando de la frente destrozada del niño, curvándose hacia atrás en espirales malignas. La cabeza siguió, cornuda con ojos como brasas, con dientes afilados en una mueca perpetua. El cuerpo se desplegó por fin, alto y musculoso, cubierto de una piel roja escamosa, y de su espalda brotaron alas membranosas, vastas como las de un murciélago primordial, que se extendieron con un chasquido seco.

    La entidad se irguió sobre los restos destrozados del infante como si fueran mera basura. Miró a la secta con ojos que contenían el abismo entero.

    Los cultistas cayeron de rodillas, aún jadeantes de su orgía, alzando alabanzas entremezcladas con blasfemias.

    —¡Ave, Señor de las Tinieblas! ¡Has venido a nosotros!
    —¡Maldito sea el Nazareno, el falso dios de los débiles!
    —¡Que su reino caiga, que su cruz se quiebre!
    —¡Reina sobre la Tierra, y nosotros seremos tus siervos eternos!

    El demonio sonrió. No era la sonrisa de un aliado, sino la de un juez. Su voz tronó y comenzó a recitar las palabras de las Escrituras que ellos tanto aborrecían.

    Primero tomó al sacerdote por el cuello, levantándolo como a un muñeco y le susurró al oído.

    —Entonces dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles.

    Las garras se cerraron, y el cuello crujió. Luego el cuerpo cayó decapitado.

    Otro cultista intentó huir, pero las alas batieron, y la entidad lo atrapó, desgarrando su carne mientras declamaba:

    —Pero los cobardes incrédulos, los abominables homicidas, los fornicarios hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego azufre, que es la muerte segunda.

    El líquido viscoso y caliente salpicó las paredes, pintando nuevos símbolos en rojo, como un fresco infernal recién pintado.

    Una mujer, aún desnuda y temblorosa de placer residual, fue alzada por los pies mientras sus gritos fueron ahogados cuando el demonio continuó:

    —Pero cada uno es tentado cuando es atraído por sus propios deseos y seducido. Entonces, cuando el deseo ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, cuando ha crecido, da a luz la muerte.

    Entonces un fino corte desgarró su vientre y sus entrañas se derramaron como serpientes vivas.
    Uno a uno fueron cayendo, víctimas de una violencia inenarrable. El último era el joven novicio, que con ojos desorbitados por el terror se arrastró hacia los pies de la entidad sollozando.

    —¡Señor! ¿Por qué nos haces esto? ¡Somos tus seguidores fieles! ¡Te invocamos para que reines sobre la Tierra, y nosotros vivamos adorándote en placer eterno!

    El demonio se agachó, acercando su rostro infernal al del muchacho, y su sonrisa se ensanchó, revelando un océano de dientes.

    —Mi naturaleza es castigar el mal—respondió con una voz que helaba la sangre—. Ya deberías saber la trama, fatuo. El Altísimo me permite existir para que los pecadores como ustedes enfrenten su merecido. No soy su libertador… soy su verdugo.

    Y con un gesto violento, las garras atravesaron el pecho del último cultista.

    La cripta quedó en silencio, salvo por el goteo del fluido vital y el aleteo ocasional de alas que se desvanecían. El demonio se inclinó sobre los restos, inhalando el hedor de la muerte y reclamando sus almas; luego desapareció, dejando los cuerpos desparramados, sabiendo que en algún lugar, en otra cripta olvidada, otro culto pronto repetirá el error.

    Porque el hombre siempre peca… y el Diablo, más que nadie, lo sabe.
     
    #1
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