jorgeluis
Poeta fiel al portal
Dabas a entender
que sobraba,
te molestaba
mi desvarío
con canas,
creyendo encontrarte
ante un lunático y un paria.
A tus ojos pardos
un golfo desinflado
y en horas bajas.
Enamorarte era,
misión imposible,
cómo preguntarte y
después me contestaras.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.
Me creías el peor
y a lo mejor
te equivocabas.
Cántate una me decías,
recítame algo
y de paso te largas
insinuabas a las claras.
Segura de ti misma
implacable, arrogante,
endiosada,
diferente a mí
tan igual a tus iguales
que te trataban,
como a una más
de sus medallas
del fin de semana.
Todo lo que no buscabas
en un hombre
tenía mi nombre
escrito debajo
de tu sujetador,
en el rechazo
de tu joven corazón.
Aquél por el que no hubieras
movido ni un dedo,
tiene mi cara,
mi soriasis, mi pelo.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.
No tienes la menor idea
de lo que me ha costado
vivir más allá
de los treinta a la espera,
de encontrar la manera
de no sentirme una mierda.
Complejos de cuando
no sentía el calor
de una mano amiga,
ni el ardor
de unos labios cerca.
Después de bregar
por los abruptos campos
de la impiedad,
como cuando me dejaste
tirado en el suelo
lleno de gusanos.
Como una triste marioneta
sin cabeza cogida
a la indolencia de tu corazón.
Aquél por el que hubieras
movido ni tu dedo ejecutor,
discípulo del mal ejemplo
que paga mil besos,
las facturas de la diva
del subsuelo.
Ese que no quisiste
ver ni en pintura,
antes de que dibujara
tu hermosura,
un te quiero
detrás de la partitura.
El niño que soñó
naturales de seda
y toros negros,
más mil diabluras
que no vienen a cuento.
Tiene mi cara,
mi locura,
mi pelo.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.
que sobraba,
te molestaba
mi desvarío
con canas,
creyendo encontrarte
ante un lunático y un paria.
A tus ojos pardos
un golfo desinflado
y en horas bajas.
Enamorarte era,
misión imposible,
cómo preguntarte y
después me contestaras.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.
Me creías el peor
y a lo mejor
te equivocabas.
Cántate una me decías,
recítame algo
y de paso te largas
insinuabas a las claras.
Segura de ti misma
implacable, arrogante,
endiosada,
diferente a mí
tan igual a tus iguales
que te trataban,
como a una más
de sus medallas
del fin de semana.
Todo lo que no buscabas
en un hombre
tenía mi nombre
escrito debajo
de tu sujetador,
en el rechazo
de tu joven corazón.
Aquél por el que no hubieras
movido ni un dedo,
tiene mi cara,
mi soriasis, mi pelo.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.
No tienes la menor idea
de lo que me ha costado
vivir más allá
de los treinta a la espera,
de encontrar la manera
de no sentirme una mierda.
Complejos de cuando
no sentía el calor
de una mano amiga,
ni el ardor
de unos labios cerca.
Después de bregar
por los abruptos campos
de la impiedad,
como cuando me dejaste
tirado en el suelo
lleno de gusanos.
Como una triste marioneta
sin cabeza cogida
a la indolencia de tu corazón.
Aquél por el que hubieras
movido ni tu dedo ejecutor,
discípulo del mal ejemplo
que paga mil besos,
las facturas de la diva
del subsuelo.
Ese que no quisiste
ver ni en pintura,
antes de que dibujara
tu hermosura,
un te quiero
detrás de la partitura.
El niño que soñó
naturales de seda
y toros negros,
más mil diabluras
que no vienen a cuento.
Tiene mi cara,
mi locura,
mi pelo.
Nunca me quisiste,
se me olvidó
dejar de hacerlo.