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Melancólicos 71: Sometidos bajo el influjo de tu sentimiento

José Valverde Yuste

Poeta que considera el portal su segunda casa


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
Gracias Malco por pasarte por mis letras, si además te gustan es un gran placer y satisfacción. Un abrazo con la pluma del alma
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
Excelentes letras, magnífico manejo de las imágenes y del surrealismo.
Un abrazo José.
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
Caballero, va usted a destajo.
Buenas letras, por cierto.

Abrazo.
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
Entre tristezas y angustias.

Un abrazo fuerte.
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.

Magnifico José. Me gustó muchisimo.
Saludos
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.

No se por donde llega tanta inspiración amigo mío. Pareciera que te dedicas a tiempo completo a la poesia.
Abrazos.
 


Sometido bajo el influjo
de aquel ahogado sentimiento,
la melancolía, abrazando cada rincón,
donde el eco de tu voz se ha perdido.

Hay palabras que reconozco
sin bordes, ni sonido
acariciando la luz de nuestro placer,
la visión de los ángeles surgidos
de la oquedad oscura del castigo.

Deambulando cuan náufrago
asido a su tabla de salvación
pues mi añoranza, mis delirios
son fatiga que mi frente oprime.

El viento de nuestra pena
llora la agonía con lágrimas esparcidas
por las laderas del mundo
ya no da sombra el bosque
ni el sol brilla en tu cabello.

Aquellas horas mórbidas de embriaguez
son recuerdos que alimentan la ceniza
de la memoria atroz, rugidos de mi garganta,
delirios complaciendo el ruego de una paloma blanca.

Daga cruel arrastrando el prado ya yermo
la montaña ya no es gris,
volviéndose eternamente blanca;
el sudor se convirtió en sangre
y la felicidad en sollozos.

El monstruo de la angustia habita
en mi ser blandiendo mis turbios ojos
desnudando mi cuerpo,
como una mirada en llama recurrente.

Ojos abiertos como luceros en la madrugada
y la necesidad de volver a despertar
sobre tu vientre y tus perfumados cabellos.

Espero el optimismo venza a la tristeza
y mi alcoba vuelva a recuperar el olor
de las frescas selvas.
Mil gracias Ana Fabiana. Buen finde
 
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