Nikita Kunzita
Poeta que considera el portal su segunda casa
Navegando por las aguas de la mala suerte, mezclando tristeza, dolor y alcohol, ella va quemando las horas de la noche. Y presiente en él, el mismo vacío del que se siente ella llena, y sin rodeos ni miedos, se le acerca. Ambos carecen de brillo en sus ojos, sus bocas compartían un silencio parecido y alimentaban las vísceras del hastío con barato licor. Luego de contarse sus tragedias, embriagados con locura y autodestrucción, partieron a entregarse sus cuerpos, tan faltos de sentidos.
Convertidos en las fieras que produce la lujuria producida, a su vez, por la desdicha, destrozaban sus labios con salvajes besos. É l, con una sonrisa maliciosa, sacó de su bolsillo, una filosa cuchilla y le rasgo la ropa, adueñándose de ella. É l, no medía su fuerza. Ella, no lo detenía, pues no existía dolor mayor comparado con el que cargaba adentro, en silencio, sin lágrimas, con tanto coraje.
Tal vez fue así, que en ella nació sus gustos masoquistas. Tal vez fue así, que ella se enamoró de la muerte.
Convertidos en las fieras que produce la lujuria producida, a su vez, por la desdicha, destrozaban sus labios con salvajes besos. É l, con una sonrisa maliciosa, sacó de su bolsillo, una filosa cuchilla y le rasgo la ropa, adueñándose de ella. É l, no medía su fuerza. Ella, no lo detenía, pues no existía dolor mayor comparado con el que cargaba adentro, en silencio, sin lágrimas, con tanto coraje.
Tal vez fue así, que en ella nació sus gustos masoquistas. Tal vez fue así, que ella se enamoró de la muerte.