Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Recuerdo aquel seis de febrero
cuando me empujó un sueño y se me despertó una lágrima,
cuando me arrebaté un silencio,
me miré al espejo y sin poder oírlo, mi reflejo ya no estaba.
No quería verme, el día de hizo eterno
bajo seis sábanas por cielo, a los pies de mi almohada.
Se movió el colchón, parecía un trueno,
'no hay nadie', 'estoy sola'. Jugué a mirar bajo la cama,
por encima de las motas de polvo dibujando un suelo viejo,
cuatro días sin barrer, una lamparilla apagada,
un techo de mar de treinta cielos
y una pared encendida de lunares de sol entre persianas.
El suelo se hizo invisible. Mis pies, llenos de miedo.
Estaban tocando a la puerta, no quise abrir. Quizás era la mañana
con sus risas en la calle, con su olor a viento
con la felicidad en ojos de niño, con parejas que se miraban,
con treinta semáforos en rojo viendo pasar el tiempo
y el tiempo en mi reloj, cubierto de camisetas para que no pasara.
Pero dieron las menos cuarto en mi recuerdo
y recordé las playas de niña, las brumas de playa,
los atardeceres rojos, los paseos por el puerto
y el vino tinto tintando mi sonrisa cuando todavía sabía usarla.
Recordé el verano y en el balcón me creció un aliento
entre las casas que me escondían nubes y las flores que nunca regaba.
Me crecieron en una maceta todas las pes de un puedo
y en otra los zapatos con los que al pisar, nos crecen alas.
Me hice un barco de cartón y volé a mi universo,
para olvidar mis esquinas perdidas, mis tontas mañanas de cuando lloraba,
de cuando no quería abrir los ojos para pintar el techo
de tantos sueños que se pueden cumplir cuando mañana es siempre mejor que mañana.
cuando me empujó un sueño y se me despertó una lágrima,
cuando me arrebaté un silencio,
me miré al espejo y sin poder oírlo, mi reflejo ya no estaba.
No quería verme, el día de hizo eterno
bajo seis sábanas por cielo, a los pies de mi almohada.
Se movió el colchón, parecía un trueno,
'no hay nadie', 'estoy sola'. Jugué a mirar bajo la cama,
por encima de las motas de polvo dibujando un suelo viejo,
cuatro días sin barrer, una lamparilla apagada,
un techo de mar de treinta cielos
y una pared encendida de lunares de sol entre persianas.
El suelo se hizo invisible. Mis pies, llenos de miedo.
Estaban tocando a la puerta, no quise abrir. Quizás era la mañana
con sus risas en la calle, con su olor a viento
con la felicidad en ojos de niño, con parejas que se miraban,
con treinta semáforos en rojo viendo pasar el tiempo
y el tiempo en mi reloj, cubierto de camisetas para que no pasara.
Pero dieron las menos cuarto en mi recuerdo
y recordé las playas de niña, las brumas de playa,
los atardeceres rojos, los paseos por el puerto
y el vino tinto tintando mi sonrisa cuando todavía sabía usarla.
Recordé el verano y en el balcón me creció un aliento
entre las casas que me escondían nubes y las flores que nunca regaba.
Me crecieron en una maceta todas las pes de un puedo
y en otra los zapatos con los que al pisar, nos crecen alas.
Me hice un barco de cartón y volé a mi universo,
para olvidar mis esquinas perdidas, mis tontas mañanas de cuando lloraba,
de cuando no quería abrir los ojos para pintar el techo
de tantos sueños que se pueden cumplir cuando mañana es siempre mejor que mañana.